• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Diómedes Cordero

Montaje: Postales críticas

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Como si se tratase de un despacho de correos, Carlos Sandoval, escritor, narrador y ensayista, crítico e investigador literario, reúne en Servicio crítico. Despachos tentativos sobre literatura venezolana (Caracas: Fundación Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo gallegos, CELARG, 2013), veinticuatro postales críticas, que encuentran justificación en la metáfora del servicio público del transporte de correspondencias oficiales y privadas, en “Se informa al público”, en el que a manera de introducción, Sandoval entiende “la crítica como un servicio, una discreta manera de acercarse a la literatura desde el costado, sin pretensiones de extender sentencias definitivas sobre los asuntos que me ocupan”, que vendrían a ser, según su consideración, los de la crítica, que tendría como función e interés, “justamente, conocer los mecanismos que activan la maquinaria ficcional o poética que cristaliza esos milagros para comprender sus procedimientos y mostrárselos a otros, no con intención prescriptiva sino con ánimo de servicio humano por cuanto se trata de profundos eventos de la memoria”.

Agrupadas en cuatro secciones, las postales críticas, la primera: “Narrar” discute “problemas historiográficos, de recepción, de recurrencia temáticas y del sistema social de la literatura con base en el estudio de piezas o conjuntos narrativos venezolanos”; la segunda: “Pensar la crítica” reflexiona sobre “la crítica literaria y sus aplicaciones en el contexto de nuestra literatura; la tercera: “Otras historias” ensaya “dos aproximaciones  de tono más ensayístico: una dedicada al plagio literario y la otra a la presencia de España en la célebre revista El Cojo Ilustrado (1892-1915)”; y la cuarta: “Recensiones”, compila prólogos y presentaciones de novelas y cuentos y una biografía de autores venezolanos.

