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Diómedes Cordero

Montaje: Petróleo y desmadre

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Como si fuese el narrador de “La gallina”, una leyenda sobre la riqueza súbita representada por los huevos de oro depuestos por la gallina, “una fábula irónica sobre la inteligencia vernácula”, como lo señala Graciela Montaldo, la tercera de las cuatro historias de Tres historias pringlenses, de César Aira, Víctor Salmerón, periodista y escritor, en Petróleo y desmadre. De la gran Venezuela a la Revolución Bolivariana (Caracas: Editorial Alfa, 2013) parece no tener “más remedio que contar algo si quiero hacerme entender”; es decir, proceder como un narrador para construir el relato de la historia del petróleo venezolano, a la vez que, como Aira, piensa que el desmadre, la juerga desenfrenada del rentismo petrolero por parte del Estado, pueda servir como una historia “para ejemplificar las virtudes morales”.

Salmerón comienza con la historia “De la euforia al Viernes Negro”, para terminar con la de “Espectros y Viernes Rojo”, con un medio, en el sentido aristotélico, “Hablan los protagonistas” y “Escalofríos académicos”, en el que Gumersindo Rodríguez, ministro de Planificación en el período 1974-1977 durante el primero gobierno de Carlos Andrés Pérez; Luis Ugueto, ministro de Hacienda durante el gobierno de Luis Herrera Campins, 1979-1982; Maritza Izaguirre, ministra de Planificación (Cordiplan), 1982-1984, durante el gobierno de Luis Herrera Campins; y Francisco Faraco, asesor del presidente del Banco Central de Venezuela, Leopoldo Díaz Bruzual, durante el gobierno de Luis Herrera Campins; entrevistados por Salmeron, por una parte; y los estudios e investigaciones de los economistas Jeffrey Sachs y Francisco Rodríguez; Reiner Schliesser y José Silva; Asdrúbal Batista; Ricardo Hausmann y Francisco Rodríguez; y, Osmel Manzano y Roberto Rigobón; referidos por Salmerón, por la otra; parte media esta que le permite a Salmerón indagar sobre las posibles razones del desmadre de la economía petrolera venezolana: “¿Cómo se explica el desastre que empobrece de manera continua a los venezolanos a partir de 1983 durante dos décadas y hace que por primera vez, desde 1920, los hijos vivan mucho peor que sus padres?”.

Si, en 1973, el candidato presidencial de Acción Democrática, Carlos Andrés Pérez “detonaba una penetrante campaña publicitaria elaborada por los asesores extranjeros Joe Napolitan y Clifton White que sacudía con facilidad la mente de una sociedad que recién descubría la adicción a la televisión, construía afanosamente el Poliedro de Caracas para que las estrellas del disco music nutrieran la cartelera de espectáculos y contaba con una clase media ávida por el Old Parr”; en 1998, Hugo Chávez, candidato a la Presidencia de la República, “concede una entrevista a Univisión horas antes de las elecciones que al fin, tras quince años conspirando y dos intentos de golpes de Estado perpetrados en 1992, le entregarán el poder. Desenvuelto, como si hubiese nacido en un estudio de televisión, mira a la cámara y pronuncia las palabras exactas, la respuesta perfecta para logar el efecto deseado en una audiencia a la que conoce como nadie”. El carácter discursivo que Salmerón subraya en los dos candidatos marcaría la historia de los dos como personajes principales del empobrecimiento de los venezolanos, representado en las devaluaciones del Viernes Negro, realizada por Luis Herrera Campíns, como sucesor de Pérez, y del Viernes Rojo, realizada por Chávez, como consecuencia de las pésimas políticas financieras y el empecinado mantenimiento de la sobrevaluación del bolívar, en el marco del control y estatización creciente de la economía venezolana entre 1974 y 2013, año este último de la muerte de Hugo Chávez.             

Salmerón, por medio del uso de procedimientos periodísticos como la entrevista y el reportaje, en combinación con técnicas cercanas a los procedimientos característicos del discurso narrativo, construye un discurso híbrido entre el periodismo y la literatura, que sinécdoque mediante, ejemplifica con el fracaso del chavismo, el colapso del modelo del rentismo petrolero de la economía venezolana. El control de cambio y la fuga de divisas; las nacionalizaciones y las expropiaciones; las pérdidas y los declives de la producción de las empresas del hierro y el aluminio  y el cemento, de válvulas y de pulpa y papel, de la electricidad y automotriz, de alimentos y manufactureras;  representan la ruina de las empresas públicas, la destrucción del sector privado, la sobrevaluación de la moneda y la desaparición de las exportaciones no petroleras; colocando en peligro, debido a una “mayor debilidad de las cuentas públicas y una economía cada vez más dependiente de los altos precios del petróleo, (…) el éxito que puede mostrar el Gobierno: el descenso de la pobreza medida por ingresos, gracias al masivo incremento del gasto público y, a su vez, del consumo”.

Desaparecido Hugo Chávez, Nicolás Maduro, en medio de una situación de muertes, sangre y asesinatos, de la acción de un aparato policial y militar estatal y paraestatal, y de una protesta estudiantil y social pacífica y, a veces, violenta como una manera de protección de la vida y los bienes privados, frente a la represión del Estado, sin el carisma y la empatía, el habla popular y la competencia verbal de Chávez, ha puesto en duda, como dice Víctor Salmerón, en las líneas finales de su recomendable Petróleo y desmadre el legado recibido: “Está por verse si el Socialismo del Siglo XX podrá continuar avanzando o si la nueva etapa de pérdida de respaldo político y agotamiento del modelo económico, altamente supeditado a la ruleta de la renta petrolera, controles y ampliación del Estado, lo condenaron a ser minoría o a modificar el proyecto para obtener mayos estabilidad y continuidad en el poder”.

Como en “La gallina” de Aira, la elección de Maduro parece convertir al segundo boom petrolero actual, en un tiempo similar a “la era de la gallinita mágica”. El tiempo en que “había sido una verdadera magia lograr que los pobres siguieran siendo pobres a pesar de recibir una lluvia de oro. Porque volvieron a ser pobres, más que antes, y lo fueron hasta el fin de su vidas”. A veces, la realidad imita la ficción. El petróleo, como el desmadre, puede ser materia de un exceso desmesurado en palabras y acontecimientos.