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Diego Arroyo Gil

Morir en el olvido

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Para Elisa, bella de ver y bella de inteligencia

 

Esta nota será triste, como un pésame. El domingo pasado, alrededor de las 11:00 de la mañana, murió una mujer que era, que es muy importante en Venezuela. Su nombre era Ruth Lerner, y había nacido el 6 de octubre de 1926, muy lejos de aquí, pero destinada a ser de aquí. Judía hija de judíos, todos inmigrantes, trabajó siempre, incansablemente, por nuestro país. Fue talentosa ministra de Educación y embajadora de la nación ante la Unesco, y el Plan de Becas Gran Mariscal de Ayacucho –labor hermosa e inmensa– lleva su firma.

Tuvo razón el doctor Ramón J. Velásquez cuando dijo, a mediados de la década de los años cincuenta, que Ruth Lerner era una venezolana de un siglo. Quería significar que su amor por esta tierra la había convertido en hija de ella, la convertía en miembro luminoso de alguna entrañable genealogía criolla. Pienso ahora, ante la noticia de su muerte, que se trataba de una filiación afectiva, y que el país –si puede pensarse en él en tanto familia, como alguna vez afirmó Teresa de la Parra– funciona igual que el corazón, ese discreto altar donde honramos nuestra vida en común, nuestras fidelidades.

Por Elisa, hermana de Ruth y criatura adorable de la cultura venezolana, sé que la señora Lerner fue valiente colaboradora de la clandestinidad que luchó contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Llegó incluso a ocultar a Leonardo Ruiz Pineda, el memorable dirigente asesinado en 1952 por los esbirros del régimen militar en una calle de San Agustín del Sur, en Caracas.

Supe también por Elisa que Ruth, llegada al país procedente de Rumania, se iba a la plaza Bolívar de Valencia a decir poemas. Era su respuesta a las burlas que recibía de parte de sus compañeras de colegio a propósito de que su castellano era entonces muy precario. Gracias a esa imagen entiendo que hacerse una vida quiere decir hacerse de una lengua, y veo asimismo que, como su hermana, Elisa Lerner –Premio Nacional de Literatura– es un ejemplo de trabajo en la apasionada tarea de hallar una voz para darle una voz a su pueblo.

Espero que no sea una infidencia contar que doña Ruth alguna vez confió no entender cómo los jóvenes –que fueron su primera y última ocupación– habían votado por Chávez. Se deprimió, dicen, y ese desconcierto fue la antesala de un Alzheimer en cuyas brumas se murió hace cuatro días. A razón de su fallecimiento comentaba con un amigo, el profesor Jaime López-Sanz, que Venezuela es un país con mucha historia, pero con una memoria demasiado frágil. Quizá por eso la familia Lerner ha decidido que el cuerpo de Ruth repose en una “urna modesta” (literal). Tienen razón al pensar que los triunfos de la civilidad, nada vistosos delante de la monstruosidad de nuestro destino pretendidamente heroico, no pasan de ser un chisme decoroso. Nuestra fatalidad.

Por los tiempos que corren, resulta revelador –aunque no extraño– que Ruth Lerner haya muerto en el olvido: en el suyo propio y en el de una Venezuela atolondrada que trata de encontrar un rumbo en la oscuridad. Dudo mucho que el actual ministro de Educación sepa quién era, cuál es el legado de una mujer que lo antecedió bellamente en su cargo, hoy tan venido a menos. Está bien. Es preferible que no la mencione. ¿Qué sentido tendría que una boca tan sucia, de un español bastardo, básico, irreproducible, pronunciara un nombre luminoso?

Dios cuide con esmero a Ruth Lerner. Ella cuidó con esmero de nosotros. Qué bueno que, pese a todo, nos quede Elisa. Es una escritora en cuya palabra sigue apareciendo, cual Helena de Troya ante la mirada atónita por el asomo sanador de la belleza, el alba del horizonte.