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Diómedes Cordero

Montaje: Leer el mundo

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Jorge Larrosa señala en “Sobre la lectura, y otras desapariciones”, a manera de prólogo, de Leer el mundo (Mérida: Ediciones La Castalia, Ediciones El otro, el mismo (Biblioteca Víctor Bravo), 2014) de Víctor Bravo, ensayista, narrador, poeta, editor e investigador literario, que: “Entre otras muchas cosas, este libro es un intento de capturar el presente efímero, plural y evanescente de la lectura. En palabras del autor la lectura es hoy contemplada «entre su esplendor y su posible desaparición». En ese sentido, podría decirse que Leer el mundo es un ejercicio de historia del presente. Por eso, si Víctor Bravo dispone entre las páginas  de su libro un interesantísimo esbozo de la historia de la lectura, no se trata en absoluto de un ejercicio de arqueología. Lo que le interesa no es tanto lo que la lectura fue, sino cómo nació nuestra propia experiencia de la lectura y cuáles son los dispositivos (técnicos, materiales, pero también sociales, culturales, políticos y, sin duda, subjetivos) que la hacen posible y que, quizá, están ya dejando de sostenerla. (…) Por eso se trata, en este libro, de apresar la lectura en el interior de una mutación histórica de alcances imprevisibles. (…) Este libro trata de ofrecer una imagen de la lectura entre el principio y el fin del homo tipograficus, en todos los sentidos de la expresión y con todas sus amplísimas consecuencias. Entre sus muchos méritos, éste es, para mí, el más apasionante: el intento de desplegar, en torno a esa actividad aparentemente banal e insignificante que llamamos lectura, toda una serie de dispositivos de subjetividad y de subjetivización: los que nos han hecho lo que somos, y lo que tal vez estemos dejando ya de ser”. Bravo, por su parte, en “Introducción” indica las interrogaciones pretendidas en Leer el mundo: “Quiere interrogar, por lo menos, tres inflexiones de la cultura: el paso de la oralidad a la escritura; el paso de la era «Gutenberg» (y de las maneras en que ese paso produce la figura del lector, y el prodigio: la confluencia de la lectura y la escritura que produce la experiencia estética, la conversión de la escritura en mundo productor de sentido, en el  mismo momento en que crea una nueva percepción de la condición de la verdad: la conciencia crítica); y el paso a la «era informática», en la cual, al parecer, estamos inmersos”.

Esta triple indagación sobre las condiciones materiales y los dispositivos técnicos que produjeron la lectura (el tránsito de la oralidad a la escritura), el nacimiento del lector y el sujeto moderno (la conciencia crítica) y el porvenir de la lectura (la desaparición de la escena de lectura como se ha conocido hasta el presente), en la que coinciden Larrosa y Bravo, uno, al caracterizar las singularidades ensayísticas de Leer el mundo, y, el otro, en los propósitos teóricos (y prácticos de su libro), podrían leerse, como una coincidencia prodigiosa derivada del acto de leer, entendido este en su condición palimpsestuosa, de promiscuidad interpretativa, en la selección de los tres epígrafes que sirven de marco de sentido al texto: “El lector es un cazador furtivo que recorre las tierras de otro”, de Michel de Certau; “Cada lector es, cuando lee, el propio lector de sí mismo”, de Proust; y “Las letras son de Dios, el alfabeto es nuestro” de Eugenio Montejo. La práctica plural de la lectura (la posibilidad del lector de construir, en tiempo presente, el sentido del mundo), la práctica subjetiva de la lectura (el sentido del mundo como creación del lector) y la práctica cultural de la lectura (el sentido del mundo como creación y, al mismo tiempo, como mutación histórica del lector), respectivamente.

 “Víctor Bravo, al decir de Larrosa, es un lector generoso y apasionado que conoce e interroga las variadas disciplinas que se cruzan con su tema. Un pensador, un hombre que teoriza, un profesor que cuida el rigor, la claridad expositiva, la explicitación, la construcción ordenada de argumentos y referencias. Es también un estudioso atento al presente, a las paradojas y las confusiones del presente”;  que escribe sobre la lectura sin descartar la emoción o el énfasis, sin beaterías, predicamentos, grandilocuencias, creencias,  sacralizaciones, mandatos, moralismos, ni generalizaciones; sino, más bien, un lector moderno y consciente, que sabe que “leer es una aventura personal”, en el sentido que le da José Ángel Valente, en el epígrafe citado por Larrosa: “Escribir es un aventura personal. / No merece juicio. Ni lo pide. / Puede engendrar, engendra a veces en otro / una volición, una afección, un adentramiento. / Otra aventura personal. Eso es todo”. Por eso, tal vez, Leer el mundo, como observa Larrosa, “comienza con un misterio y acaba con un misterio. Pero el misterio que se abre tras la lectura de sus páginas se ha hecho más inteligente, más extenso, más consciente, más profundo, más denso”.

Entre “el enigma del cielo” y “el enigma  de la posible “muerte del lector” o de “un lector aún de características impredecibles”, Víctor Bravo, ha trazado (y trenzado) en Leer el mundo su singular aventura personal de lector de la lectura, y del mundo a través de ella, como sólo lo puede hacer un verdadero ensayista: con pasión y conocimientos, propios y ajenos.