• Caracas (Venezuela)

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Juan Carlos Gardié

De La Mulera al Peñón
(Pulpería y antipsicóticos)

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Enano Frank, el así cruelmente apodado camillero del Hospital Universitario, se deleita inocentemente al recordar cómo piropeaba a las madres de las pacientes de pediatría:

—¡Doña, usted está muy hermosa! ¡Si me permite amarla, seré un gigante en su vida!

—Apártate, pizca de sal. ¡Si fueras médico te aceptaría la oferta, pero para pasar trabajo me basta y me sobra con el papá de la niña, que lo veo cada tres meses!— Respondía retrechera la mujer.

—Ahora no, mi pana— continuó el émulo del Curro de la canción de Serrat— ahora uno les dice: uuummmmju, que rico huele, mi señora bella… ¿dónde consiguió desodorante? Y ella, llena de orgullo y satisfacción, le confiesa por debajito, como lo exige la estatura del camillero amigo, que tiene una amiga en la quincalla de los chinos, dos cuadras más abajo. Así se inicia una conversación que puede terminar en una relación amorosa.

Así estamos. Son innumerables los rubros de toda naturaleza en los que no hay nada, hay muy poco y hay que rastrearlos con GPS para que te saquen un ojo si encuentras. Esto es insufrible cuando, además, sabes de la inflación y los pírricos sueldos son tan exiguos que provocan estados ansiosos severos que  conducen al psiquiátrico El Peñón, donde encontrarás la ya no tan sorpresiva  y harto consabida situación: no hay nada. ¡Ni siquiera hospital!

Recientemente, mi amigo dramaturgo, productor y director de cine, Samuel Hurtado, me propuso hacer un importante papel en una película cuya locación principal sería un hospital psiquiátrico. A modo de trabajo de campo y asomo de preproducción, lo acompañé justamente al El Peñón. ¡Aquello era para volverse loco! No había una sola puerta que funcionara, ratas tipo Hámelin, monte con cadillos hasta en los filtrados baños, dos enfermeras con caras de hambre ancestral, un tipo grandísimo con rasgos indígenas en calidad de guardián pero con la mirada perdida en el vacío, paredes sin color y desconchadas, pasillos donde alguna vela iluminaría algo, amén de pacientes deambulando sin viento y sin veleta. Tratamos de conversar con alguna autoridad pero todos estaban en una reunión obligatoria del partido para tomar posición sobre la franja de Gaza y el cierre de la frontera con Colombia ¡todo a lo Boris Karloff! Luego de ver muy de cerca estas escalofriantes escenas, al fondo de un patio que bien podría ser un campo minado, divisé a un tipo pequeño con bata verdecita. Se me pareció al enano Frank y me acerqué: era él.

—Frank, ¿qué haces aquí?— pregunté sorprendido

—Todo empezó cuando mi madre sufrió un leve infarto y en mi querido Hospital Universitario no había stent coronario medicado y el marcapasos que posiblemente le colocarían, simplemente se lo tragaron los dólares. Sin saber qué hacer, caminé sin rumbo por Los Chaguaramos y veía las bolsas que la gente llevaba en sus manos y preguntaba: “Señora ¿dónde encontró champú?”  O “¿Y esas afeitadoras?”, “¿Esa marca de Mayonesa o ese pote de leche completa…” y así, mi pana. Mamá murió y me trasladaron para este infierno como paciente, pero no hay antihipertensivos, ni medicamentos para problemas tiroideos, ni antidepresivos, ni ansiolíticos ni antiesquizofrénicos ni sábanas ni colchón decente. Entonces recordé que mi viejita decía que Juan Vicente Gómez gobernó creyendo que Venezuela era una pulpería en La Mulera, que 40 años de Venezuela civil y democrática no continuaron creciendo por muchos corruptos y los golpistas del 92, que el difunto líder rojo juró que esto era su cuartel y ahora este señor heredero armó un manicomio que él demencialmente lidera jurando que los psicóticos somos nosotros, cuando la antigua Bárbula se quedó loca al ver los desafueros insensatos de hoy. Ahora, el gabinete pone sus cargos a la orden como si cambiar hombres fuera cambiar estructuras y políticas importadas desde La Habana. Loco está él que cree que yo estoy loco. Al César lo que es del César, dijo Jesucristo. Ellos tienen sus destinos marcados por la ambición, el poder y el oro. Nosotros, no sucumbimos. Claudicar es suicidio.