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Itxu Díaz

Muertos que no mueren

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Desde el principio de los tiempos, los hombres tienen la sana costumbre de morirse. Es de muy buen gusto, después de muchos años de vida, doblar la servilleta con habilidad, rapidez, y grandeza. No es bueno morirse demasiado pronto, ni demasiado tarde ni por supuesto provocárselo. Y no me refiero a beber cicuta, sino a esos tipos que se suben a una torre disfrazados de Oso Yogi para batir el récord mundial y convertirse en los primeros idiotas en trepar por la fachada de un edificio de 100 metros vestidos de Oso Yogi; y naturalmente, en los primeros en despeñarse al vacío vestidos de Oso Yogui. Como buen cristiano siempre he asumido con felicidad que la muerte no es el final. Hoy, saturado de la inmortalidad de la era digital, me preguntó qué hemos hecho mal para que no lo sea.

Mucha gente ha interpretado incorrectamente el mensaje cristiano. No se trata de que la muerte no acabe con la vida, que de hecho lo hace, y con altísima proporción de eficacia -lo de Fidel Castro no cuenta-. Sino simplemente de que el óbito resulte el trampolín hacia otra vida; enfatizo lo de “otra”. En el tránsito, en el paso de este mundo al otro, en el duelo, la despedida sentida, el abrazo de los allegados, y los homenajes de toda condición, son razonables muestras de humanidad. No me opongo a condolencias, a llantos, a conciertos homenaje, ni a danzas tribales en honor del finado. Pero no podemos olvidar lo más importante: al muerto hay que dejarlo partir. 

Escribo esto porque ha muerto un novelista y, visto lo visto, podríamos pensar que es la primera vez en la vida que alguien comete la osadía de morirse. Lo que empezó siendo un homenaje natural y razonable se volvió en pocas horas en un festival de merengue, endulzado empacho de cursilería, agotadora reiteración de sandeces y lugares comunes de muy difícil digestión.

150 horas después de su muerte siguen estallando sollozos, rebuscados epitafios, y sentidísimas condolencias en cualquier rincón de Twitter. Un monográfico a cualquier hora del día. Los mismos que anteayer debatían sobre el escupitajo de Leo Messi, ahora citan las ocurrencias de García Márquez con una soltura que ni la mismísima Wikiquote hecha huevo de Twitter. 

Bien, es cierto. Es un hecho innegable. García Márquez y esas cosas. Pero se ha terminado. Ha muerto. Algo que por otra parte le ocurre a un montón de gente cada día y en condiciones bastante peores. En concreto, en su adorada Cuba, la muerte no suele ser tan amable. Y el recuerdo a los disidentes consiste en borrar sus huellas y someterlos al olvido eterno. El régimen comunista los quiere muertos en vida y, naturalmente, muertos en muerte. No así a García Márquez, a quien de pronto todo el mundo quiere mantener vivo con una suerte de respiración virtual asistida. Hoy, como si su obra hubiera entrado en peligro de extinción, todo hombre que se precie de serlo ha de salir a la calle con un libro del colombiano bajo el brazo. 

Detesto a García Márquez. Lo aborrezco ya, y la culpa no es suya. He leído estos días millones de estupideces sobre el amor, he ingerido demasiados obituarios desmedidos, he visto a cientos de políticos analfabetos apropiándose al muerto, y he escuchado millones de veces que su muerte es “una pérdida irreparable”, como si eso fuera un gran hallazgo científico, cuando lo único que realmente caracteriza a la muerte es precisamente su condición de irreparable. Y gracias a Dios. 

Ha muerto, en fin, García Márquez. De acuerdo. La noticia ahora es que todos los demás escritores están vivos.