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Itxu Díaz

Morirse de cualquier tontería

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Hoy he sabido que los glaciares de la Antártida se están quedando fritos y que el nivel del mar llegará a la ventana de mi casa en unos 200 años. Les he dejado un post-it en la ventana a los nietos de mis herederos para que se acuerden de mudarse a un piso más alto en el 2214. Aunque no creo que sea necesario, porque hace unos días supe que alrededor del 2200 la sequía acabará con la vida humana en el planeta. Supongo que eso significará la victoria de los cactus y los camellos. Por otra parte, se lo merecen. Toda una vida dedicada a las condiciones extremas.

Sea como sea, no sé ustedes, pero yo en 2214 espero estar jugando al mus con san Pedro y san Pablo, si el buen Dios me lo permite, así que dudo mucho que pueda estar pendiente del grupo de Whatsapp “A mi casa ya ha llegado el mar”. Y eso que participaría gustosamente, enviando toda clase de imágenes de cómo las olas atraviesan el salón y los peces saltan directamente a la olla en la cocina. No en vano, vivo la mitad del año a 20 metros de la playa, en un cuarto piso, y sueño con el día en que el nivel del mar sea lo suficientemente elevado como para poder arrojarme por la ventana para darme un chapuzón, cuando el calor en mi escritorio es sofocante.

Por desgracia, ni 2214 ni 2200 serán años relevantes para los humanos. Acabo de conocer por una revista científica que en 100 años la tierra explotará por sobrepoblación, y ya es extraño porque lleva explotando desde que en los sesenta los apóstoles de la revolución sexual vaticinaron que éramos demasiados en el mundo y que los recursos se acabarían antes del apocalíptico año 2000. Ocurre sin embargo que en 2000 lo único que pasó es que no pasó nada, que Occidente envejece, que en muchos países se venden más pañales para ancianos que para bebés, y que la Humanidad no puede morir a la vez de superpoblación y de extinción de la especie, salvo que nos propongamos entre todos rendirle un original tributo a Chesterton, rey de las paradojas.

Sin embargo, faltan unas décadas para que los efectos del cambio climático o el famoso agotamiento de recursos puedan destruirnos, así que tal vez deberíamos centrarnos en ese asteroide que cada pocos meses roza la Tierra. Según leo en los periódicos, casi todos los días la probabilidad de que un asteroide impacte contra la superficie de nuestro planeta es igual o mayor que la probabilidad de que un asteroide impacte contra la superficie de nuestro planeta. Lo cual quiere decir que, con toda probabilidad, supongo, moriremos antes de fin de siglo. Cuando un asteroide impacte contra la superficie de nuestro planeta.

Sucede que tampoco puedo preocuparme a gusto por este choque brutal porque al parecer, como tengo entre 30 y 40 años, no me hago revisiones médicas mensuales, bebo café y cerveza, y aún encima soy periodista, estoy en el grupo de riesgo de personas que podrían sufrir crisis cardiorrespiratorias en los próximos años.

De nada me valdrá hacer ejercicio y dejar de tomar café para evitar un colapso en mi cuerpo, si el sol sigue enviando esas terribles llamaradas. Según acabo de ver en un documental, sus rayos son ahora mucho más perniciosos que hace años y sus efectos son letales contra el cuerpo humano, sobre todo en aquellos que disfrutamos del astro rey en plenitud y durante horas, tan pronto como empieza esta preciosa época del año.

Tampoco creo que necesite sobrevivir a la llamarada solar que podría llegar en unas semanas: cuentan los expertos que debido a la expansión de ciertos mosquitos, combinada con la terrible resistencia a las vacunas, enfermedades erradicadas vuelven hoy a ser mortales, y sólo están a salvo de ellas aquéllos que viven en islas no turísticas, así como los náufragos, la gran mayoría de los muertos, y algunos astronautas.

Con este abanico tan exótico de cataclismos, no comprendo por qué la gente sigue empeñada en morir de cualquier tontería como antaño. Si quieres estar a la última, muérete de algo verdaderamente alarmante. La autocombustión no está nada mal, el alud por deshielo global siempre triunfa, pero el impacto de una lata de cerveza arrojada al vacío por un marciano ebrio asombrará hasta a los más apocalípticos y convertirá tu funeral en algo realmente de otro planeta.