Cuentos del XIX, Meneses y narrativa de los noventa

Ochos postales conforman el correo de “Narrar”: “Insumos para una historia del cuento venezolano en el siglo XIX” revisa la genealogía del género en el país, rediseñando no sólo el corpus sino también la taxonomía del canon del cuento, construido por los estudios de Arturo Uslar Pietri, José Fabbiani Ruiz, Gonzalo Picón Febres y Pastor Cortés, a partir de la consideración de “La viuda de Corinto” (1837), de Fermín Toro, como “la primera ficción breve escrita y publicada por un venezolano de la cual tenemos comprobada existencia”, y de un breve perfil del carácter literario y de algunos autores del cuento romántico, fantástico y criollista.. “Días de espantos: cuentos fantásticos venezolanos del siglo XIX” explora, en el caso de los cuentos de Luis López Méndez y, en menor grado, en el de los de Nicanor Bolet Peraza, “la ficción fantástica como máscara de las últimas décadas del siglo XIX, como imagen de fuerzas en conflicto: la modernización, por un lado; el derrumbe de la instituciones tradicionales, por el otro; en el centro, la escritura atravesada por la incertidumbre”. “Trampas de la lectura: acerca de la recepción de El Falso cuaderno de Narciso Espejo”, recorre filológica (fijación, reconstrucción e interpretación del texto, en sentido diacrónico) y críticamente (negaciones y reconocimientos literarios del texto, en sentido sincrónico) la crítica de “La mano junto al muro” y de El falso cuaderno de Narciso Espejo; recorrido en el que destaca no sólo el rigor de la pesquisa y la reconstrucción de la lectura, interpretación y valoración  de los textos de Guillermo Meneses, sino también la filiación (relación intertextual) de los mismos con obras de José Balza, Salvador Garmendia, Wilfredo Machado, Ángel Gustavo Infante, Sael Ibáñez, Milagros Mata Gil y Juan Carlos Méndez Guédez, como se evidencia en el juicio de cierre de Sandoval: “Intramuros, disfrutó de la aquiescencia o la intratabilidad, pero sin disminuir nunca el papel y el rango de sus productos. Extramuros: todavía es, con mucho, una ficha de diccionario, una sorpresa para arqueólogos, un olvido”.  “Menesiana para diez cuentos”, prólogo de Diez Cuentos (2011) de Guillermo Meneses, parte de la poética que Sandoval denomina menesiana (“la imperiosidad del narrador, o del personaje, por reflexionar en torno de los hechos acaecidos”; “uso del monólogo”; “pasajes ensayísticos trufados en la anécdota”; “el simple recuento de un sueño para producir el efecto”) para caracterizar, analizar, interpretar y valorar la singularidad de la narrativa corta de Meneses. El temprano destino del narrador: “A los 22 años Meneses ya sabe cuál es su destino, «La balandra Isabel…» resulta heraldo de una nueva manera de asumir el cuento; el espacio donde lenguaje y reflexión no menoscaban la historia; por el contrario la potencian. Sabe también que sus personajes nunca brillan en el cielo del nacionalismo, pero justo por eso son nacionales. Porque el llanero es uno en un torpe imaginario de la patria. No obstante los otros, el resto, todos, los demás, fertilizan el auténtico barro identitario”; y la cristalización artística de ese destino: “Pocas veces un artista logra combinar materiales y utensilios, sabiduría y experiencia,  en las estrechas dimensiones de un relato. Meneses lo hace con la testarudez del crónico enfermo literario, maniático y obsesivo. Qué duda cabe. «La mano junto al muro» fue el síntoma de un vicio incurable”; serían para Sandoval el arco de “palabras y voces que leemos al trasluz de una brillante exploración de sombras y almas sin par en la historia de la literatura venezolana”. “Un Francisco en San Francisco: a propósito de la narrativa de Herrera Luque” se detiene en los prejuicios de la Academia de la Lengua, con sede  en el Palacio de las Academias, en la “caraqueñísima esquina de San Francisco”, frente a la valoración literaria de la obra narrativa de Francisco Herrera Luque, sintetizados en la interrogante final de Sandoval: “¿Entrará Francisco en San Francisco? Hacerlo o no importa poco. Lo interesante sería preguntar si la Academia es capaz de ponerse a tono con los materiales cercanos que debe evaluar”. “El cadáver insepulto de los sesenta” sigue las huellas y rastros de la llamada narrativa de la violencia de la “década prodigiosa” o “violenta” de los sesenta, en el sentido inacabado de ésta presente en los trabajos de Julio Miranda, Oscar Rodríguez Ortiz, y según el análisis de Domingo Miliani, en “las tramas de Juana La Roja y Octavio El Sabrio (1991) de Ricardo Azuaje; Árbol de luna (2000) de Juan Carlos Méndez Guédez; y El complot (2002) de Israel Centeno”.  “Las variantes de un conjunto: Narrativa de los noventa / Narradores del noventa / Narrativa del noventa / Nueva promoción / Novísimos” dibuja el mapa crítico de la “narrativa de los noventa”, que como señalan Beatriz González (“la recurrencia de novelas y cuentos que delatan, ante todo, el discurso populista de las élites subvertido  en una estética del desencanto, la soledad y la completa anulación del sujeto”), Luis Barrera Linares (“«viene a constituirse en un híbrido de las dos anteriores [las narrativas de los años sesenta y setenta]: la alternativa anecdótica-experimental. En una abierta actitud de confluencia, la historia narrada, lo referido, resulta tan importante como el lenguaje con que se lo aborda»”) y María Celina Nuñez (“una imagen global que […] cifra como síntoma de la llamada crisis postmoderna, la cual, desde una dimensión estrictamente literaria, explicaría la falta de solvencia (¿premeditada?) de ciertas estructuras y quizá del descuido sobre los contenidos anecdóticos observable en varios trabajos del grupo”), podrían determinar las singularidades de las obras de Ricardo Azuaje, Israel Centeno, Armando Luigi Castañeda, José Roberto Duque, Fernando Cifuentes, Rubi Guerra, Nelson González, Luis Felipe Castillo, Juan Carlos Chirinos, María Celina Nuñez, Juan Carlos Méndez Guédez; Milton Ordoñez, Slavko Zupcic, y que de acuerdo a Sandoval, “provisoriamente […] sólo atiende al grupo de escritores autodenominados como tales o así tratados por críticos y ensayistas del período”. Y, “Espías, jueces y demonios: una pintura de la narrativa venezolana a fines del siglo XX” matiza el realismo de la novela venezolana (Juan Liscano) para esbozar brevemente los espías de un cuerpo abstracto: Abrapalabra (1979) deLuis Britto García y Viaje inverso (1977) de Gustavo Luis Carrera (“la dislocación de las estructuras y el lenguaje como protesta en los años sesenta”); En el bar la vida es más sabrosa (1980) de Luis Barrera Linares, Relatos de Tropicalia (1989) de Igor delgado Senior (“la apropiación popular [la salsa, el bolero] y los mass media [las telenovelas] en los años ochenta”); Calletania (1991) de Israel Centeno, Retrato de Abel con isla volcánica al fondo (1997) de Juan Carlos Méndez Guédez, La expulsión del paraíso (1998) de Ricardo Azuaje y El placer de la falsificación (1998) de Luis Felipe Castillo (“la literatura como tema y personaje, la droga, el lumpen  y la crisis [política, económica]”); los jueces de un cuerpo nostálgico del “pasado reciente, la fulgurante década de los sesenta”: Juana La Roja y Octavio El Sabrio (1991) y A imagen y semejanza ( 1986) de Ricardo Azuaje, El discreto encanto (2001) de Rubi Guerra y Calletania (1991) de Israel Centeno (“«el deterioro y la desesperanza, […] , saturan las tramas”); y los demonios “más que fantasmas” de un cuerpo “cuyo exorcismo adelanta progresos y caídas”: la narrativa de Ana Tersa Torres, Milagros Mata Gil, Francisco Herrera Luque, Denzil Romero, “y hasta esos incómodos, por inclasificables, libros de Oscar Yánez” (“se adscriben a una cruda cotidianidad o se detienen en la recreación historiográfica como acicate para descubrir los pliegues de nuestra idiosincrasia”).

