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Diómedes Cordero

Montaje: El imposible regreso

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Del lenguaje poético de Cantos de la aldea (Mérida: Ediciones Puerta del Sol, 2013), del poeta, ensayista y editor José Gregorio Vázquez, podría decirse lo que Fernando Charry Larra dice de Aurelio Arturo: “No es el suyo, además, un lenguaje que se caracterice por el empleo de formas inusitadas o imágenes deslumbrantes. La sobriedad, una desierta vigilia iluminada, establecen ese lunar territorio por el que vaga, en desvelo o en embriaguez, la palabra poética”, sin que la poética de Vázquez pueda ser inscrita en el sortilegio lírico y la melodía del lenguaje que singularizan la poética de Arturo como una expresión musical de “un país que sueña”, como él mismo la definió, sino más bien como una poética cercana a la poesía lárica de Jorge Teillier, en la experiencia de la vuelta a la integración con el paisaje y la descripción del lar nativo (la casa/el hogar), es decir, en el regreso al lugar de origen, a la infancia y la recuperación de un mundo perdido, pero sin advertir la nostalgia y el retorno de la ciudad al campo como una forma de resistencia a la modernidad.

Cantos de la aldea, como señala Vázquez, tendría como intencionalidad el regreso a la aldea para reconstruir, mediante la memoria y el canto, el paisaje y el tiempo como legado y promesa y destino de las palabras: “Hace muchos años dejé mi aldea. Todo cuanto hice no me permitió olvidarla. En ella aún soy, y lo poco y lo mucho que he logrado, lo he hecho gracias al recuerdo de ella en mi cada día. Los caminos de mi infancia, los viejos amigos, los olores de mi casa, el secreto de sus árboles, los juegos, su noche oscura, las palabras de mis mayores, están aquí, de alguna manera, guardados en este pequeño libro. Es un homenaje que está protegido en palabras y en palabras celebrado. He sido un heredero de mi tierra, de sus tradiciones, de su esplendor y de su tristeza. En estas páginas voy de camino por sus años, escuchando aún el río que baña sus tardes y el canto profundo de los gallos que la despiertan”.

Canto y memoria como procedimientos poéticos para la recuperación de y con las palabras de la aldea consustanciada/transfigurada con y en una región de linaje rulfiano: las voces afantasmadas encontradas al regreso al paisaje y el tiempo del origen y la infancia, como lo indica el único epígrafe del libro, proveniente del cuento “Luvina” (El llano en llamas): “Allá viví. Allá dejé la vida…Y ahora usted va para allá…Está bien”.

El poema inicial “Regreso”: “En la luz y en la oscuridad / de cada poema / se congregan / líneas escondidas / palabras escondidas / silencios escondidos / Una musicalidad ya habitada / que vamos olvidando / Con la hondura del día /dejamos que todo se quiebre / por dentro de la palabra / En vano vamos trastocando / lo poco que queda de ella / Cuando calla / nos precipitamos ya sin esperanza / Y el poema / y el poema / El poema / cierra entonces / su puerta”, funcionaría como un arte poética de las tres partes numeradas que conforman Cantos de la aldea: “La aldea”, “Las horas” y “El canto de los gallos”, y, que, tal vez, en correspondencia con la intuición estructural editorial de Vázquez, pudieran ser el ejercicio poético de una estructura dialéctica.

El regreso imposible a la aldea: “Allá / a lo lejos / mi aldea / Allá voy / camino de regreso / Ya no puedo más /  con mis años / ¿De quién he de valerme / a esta hora aciaga? / Esta vez me valgo de mí /y con ello / de todo lo que he sido / Me valgo de estas palabras / que logro escribir / Con ellas cada paso / es una aventura / hacia la noche /  Allá quiero ir / sin miedo /  A dejarme en silencio /en el escondido rincón / de la vieja casa / Allá esperaré / a que todos regresen”, marcado por la posibilidad del recuerdo, la memoria, de las palabras primigenias de la comunidad, olvidadas en el tiempo transcurrido entre el exilio accidental e involuntario del espacio original y el regreso, sólo recuperables en los gestos y actos y en las mismas palabras ancestrales: “He trasegado este ahora / lejos de estas palabras / Voy ya sin voz / sin la posibilidad / de pronunciar / Sólo mis gestos / para decirme con ellos / lo que me falta / Todo lo que he hecho / es volver a mi aldea / para encontrarme en ella / con todos esos lugares / con todos esos olores / de mi infancia / con esas palabras / que a lo largo de mi vida / he olvidado / He fatigado la noche / para regresar nuevamente / a ellas / sintiendo que cada paso / aunque lento y tormentoso / me permite la llegada final / Después / uno nunca / es el mismo / Sólo habrá otros misterios / y nosotros / ya no estaremos”, como centro engendrador de la poética (tesis).

El tiempo oportuno y preciso del deseo de la recuperación del pasado original representado en la vuelta al territorio y los personajes y acontecimientos representados en los lugares, presencias y voces afantasmadas de la aldea: “¿Cuando todos se hayan ido / a dónde irán nuestras palabras? / ¿Quedará acaso / el pueblo deshabitado? / ¿Y esas voces / que resonaban / por los caminos de la aldea / de casa en casa / a dónde volverán? / A lo lejos / sus pasos suenan desde temprano / por los caminos ya olvidados / Los olores de las cocinas / Las manos de las madres en las mesas/  El canto escondido y las oraciones / de cada día a los dioses que nos acompañan / Cuando todos ya no estén / el pueblo y sus casas abiertas / esperarán nuestro regreso / Y en las sombras de la noche / y en los colores del oscuro / tu voz / y la mía / ahí / fragmentadas / detenidas / en el eco de las paredes / ¿Cuando todos se hayan ido / a dónde irán nuestras palabras?”, como huellas, registros, trazos de la memoria irrecuperable de las palabras y el mundo de la aldea (antítesis).

Y, la ausencia del canto como constatación incontestable de la imposibilidad del regreso a la experiencia de lo real de la aldea, sólo redimible, después del reconocimiento crítico y consciente del sujeto poético de la negación del regreso, a través del canto como expresión poética de la imposibilidad misma del canto: “Nadie de mí / a pesar de esta hora temprana / ha vuelto / Aún socava hasta el cansancio / todo lo hallado / Qué busca allá / tan adentro / a oscuras / cuando falta la palabra / El camino se bifurca / constantemente / No somos / más / que agotados / mensajeros / de viejos artificios / Hijos olvidados / por nuestros padres / Herederos de otras promesas / Vamos lentamente / a otras penumbras / y no volvemos / Qué victoria cantaré / cuando regrese / Cuando ellos ya no estén / en este festín / del nuevo día / A quién acudiré / Nadie de mí / ha regresado / sin dejar atada / en la oscura noche / la palabra”, como posibilidad e imposibilidad del poema (síntesis).

Para negar el carácter irreducible de lo poético a formulaciones de naturaleza dialéctica, que funcionarían únicamente como posibles legibilidades interpretativas, el río del poema final de Cantos de la aldea, advenido “con el primer canto de los gallos”, simbolizaría, heracliteanamente, el tiempo poético reversible del regreso: “El río bajó tempranamente / como lo hace cada día / desde que tengo recuerdo […] Pronto subirá de regreso / y como / cada tarde / ya sabremos de su llegada / Todos estaremos esperándolo / en casa”.

José Gregorio Vázquez parece saber que, en la modernidad, sólo se regresa realmente a la experiencia de la aldea, el hogar, en el poema.