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Edgar Cherubini

El Movimiento

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En 1955, Denise René (1913-2012), concibió la exposición Le Mouvement, reuniendo por vez primera en su galería en París obras de Vassarely, Duchamp y Calder, junto a unos jóvenes artistas desconocidos: Soto, Tinguely, Jacobsen, Agam y Bury, propiciando así la génesis del arte cinético.

Hace 60 años, gracias a la admirable la visión de esta mujer, junto a Victor Vasarely y Pontus Hulten, este último, curador de dicha exposición, Le mouvement marcó un momento clave en la historia del arte al impulsar una proposición plástica que exaltaba la inestabilidad del plano y una nueva dialéctica entre el espectador y las obras, lo que significaba una ruptura con las convenciones estéticas del momento.

Los artistas son testigos no solo de su entorno sino de la dinámica, el progreso y las tendencias que mueven las sociedades humanas. Por eso, es preciso hacer alusión al Manifiesto Amarillo, escrito por Vasarely en 1955, una innovadora visión del arte cuyos factores fundamentales fueron el movimiento y el tiempo.  Vasarely recoge el sentir de los artistas, deseosos de sacudirse de los estándares tradicionales y hurgar en las teorías científicas en boga, adoptar las tecnologías del momento y experimentar con nuevos materiales, lo que les permitió incursionar en el arte con novedosas propuestas participativas.

Ya en 1947, Vasarely había expresado su inconformidad con las escuelas tradicionales: “Descubrí que la forma pura y el color puro no podían explicar el mundo”, marcando así el inicio de una búsqueda que culminaría ocho años después, al publicar el “manifeste jaune”, sentando las bases teóricas del movimiento cinético y del arte construido como lo conocemos actualmente.  Apoyados en la ciencia y los avances tecnológicos, la obra del artista comenzó a ser “transformable en sí misma, por el movimiento óptico o la intervención del espectador, la obra convertida en una recreación sin límites”, escribió Pontus Hulten, curador de la exposición Le Mouvement, sobre esa revolucionaria experiencia visual e interactiva.

Los antecedentes del cinetismo se remontan a 1920, con Naum Gabo, quien al experimentar con filamentos oscilantes, logra crear formas virtuales en el espacio en tiempo real. Ese mismo año, junto con Antoine Pevsner, redacta el Manifiesto Realista, en el que denomina como “cinéticas” sus propuestas: “Afirmamos que en las artes hay un elemento nuevo, los ritmos cinéticos, como formas básicas de nuestra percepción del tiempo real”.

 

“La belleza es un combate”

El movimiento cinético no hubiera surgido con la fuerza y las novedosas propuestas que lo caracterizaron si no hubiera sido por Denis René. Los que tuvimos el privilegio de conocerla, la recordamos como una mujer de talla menuda, dotada de una mente intuitiva y de una tenacidad inquebrantable. Su historia personal adquiere relevancia durante la ocupación Nazi, pues arriesgó su vida como militante de la Resistencia. Desde la fundación de su galería en 1944, apenas tres meses después de la liberación de París, expresó su inclinación por la Abstracción Geométrica: “Arte noble, austero, que afirma continuamente su vitalidad. ¿Por qué poco a poco me convertí exclusivamente en defensora del arte construido? La razón más importante para mi es que nadie expresa mejor el triunfo del artista sobre un mundo amenazado por la desintegración, de un mundo en gestación permanente. En una obra de Herbin o de Vasarely, no hay lugar para las fuerzas de la oscuridad, del estancamiento o la morbidez. Este arte refleja el dominio total del creador. Una hélice, un rascacielos, una escultura de Schöffer, un Mortensen o un Mondrian me tranquilizan, uno puede leer en éstas, en forma deslumbrante, el dominio de la razón humana, el triunfo del hombre sobre el caos. Esto es para mí el papel del arte”.

“La belleza es un combate”, no se cansaba de repetir, mientras lidiaba con obstinación para imponer la Abstracción Geométrica y el Cinetismo, tendencias que aglutinaron a grandes figuras del arte del siglo XX, entre las que se cuentan artistas latinoamericanos como Cruz-Diez, García Rossi y Le Parc. “Yo defiendo con ferocidad este arte tan difícil de imponer, sobre todo en Francia”, afirmaba la galerista.

Denise René, representó una línea de conducta y una visión de reconocido rigor en la selección de obras con las que proyectó al mundo la abstracción geométrica en su mítica galería. “Dar a conocer, apoyar, ayudar, desear imponer y defender la vanguardia fue un feroz combate.  Eso representó tener una gran fuerza de carácter, sacrificio y abnegación, pero cuando uno tiene convicciones, las defiende contra viento y marea”.

En 2009, presencié el diálogo que sostuvo con Jean-Paul Ameline, conservador del Musée National D’Art Moderne en el auditorio de Sotheby’s en París. A sus 96 años, con una memoria y lucidez impecables, narró su  actitud de gran firmeza y perseverancia en la defensa de sus propias convicciones, acompañando su conversación con anécdotas adornadas con fino humor, que vivió con cada uno de los jóvenes artistas que apoyó en su galería y que con el tiempo se convirtieron en luminarias del arte contemporáneo.

En medio de la actual crisis de valoración estética y la confusión promovida en el mercado global del arte, eficaz en mercadear propuestas anodinas sin concepto ni discurso plástico que invaden las ferias y galerías en la actualidad, es en extremo valiosa esta visión coherente del arte y el legado de estos fascinantes personajes, ejemplos de convicción y tenacidad, que nutrieron con sus lúcidas reflexiones y conceptos al arte del siglo XX.