De la crítica y los críticos

Cinco postales el de “Pensar la crítica”: “La investigación en literatura: relato para venezolanos” cuenta la experiencia personal de Sandoval como estudiante de Letras en La Universidad Central de Venezuela y su conversión en investigador literario consciente de las diferencias existentes entre la escritura de creación literaria y el trabajo de investigación en literatura, este último “un juego muy serio”. “Enseñar literatura” expone el significado que tiene para Sandoval “enseñar literatura: la búsqueda de respuestas en la voz de un maestro (el narrador, en algunos casos; el catedrático, en otros)”, y que en su caso personal “apenas alcanzo  a ser un profesor, […] , que sólo hago crítica al dar clases”; confesión de humildad que Sandoval centra en “la diferencia entre un profesor y un maestro […]. Un profesor es un simple «mensajero», para utilizar la imagen de George Steiner, que transfiere informes sobre las cosas; su papel es la del mediador que junta, en el caso de la literatura, al libro y a su universo con el imaginario del lector. Un maestro, en cambio, es quien ha alcanzado el dominio de unas verdades (no certezas, insistamos) y que logra encarnarlas en el auditorio que lo escucha, pues ha absorbido de tal forma la materia de la cual habla que no requiere mostrar  los volúmenes de donde obtuvo esa sabiduría. Porque la enseñanza, sea el caso de decirlo,  es una actividad oral: no hay profesor ni maestro sin público cautivo”. Sandoval reconoce como algunos de sus maestros, “y que valga como homenaje el inventario”, a: León Algisi, Judit Gerendas, Francisco Rivera, María Fernanda Palacios, Víctor Fuenmayor, Beatriz González, Luis barrera Linares, Graciela Montaldo y Vladimir Acosta. “Licantropías: notas sobre la actividad crítico-literaria” plantea  las posibles respuestas a las preguntas: “¿qué significa hacer crítica?, ¿de qué habla la crítica? y “¿desde dónde habla el crítico?”, que Sandoval responde de manera inequívoca: “El crítico es un escritor. No porque  ocasionalmente se desdoble en poeta o cuentista, sino porque su herramienta básica es el lenguaje. Más aún, para trasmitir conocimientos es indispensable una buena expresión escrita. Nadie le cree a quien, criticando la lengua de otros, lo hace con las  palabras y la sintaxis (¿lamagia?) inadecuadas”, para saldar la antigua diferencia entre escritores y críticos; “No me engaño: mis evaluaciones críticas tienen la carga de quien cree que la narrativa debe generar una reflexión, procesos intelectivos que sigan resonando una vez que se llega al punto final. Todo ello en un empaque artístico donde el lenguaje sea opulento y el diseño estructural importante, no un simple andamiaje. Pura Ideología, ya se ve”, para marcar el carácter ideológico de la crítica; y, finalmente, indicar la doble función que comparten muchos de los críticos literarios venezolanos, como en su caso, la de funcionarios y profesionales universitarios y la de escritor-crítico. “Para qué sirve la crítica” sirve a Sandoval para debatir y cuestionar las ideas de la inexistencia de la crítica y de un gran crítico en el país, al sostener conclusivamente que. “no digo que la actividad crítica se convierta en una tabal de salvación comunal; sólo dejo sentado que las valoraciones literarias, en tanto que generadoras de conocimiento, en ocasiones nos hacen comprender mejor nuestras actitudes socioculturales. Porque la literatura es, ante todo, una manifestación social, el campo expresivo de las pulsiones colectivas y la crítica, por su parte, una manera de señalar cómo se materializan y exploran esos profundos deseos y traumas constelados en símbolos, en palabras”. Y, “Un libro. El libro. La crítica literaria de Basilo Tejedor” es el conmovedor reconocimiento y homenaje que Sandoval hace a la trayectoria profesional, docente e investigativa, de Basilio Tejedor, mediante la crónica de su conocimiento y amistad personal y del relato crítico del proceso de investigación y escritura de la tesis doctoral de Tejedor: José Tadeo Arreaza Calatrava y su manuscrito de El  héroe.

