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Itxu Díaz

El Muerto Continente

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Europa es el único lugar del mundo donde pueden celebrarse unas elecciones para renovar el Parlamento, y que el resultado de las urnas sea un clamor a favor de la demolición del Parlamento, y de Europa. Visto desde los ojos de Estados Unidos puede parecer raro. Pero todo tiene explicación. Europa no existe. El Viejo Continente ahora es el Muerto Continente. Su alma en pena vaga por sus antiguos dominios asustando a los niños, maldiciendo las leyes actuales, y comiéndose los manuales de urbanidad. Cualquier pequeño símbolo de legendaria brillantez lo hallarán siempre amordazado, sumergido en una maraña de burocracia y estupidez. Ser europeo en el siglo XXI es el equivalente a ser instalador de antenas parabólicas en el siglo II. Puede resultar aparente, pero no es práctico. Y te mueres de hambre. 

Se inventaron la Unión Europea pegándonos de la única manera en que podríamos resistir juntos después de la primera pelea: ligándonos económicamente. Y sobre esa base levantaron un inmenso aparato político, un gran generador de leyes absurdas y subvenciones desorbitadas. En síntesis, lograron la gesta de universalizar todos los defectos y vicios de los estados miembros y ninguna de sus virtudes. 

Así, algunos dejamos a la fuerza de ser españoles para convertirnos en europeos. Supongo que si en el colegio había pertenecido al equipo de fútbol Los Dinosaurios Rojos, estaba preparado para ser europeo, o incluso para presidir la Asociación de Amigos de las Grapadoras. Mi emoción al sentirme europeo por primera vez fue tan grande que no podría definirla. Quiero decir que no recuerdo nada especial, salvo que la banderita azul con estrellitas comenzó a aparecer en mi documentación, que me obligaron a cambiar la matrícula de mi coche, que tuve que aprender a sumar en euros cuando todavía no sabía hacerlo en pesetas, y que mis padres se vieron obligados a desprenderse de todos los termómetros de mercurio. 

De alguna forma, la Unión Europea siempre ha sido para mí cuatrocientos señores de traje y corbata reunidos hasta altas horas de la madrugada en Bruselas, bebiendo vino carísimo, inventando diferentes formas de molestar a la gente y obsesionados con los termómetros de mercurio. Estoy seguro de que tres de cada cuatro leyes aprobadas por la UE incluyen las palabras “termómetros de mercurio”; y de que las normas restantes encierran las palabras “tasa verde”. 

Cuando los diputados más listos comprendieron que no era posible agrupar políticamente a millones de ciudadanos bajo una misma bandera por el hecho de que utilizan termómetros electrónicos y tienen prohibido mordisquear las baterías de litio -este es el tipo de advertencias en las que insiste la UE-, decidieron probar a crear la Constitución Europea. 

Si algo tiene Europa son sus ruinas, su historia, su débil reflejo de prosperidad, y por supuesto el cristianismo. Pero los Padres Fundadores -Bélgica, Francia, Italia, Alemania, Luxemburgo y Países Bajos- decidieron que lo más astuto era matar a la Vieja Europa y glorificar en la Constitución una unión civil, aséptica, e ilusoria de ciudadanos sin memoria, sin pasado, ni presente, y ligados únicamente por un hipotético futuro.

Y al fin, lo cierto es que lo único que verdaderamente vale la pena de Europa son las rusas, y nuestros Padres Fundadores tuvieron la ocurrencia de dejarlas fuera de la Unión. Sin rusas, asediados por termómetros electrónicos que varían de temperatura de forma aleatoria, y con la quimera del futuro como única esperanza, lo único que cabe preguntarse es cómo ha tardado tanto tiempo la Unión Europea en votar contra la Unión Europea. Ahora lo típicamente europeo, tras el triunfo del euroescepticismo en las últimas elecciones, sería organizar la tercera guerra mundial entre nosotros, matarnos como siempre, y después pedirle ayuda a los Estados Unidos para apagar el fuego sobre las ruinas incandescentes de Occidente. Pero ni siquiera creo que lo hagamos esta vez. Últimamente estamos muy ocupados comprando termómetros de mercurio de contrabando. No estamos para guerras ni tonterías.