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Diómedes Cordero

Montaje: Paisaje y política

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Si en El Llano Ciego (San Fernando de Apure: Ediciones Sociedad de Amigos del Santo Sepulcro, 2006), el poeta y ensayista Igor Barreto señala la dificultad de la representación del paisaje en su relación con lo político, con lo que pertenece a la polis (la urbe, la civitas), lo que postula Aristóteles cuando define al hombre como animal político: “¿Dónde están las ruinas veneradas de la naturaleza si hoy lo que encontramos son los escombros de un río fecal? ¿Cómo seguir creyendo en el paisaje cómo representación bella y agradable? El paisaje contemporáneo (de insistir en este término) sería una representación pervertida, intervenida, impura: una cordillera de desechos. ¿Cómo saltar valiéndonos de una estrategia lírica por encima de este presente y volver a escribir sobre unos árboles que cabecean y rumoran entre ellos necedades?”, para señalar, a su vez, la imposibilidad de contemplar (representar) el paisaje natural: “¿Quién contempla verdaderamente una naturaleza sobrecogedora?: sólo aquel que se extraña o se excluye de ella”, en Annapurna. La montaña empírica (Fábulas de un funcionario) (San Fernando de Apure: Ediciones Sociedad de Amigos del Santo Sepulcro, 2012), Barreto, no sólo acude al extrañamiento y el exilio como únicos procedimientos posibles de la dificultad de representar el paisaje urbano, civil, y de la imposibilidad de representación de la naturaleza, sino que, como dice Graciela Montaldo en relación al espacio, la naturaleza y la cultura en Bello y Sarmiento, con “una experiencia extrema de la mirada (ve el) territorio desde la altura”, desplazando la mirada horizontal con la que había explorado “los parajes de los llanos, lo solapamientos de la ciudad y los intersticios que esa combinación abre”, que diría Manuel Llorens, por una mirada, que como afirma Antonio López Ortega, “ahora postula la verticalidad”, para apuntar a “la trascendencia”, preguntándose López Ortega si Barreto ha cambiado “el paisaje por el metapaisaje”, la “física por metafísica”, a través de la pantalla digital.

La operación intelectual de Barreto parece ser otra, si atendemos  a la imposibilidad de representar no ya el paisaje sino el contexto, el espacio, desde donde se produce la escritura del poema, la enunciación poética. Cuando Barreto acude a Google Earth, desde la pantalla del ordenador, como una forma, tanto material como formal, de desplazar el extrañamiento y el exilio como procedimientos centrales y únicos de la representación imposible del paisaje, lo hace como una variación del poeta “que no puede expresar nada distinto de lo que expresa y que no puede expresarlo en ningún otro modo del lenguaje” (Rancière), y, al mismo tiempo, como el funcionario del Ministerio del Poder Popular para la Cultura: “A / hora soy / un funcionario / público. Y el Annapurna / es apenas una imagen en la / pantalla del ordenador. ¡pero cómo duele! (Caligrama para Carlos Drummond de Andrade)”. Esta doble condición: el genio y la experiencia del poeta e intelectual que permitiría la realización de la temporalidad poética, en la que el tiempo de lectura es controlado y organizado por el lenguaje del poema (el control que hace del ritmo); y la del funcionario público, burócrata, que como material contextual se transforma en un acontecimiento formal único que la lectura e interpretación experimenta con  intenso placer y como una poderosa manifestación de la alteridad, expresa la nueva relación de la poética de la imposibilidad de la representación del paisaje de Barreto con el tiempo político presente del país. El carácter contemporáneo de Annapurna: la relación entre el poeta y su tiempo.

Quizás un comentario breve del poema “Lección del auriga” pudiera mostrar el carácter político derivado y secundario de lo poético presente en Annapurna. Si con Agamben “la contemporaneidad es, pues, una relación singular con el propio tiempo, que adhiere a este y, a la vez, toma su distancia; más exactamente, es esa relación con el tiempo que adhiere a este a través de un desfase y un anacronismo”, Barreto mediante el desvío de la función de la dedicatoria del poema: “Pensando en Gustavo Pereira y otros…”, al relacionarla con los versos del texto: “Un día, Buddha salió con su carruaje conducido por un auriga, / era la primera vez que volaban sobre los riscos altos de la montaña / y en el trayecto de ese viaje encontró a un escalador coreano, / a los que suelen acusar corrientemente de suicidas. / El escalador había muerto hace por lo menos cinco años / y aún conservaba sus brazos rodeando el pecho / como un último gesto antes de la contemplación. / Durante largo tiempo sus pertenencias permanecieron intactas: / la cámara fotográfica, el abrigo de plástico anaranjado y gris, / el piolín que colgaba de su mano izquierda, / y en sus pies los dos crampones –sorpresivamente nuevos–. / Dolido por aquella visión, preguntó Buddha al auriga: / –Qué ha hecho, buen auriga este hombre? / –Alteza, esto es lo que se conoce como un escalador. / –¿Y qué es, buen auriga, / lo que se conoce como un escalador? / –Un escalador, alteza, significa un ser con demasiada ambición / y al que no le resta mucho por vivir”, produce una negación crítica y anacrónica de la definición de la dedicatoria como “un homenaje de una obra o una persona, a un grupo real o ideal, o a alguna entidad de otro orden (Genette)”, tanto en el plano material como en el simbólico, abriendo la lectura e interpretación del poema (estructuras de pensamientos y sentimientos) derivadas del uso específico (poético) que hace del lenguaje y que surgen en el acontecimiento de su realización.

Barreto, en Annapurna, no opera directamente sobre la esfera de la  política. Al relacionar las vistas digitales del Annapurna con  la experiencia burocrática, somete la política y la ética al escrutinio, al diferenciarlas instantáneamente del espacio, el contexto, al que normalmente se encuentran sometidas, efectuando la decisión ética y el gesto político. La poesía cuando responde a sí misma como poesía, no como instrumento político, aunque esté profundamente implicada en la política, como Annapurna, bloquea a las convenciones estéticas  e instrumentales; es decir, exige del lector e intérprete una respuesta responsable de sí mismo y de los otros. Igor Barreto entiende ahora la imposibilidad de representar el paisaje político, civil, urbano, actual del país, al acudir al desplazamiento de la mirada hacia otros espacios (geografías) y materias y nuevas relaciones, que aún cuando entraña los procedimientos del extrañamiento y el exilio de su poética anterior, significa notablemente un giro y un riesgo y una innovación en la reconocida singularidad de su obra y pensamiento poético sobre el paisaje venezolano, como lo declara en “Declaración final de un funcionario”: “Yo estaba sobre el Annapurna y su peine negro y blanco / o quizás en mi oficina con los ojos congelados en la pantalla del ordenador. / Huí a 10.000 a 20.000 m de altura y me aparté hacia el estancado / desierto del Pakistán: o era mi rostro sobre papeles administrativos / y la tarde alcanzada en los informes. / Por los pasillos del Ministerio Popular para la Cultura / trotaban los dinosauros de la anteguerra civil. / Todos sabemos lo bien que el diablo recita las escrituras. / Nada que hacer, nada que hacer / como no sea viajar con Google Earth. / Y si el salario se va por una zanja inmunda / juro no descender jamás del Annapurna: / –a las colinas del tedio / torritremebundo–. / Amo la subjetividad de la copia, los estándares de luz /  distintas horas del día, / el cromatismo de un ordenador de buena marca, su resplandor / bien calibrado. / Para colmo (…) al salir del edificio no pude encender / mi amado Ford Thunderbird. / Y mis dos manos congeladas sobre su carrocería mansa / aguardaron el ocaso del trópico”.