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Antonio Sánchez García

Monumentos y retrocesos

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No seré yo quien proponga la sacrílega estupidez de andar proponiendo monumentos al fracaso. Ni muchísimo menos plazas públicas en honor de la mediocridad de una clase política decadente, clientelar, pusilánime y mezquina tan responsable del desastre de un país esquilmado y destruido como las mafias que se han apoderado del estado aprovechándose de la escandalosa insolvencia de quienes comparten el control de la cosa pública.

Sólo un falso adorador de Dioses de pacotilla puede atreverse a formular tamaño despropósito. Y aunque usted no lo crea, si no comparten el poder político, administran la opinión pública. ¿Qué esperar de una clase de opinadores y políticos que se aterran ante las dificultades en que ellos mismos se enredaran, tiemblan ante la adversidad y antes de mirar al frente y dar un paso adelante, buscando la solución concreta a un problema real,  comienzan a gimotear para rebobinar los últimos días de Pompeya?

Unos proponen un monumento, otros quisieran dar marcha atrás. Aún a riesgo de parecer pretencioso por citar a quien no debe ser más que un nombre extraño para sus escasos entendimientos quisiera recordar las reflexiones que bajo el título de Sobre el concepto de la historia (Über den Begriff der Geschichte) aparecieran entre los papeles de Walter Benjamin, el pensador judío alemán que se suicidara en Port Bou en 1940 huyendo del nazismo y creyendo posible atravesar los Pirineos para embarcarse hacia los Estados Unidos, el último reino de la libertad.

Comienza por comentar un cuadro de Paul Klee, Angelus Novus, que le fascinara y lo acompañara durante el destierro: un ángel alado mira al frente con el terror pintado en su rostro, queriendo retroceder. Mira al presente, esa acumulación de ruinas que ha ido amontonando la historia en su curso de incultura y barbarie. Peor aún: creando una cultura de la barbarie: “Donde a nosotros aparece una cadena de datos, él ve una única catástrofe que amontona incansablemente ruina tras ruina y se las va arrojando a los pies. Bien le gustaría detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo destrozado. Pero, soplando desde el paraíso, una tempestad se enreda en sus alas, y es tan fuerte que el ángel no puede cerrarlas. Esta tempestad lo empuja incontenible hacia el futuro, al cual vuelve la espalda mientras el cúmulo de ruinas ante él va creciendo hasta el cielo. Lo que llamamos progreso es justamente esa tempestad”.

Tanto o más atingente a nuestra situación es la tesis X, que le sigue: “En un instante en que los políticos en los cuales los contrarios al fascismo habían depositado sus esperanzas yacen derribados en el suelo y refuerzan aún más su derrota con la traición a su propia causa, lo que se propone es liberar al que en política es hijo del mundo de aquellas redes con que aquellos los habían envuelto. La consideración parte del hecho de que la fe contumaz de estos políticos puesta en el progreso, su confianza en su gran “base de masas” y, en definitiva, su sujeción servil a un aparato que es incontrolable son tres aspectos de la misma cosa. Busca dar un concepto de lo costoso que a nuestro pensamiento habitual llega a ser una idea de la historia que eluda toda clase de complicidad con aquélla a la cual estos políticos siguen aferrándose.”

¿Monumentos y retrocesos? La crisis es demasiado grave y profunda. Ante su devastadora magnitud, la estulticia tiene cara de herejía.