• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Raúl Fuentes

Montañas de fe

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

El inglés que subió una colina pero bajo de una montaña (Christopher Monger, 1995) es un film británico que narra, en clave de comedia, la singular aventura de dos cartógrafos encargados de elaborar un nuevo mapa del país de Gales y que, en cumplimiento de su misión, arriban a Fynnon Garw, un pintoresco villorrio cuyos habitantes se sienten orgullos de tener en su territorio la que reputan como “la más importante montaña de la región”. Cuando Reginald Anson (Hugh Grant) y George Garrad (Ian McNeice), los cartógrafos de marras, realizan las mediciones del caso y constatan que la altura de esa eminencia está 15 pies por debajo de la cota mínima requerida para que se le considere montaña, los intransigentes moradores del pueblucho deciden corregir lo que suponen un yerro de natura para que su preciada elevación alcance los 1.000 pies y siga siendo enaltecida como presumen que corresponde.

Los acontecimientos referidos en la película se desarrollan en 1917; casi un siglo después, pero en Venezuela, otro inglés se verá involucrado en peripecias similares, y no se trata de un cineasta, sino de un prestigioso y multilaureado arquitecto sir Richard Rogers, contratado por la Alcaldía del Municipio Libertador, vaya a usted a saber por cuánto, para proyectar un complejo recreacional que llevará el nombre del comandante glorioso e inmarcesible, a fin de lo cual el ilustre barón Rogers de Riverside dispuso rasparse un cerro en los predios de La Rinconada, arrasar con su vegetación y preparar el terreno para edificar un polideportivo, una propuesta que ha sido criticada, no por la organización de espacios y volúmenes ideada por el caballero de Su Majestad, sino por la brejetería implícita en la contratación de esta súper estrella del diseño High Tech, y que vendría a confirmar que, como sostenía el gran Ítalo Calvino, “Los revolucionarios son los más formalistas de los conservadores”.

Cambiar la denominación de las cosas no hará variar su esencia: los revolucionarios franceses crearon un almanaque con nuevos nombres para los meses, sin que ello significase que en verano nevara o en invierno hiciese calor; los bolcheviques tomaron el poder, un 21 de octubre, pero para el resto del mundo lo hicieron el 7 de noviembre –dataciones derivadas de la coexistencia de los calendarios juliano y gregoriano–; mas, sin importar cómo se nominan o numeran los días, se trató de una conmoción que estremeció por igual y al unísono a oriente y occidente

Valorar más los continentes que los contenidos, y no ocuparse de lo medular sino de lo superficial, ha sido una constante de la praxis roja desde que Chávez y su camaradas de armas y bochinche se hicieron del coroto hace ya tres largos lustros; ha habido sí, una revolución semántica y decorativa que renombra lugares e inventa efemérides para amojonar de falsos hitos la frontera entre el antes y el después del líder inmortal y, en su memoria, hablar con lenguaje incendiario de un mañana difuso y con demasiado ayer. Sin una brújula que lo ubique y sin un profeta que los aliente con mesiánicas arengas, el socialismo bolivariano no halla de qué palo colgarse, así que no le queda otra que la evocación del héroe y la devoción iconográfica, en una continua y costosa liturgia publicitaria dirigida a fijar en el subconsciente colectivo que detrás de Maduro no está la satrapía cubana, como se piensa, o el alto mando militar, como se sospecha no sin razón, sino la sobrenatural figura del paracaidista barinés que, cuando es necesario, Pepe Grillo volátil, se le aparece para recordarle que cuando oiga campanas debe tener claro dónde y por quién doblan.

No son, pues, únicamente sus antojos lo que impulsan a Nicolás y sus secuaces a recordarnos hasta más allá del hartazgo, del bautizo a la extrema unción, el más nimio de los actos sacramentales o profanos protagonizados por quién temen se convierta en evanescente recuerdo y, por ello, elaboran una recargada agenda que quisiesen rigiese por siempre el destino de la república. Una agenda muy peculiar que, día a día, hace presente al ausente. “La fe mueve montañas”, predicaba el Hermano Cocó, entrañable curandero y timador creado por la Radio Rochela, y recalcaba: “pero hay que pagar”, como espléndidamente se le ha pagado a sir Rogers. Sí, la fe tarifada hace milagros, de manera que, con una buen inversión en fe, la camarilla gobernante podría mantenerse largo tiempo moviendo al comandante de donde debería estar descansando en paz a estrafalarios gabinetes de calle para que la gente se distraiga con el circo, olvide el pan, se desgañite gritando ¡Chávez vive! y haga caso omiso del cochino dinero, aunque, también lo decía el iluminado sanado, “en el negocio todo es cochino y en el cochino todo es negocio

 

rfuentesx@gmail.com