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Luis Pedro España

Muerte de mengua

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Venezuela es mucho más grande que la docena y media de lugares donde se ha registrado la mayoría de las protestas violentas. Aun cuando el resto de este inmenso y variado país tiene motivo para protestar y el descontento no ha dejado de crecer (a juzgar por la encuestas), las grandes mayorías no entienden y menos comprenden de qué manera la forma como se ha protestado hasta ahora puede ayudar a que las cosas mejoren.

Es por eso que las jornadas de violencia política comienzan a morir de mengua y, por más que el propio gobierno azuce la protesta y provoque con sus calculados desafueros agitar la indignación de los sectores medios del país (para de esa forma seguir justificando sus incompetencias y abusos), de este macabro coctel confeccionado entre radicales e insensatos solo va quedando la evidencia de lo brutal que puede llegar a ser la represión del gobierno.

No somos de la opinión de que los sacrificios humanos son necesarios para vencer al mal. No creemos que hizo falta tanto muchacho humillado, torturado o muerto para que quede en claro de lo que es capaz el autoritarismo cuando está bajo el síndrome de su fase terminal. Aun cuando los regímenes de fuerza seguramente necesiten algo más que procedimientos institucionalizados para salir de ellos, primero era necesario que la mayoría del país se nucleara en forma de rechazo a las actuales autoridades para que entonces desde allí tuviese lugar lo que debió ocurrir, por lo menos desde las elecciones de 2006, a saber, el simple fin de un mal gobierno.

Pero no. Los actos extremistas que le dieron épica al gobierno de Chávez y lo catapultaron hasta nuestros días reactivaron su mágico imaginario cortoplacista. Por fortuna y con toda seguridad, lo que ayer le sirvió al gobierno, hoy solo sirve para ahondar en sus inviabilidades y ser la demostración de que el país va a cambiar. No hay condiciones materiales, ni mucho menos de empatía y liderazgo, para que el gobierno actual supere su ya descendida popularidad. Ahora de lo que se trata es de capitalizar, de volver al camino de la docencia social para que las mayorías nacionales, más que darle la espalda al gobierno (cuestión que ya ocurrió), le den el frente a una opción creíble de cambio.

El país ha llegado a un punto de inviabilidad tan elevado que su recomposición ya no es cuestión de un simple cambio de gobierno. Aun si hubiese ocurrido el inconfesado final de “la salida”, la ingobernabilidad se habría apoderado de todos nosotros y el espiral de caos no habría terminado, sino todo lo contrario. De esta pesadilla no saldremos con un cotidiano despertar. Ahora más que nunca necesitamos el camino largo para que el cambio social en Venezuela ocurra con menos sacrificio y menos dolor.

Pero frente a lo ocurrido se impone hacer un auténtico control de daños. Devolverles la libertad y que cese la persecución de los líderes políticos que la padecen. Limpiar el expediente de los detenidos y procesados, además de hilvanar todo el proceso que sea necesario para que la justicia llegue a quienes padecieron tortura y violación de sus derechos a manos de los que hoy son poderosos. Toda esta inmensa tarea, por digna y necesaria, debería servir para volver a entusiasmar a las vanguardias que ayer creyeron y hoy van camino a la frustración.

Para lograr lo anterior es urgente volver a la política. Si el gobierno se ve obligado a dialogar porque sus socios ya no pueden con el hedor de tener sentado al lado a un trasgresor de los derechos humanos, pues, mientras unos dialogan para no dar pretextos, otros deben salir al reencuentro con el pueblo para volver a enamorarlos con la ilusión de un país mejor. Si en abril de 2013 casi se logra, el tiempo que resta será más que suficiente para que no queden dudas de su necesidad y posibilidad real.

La agenda que sigue es acumular poder para reconstituir poderes, para de esa forma viabilizar la gobernabilidad del futuro. Solo así se obtendrá la victoria y no, como hasta ahora, padecer la simple derrota de mengua que, para remate, ya están tratando de imputarles a quienes desde un principio no estuvieron de acuerdo con la imposible apuesta con la que se estranguló a la vanguardia de la clase media.

El cambio es la consigna, el camino aquel que lo garantice y el plazo será el que medie entre pasar de una leve a una inmensísima mayoría.