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Sergio Monsalve

Mujeres al poder

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Rafael Cedeño la llama “Benéfica”. Según él es un “personaje desconceptualizado por la propia empresa productora después de 55 años”. Hablamos de Maléfica, la nueva cinta de acción real de Disney, inspirada en el clásico de Charles Perrault, La bella durmiente. Por diferentes motivos, la película no termina de entusiasmar a la crítica.

Por ejemplo, Javier Porta Fouz la despacha de la siguiente manera: “Ante este ultraje al cine, pedimos que dejen en paz a los villanos y que respeten los sanos miedos que nos formaron como espectadores. O, si van a hacer revisionismo, que sea con sustento cinematográfico y no basado en caprichos inconducentes de actores y actrices”.

Naturalmente, el colega se refiere a la presencia omnímoda de Angelina Jolie, a lo largo y ancho del metraje. En efecto, el filme se presta para realizar un estudio sobre el abuso y el exceso del sistema de estrellas. De hecho, el ego de la diva convierte a la obra en una sesión de fotografía para el lucimiento de sus ojos, sus pómulos, sus cejas, sus labios carnosos.

Por ello, hay un quiebre en la puesta en escena, cuando aparece Elle Fanning, cuya sonrisa traspasa la pantalla. La chica tiene carisma, un verdadero ángel y le imprime un cambio de ritmo al monocorde desarrollo de la dramaturgia.

Por su lado, el crédito de la adaptación le corresponde a Linda Woolverton, condenada a la hoguera del medio por su desenfocada versión de Alicia en el País de las Maravillas. Ahora los puristas del gremio piden su cabeza por el acabado del libreto de Maléfica.

De acuerdo con los entendidos, la escritora habría cometido una suerte de sacrilegio al sabotear o alterar la esencia de una villana clásica del imaginario infantil. Así, pues, al arquetipo de la bruja se le despoja de su parte diabólica, para adaptarlo al esquema de trabajo humanitario de la protagonista absoluta de la pieza, la hija de Jon Voight y pareja de Brad Pitt, emblema del Hollywood concienciado.

Puede ser la proyección de un cine de la responsabilidad social, la corrección política, la filantropía a favor de los niños abandonados. Todo muy del gusto del Ratón Mickey. Por ahí van los tiros del mensaje del subtexto, a primera vista.

En una segunda mirada, el argumento comienza a cobrar otro sentido, más polisémico, menos plano. Grosso modo, el relato alberga el corazón de una filosofía en pleno ascenso dentro de la industria, defendida a capa y espada por los guardianes del emporio del Pato Donald, desde el siglo XX. Es la reivindicación del poder femenino y matriarcal como una manera de enfrentar el dominio de la cultura machista. Por supuesto, también se busca proteger y halagar a una cuota importante del mercado, el de las fanáticas de las princesas y muñecas de la factoría del viejo Walt.    

Sin embargo, Maléfica sabe sortear las adversidades y compromisos del entorno corporativo, a fin de proyectar una serie de ideas entre curiosas y sugerentes, por no decir subversivas. Antes de enumerarlas, debemos reconocer la virtud de crear una secuencia lograda en el clímax.

En un montaje paralelo, la bella durmiente sufre el calvario del hechizo, mientras la señora de los cuernos frena el trote de su caballo, a cámara lenta. Disfrutamos entonces de un momento sublime.

Por último, el desenlace reserva dos mensajes cifrados, para quien quiera leerlos. Atención porque vamos con spoilers hasta la pared de enfrente.

Como ningún hombre da la talla, Maléfica rescata a la bella durmiente con un beso. ¿Prueba de un amor de madre? El cineasta Jonathan Jackubowicz lo considera el manifiesto lésbico (Drag Queen) del año.

Pero lo mejor acontece en el epílogo. Las heroínas dejan atrás el castillo y su reinado de mezquindad, de lujo innecesario. Culminan en el bosque encantado, asumiendo el pleno control de sus vidas. Gozan de libertad e independencia alrededor de una utopía kitsch. Un voto de confianza para los disidentes, aunque bajo el prisma de una típica ilusión de parque temático en 3D.

Sea como sea, lo preferimos ante las obvias confirmaciones del Estado monárquico, de las moralejas conservadoras de costumbre. ¿Cosas del Del buen salvaje al buen revolucionario? Saquen sus propias conclusiones.