El plagio literario y España en El Cojo Ilustrado

Dos postales el de “Otras historias”: “Que inventen los otros” traza eruditamente los equívocos y malentendidos entorno al plagio, ya sea como práctica delictiva o apropiación literaria.  Y, “Avenida España, esquina El Cojo: retablo de gente y cosas” refiere la presencia de escritores españoles en la revista El Cojo Ilustrado, en una  especie de crónica geográfica y cultural, en la que Sandoval, enumera, con rigor y gracia, las colaboraciones, en el quincenario venezolano, de Miguel de Unamuno, Salvador Rueda, Manuel Reina, José Zorrilla, Espronceda, Emilia Pardo Bazán, Pérez Galdós, Leopoldo Alas, entre otros.

De narradores venezolanos

Y, finalmente, las nueve postales de “Recensiones”: “Volver a las andadas: Renato Rodríguez ¿criollista?” o la vuelta, en Quanos (1997) de Rodríguez a “las andadas con un volumen plagado de duelos, labrantíos, pueblos montañosos, extraviados frente al mar; un mundo con trazos salvajes, antiguos, pero con pequeños gestos civilizatorios”, en el que “incide en los defectos del más acartonado criollismo. Ése que entendía el hecho literario como labor social y no como «hechura de palabras», para decirlo con un título del poeta Eleazar León”. “La reescritura novelada de la historia” u otro ejercicio, El vuelo del alcatraz (2001), en el que Francisco Herrera Luque explora el clima de “conspiraciones y descréditos surgido contra Bolívar como respuesta a su idea de establecer una extensa república suramericana, compuesta por los territorios que hoy corresponden a Venezuela, Ecuador, Colombia y Panamá”; componendas promovidas por José Antonio Páez en el país y por Francisco de Paula Santander en la Nueva Granada y que condujeron “el naufragio de la unión”. “Arte de orfebrería” o “el trabajo de relojero con la lengua y la creación de atmósferas inasibles, pero con fuertes referencias al mundo cotidiano, con todo y que es difícil ubicar geográficamente los lugares” de Ednodio Quintero en Los mejores relatos. Visiones de Kachgar (2006). “Esa cosa llamada Vida” o la estrategia cognoscitiva de lo intratextual y lo metaliterario como puesta en escena del  arte narrativo de Slavko Zupcic en Barbie, Círculo croata y Pésame mucho, que conforman Tres novelas (2006)”. “Apuntes para una justa biografía” o el intento inacabado de Herrera Luque, publicado póstumamente, de realizar “una pintura cercana  que engrandece, por ello, los rasgos del héroe y brinda a los lectores la posibilidad de comprender algunas razones y, cómo no, también de nosotros, a fin de cuentas, parte de su pueblo”, de El Libertador, en Bolívar en vivo ( 2008). “«Estoy condenado a escribir esto»: los relatos de Cuartel de invierno” (2009) o “el atenuado realismo” de Oscar Marcano, en el que “se imponen lo fantástico, la ciencia ficción y lo extraño” como experimento de la potencia narrativa. Un “campo de pruebas” necesario para “aproximarse a una tentativa de comprensión de ciertas rarezas del mundo en Lo que François Villon  no dijo cuando bebía (1999) y, aún más, en Puntos de sutura (2007). “De oficio narrador” o Sin partida de yacimiento, el bildunsroman de Luis Barrera Linares, en el que la resonancia cultural del petróleo del título, anuncia al “narrador adulto [que] reconstruye pormenores de su infancia en Los Puertos de Altagracia, estado Zulia, y luego a la salida de la adolescencia, cuando se ha instalado en Caracas”, con “una prosa trepidante y divertida” sostenida en “el ludismo sintáctico, los dobles sentidos, los retruécanos, las frases comunes”. “Los dedos acuosos” o “un nuevo tributo al Delta verídico” que José Balza rinde en Los peces de fuego. Ejercicios narrativos (2010), a su paisaje natal, y que Sandoval privilegia como “pórtico a una experiencia artística y filosófica que cifra en el lenguaje literario una posible justificación de su paso por la tierra: la trama vital de quien se sabe principio y término, salto y pozo: agua de río”. Y, “Magister Ludi” o el “«cuentista absoluto»”, como dijo José Balza “para referirse a la personalidad literaria de Gustavo Díaz Solís”, categoría que para Sandoval también pudiera decirse de Julio Garmendia, Antonio Márquez Salas e Igor Delgado Senior”, y que este último alcanza y materializa en Cuentos completos (2011), tomos I y II, compendio de sus cinco libros de cuentos, en el que Delgado Senior “al conjugar ritmo y parodia con las pulsiones de un imaginario colectivo […] cifra en la resignada alegría la fuerza de su persistencia”.

En Servicio crítico Carlos Sandoval ha escrito, sin duda, unas postales críticas indispensables para el conocimiento, la compresión y la valoración del oficio del crítico e investigador literario y de algunas obras y períodos de la literatura venezolana.