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Diómedes Cordero

Montaje: Cielo y raíces

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Los cuatro epígrafes de La O azul (Caracas: Fundación Casa Nacional de las Letras Andrés Bello; 2013), Premio Único del III Concurso Nacional de Poesía del Festival Mundial de Poesía de Venezuela, del poeta y ensayista y productor  cinematográfico Jairo Rojas Rojas, parecen trazar poéticamente la genealogía, la singularidad, el lugar (o los lugares) y la tradición religiosa en la que Rojas Rojas, consciente (o inconscientemente) inscribe el universo contradictorio e irresoluble de las montañas, la casa, la familia, los ritos funerarios y el tiempo y el paisaje de la cultura andina del sur de Mérida: Lucienne Silberg, el origen de la filiación poética: “Y soy el nombre nuevo de un linaje muy antiguo”;  Arthur Rimbaud, el carácter de la poética: “Yo creía en todos los encantamientos”; Paul Celan, los límites del espacio poético: “Oigo que éramos / un brote del cielo, / esto hay que demostrarlo, desde / arriba, a / lo largo de nuestras raíces”; y, San Juan, la experiencia mística: “Porque  un ángel bajaba de vez en cuando / y removía el agua. Y el primero que se metía / cuando el agua se agitaba quedaba sano / de cualquier enfermedad”.

Operación paratextual de filiación o familiaridad con la que Rojas Rojas no sólo elige los pares consagrados a los que desea asociarse (ser asociado) como autor (poeta), sino que, posiblemente, funcionarían, además, para evitar, como señala Carolina Lozada que “la sensiblería bucólica [que] está atenta para tragarse a los poetas y escribientes con sus formas de encantamientos y arcoíris”, lo pudiera convertir en uno de los “cadáveres de poetas asomados desde la bruma, muertos de cursilería súbita”, en “poemas tipo postal para ofrecer a los turistas”. La otra operación paratextual, el título proveniente del poema rimbaudiano “Vocales”: “A negro, E blanco, I rojo, U verde, O azul: vocales / algún día diré vuestro nacer latente:” a la vez, que el nombre del libro, le posibilitaría a Rojas Rojas, la referencia a la voz múltiple y variada, contradictoria y religada, terrestre y celestial: la voz grande de la O larga del alfabeto latino, correspondiente a la vigésima cuarta letra del griego (Ω, ω), principio y fin relacionado con la figura de Dios: “O, Clarín sobrehumano preñado de estridencias / extrañas y silencios que cruzan Mundos y Ángeles. / O, Omega, fulgor violeta de Sus Ojos”.

Relación intertextual que Miguel Marcotrigiano hace extensiva a Celan y San Juan como una forma de intususcepción de naturaleza psicológica: “El paisaje natural y  la riqueza de imágenes son apuntalados en unas lecturas que delatan al autor real: así, Rimbaud, Celan, San Juan  (esto nos lo indican los epígrafes), van confundiéndose con los hablantes en la medida en que sus discursos  y los tratamientos de sus temas calan en el ser emotivo. El intelecto, una vez más, se mezcla con el ánima, pura, primigenia, y la vieja lucha entre la imagen y la razón se actualiza”.

Rojas Rojas, por el contrario, eludiría las trampas del telurismo simbólico anclado en la tradición de la sublimación poética del paisaje andino venezolano, al no dejarse, como dice Lozada, “encantar por las trampas de lo fluvial y etéreo, él prefiere afincar los pies sobre la tierra, y para no ser arrancado por la fuerza de los elementos amarra su cuerpo a esa  casa rodeada de árboles y voces afantasmadas, ata su cuerpo a esa casa con la urna en la entrada. Ésta es su manera de esquivar las artimañas de lo místico y etéreo y no quedarse flotando en una burbuja de incienso y marihuana. Sin levantar los pies del suelo, Jairo Rojas logra mostrar la aridez de la altura, el desamparo del frío, el encanto siniestro del paisaje escarpado” (cursivas nuestras); es decir, como indica Bajtin, en La O Azul pareciera que, en varias de sus partes, “la conciencia artística –en el sentido de unidad de todas las intenciones semánticas y expresivas del autor‒ se realiza totalmente en su lenguaje, al que es inmanente por completo”. Así parece entenderlo Rojas Rojas: “sonrío / toma la montaña y muévela –insisto a tu voz‒ / que el pensamiento tiemble con las piernas / sus varices caigan / hiérelo hermano, como nunca, con la O azul / del poeta, / del agua, de mis padres / de arriba / blanco‒silencio‒agua‒blanco / sea este lugar donde empezó todo / donde nos cruzó la noche grande / para ver que hacíamos”.

El único y largo poema –treinta y cinco partes numeradas‒ de La O azul, con relativa independencia de la centralidad referencial al paisaje de montañas y valles, a los usos y costumbres familiares campesinas, a los ritos y ceremonias religiosas y funerarias de tradiciones míticas, a la presencia de vocablos ancestrales, sería en parte la expresión pura y directa de la intención del lenguaje del poeta, su propio lenguaje, en el que se encuentra de forma entera  e inseparable, en el que a pesar de, según Bajtin, “sean cuales sean los «sufrimientos verbales» que el poeta experimenta en su creación”, el lenguaje creado por Rojas Rojas, se sometería a la intención y voluntad del poeta: “el paisaje no está tranquilo / lanza su voz a los atormentados acantilados / todo su escándalo se viene / reclama / que por una, una solita, una sola  vez / Prestemos Atención    PRESTEMOS ATENCIÓN / a los sonidos que también    buscan    es‒      esperan / por el re-encuentro”. El poeta vería, conocería y comprendería la experiencia de lo real  con los ojos de ese lenguaje, el de los ojos superiores de la O, Omega, la O azul de Rimbaud, iluminado hasta “perderse hasta encontrar el lenguaje que a los otros / Ayude”, la palabra única e irrepetible en la que “desde La O azul ‒apunta Lozada‒  leemos belleza y dolor”.

 

Los versos finales de La O Azul, confirmarían que las contradicciones, conflictos y dudas presentes en las referencias materiales y culturales del paisaje andino venezolano, aún cuando, en parte, se quedan en la materialidad del lenguaje de Jairo Rojas Rojas, este alcanza, por momentos, crear desde dentro del mismo lenguaje, una voz para nombrar su mundo de agua, neblina y muerte, la voz única e incontestable de la poesía: “No habrá  que decir adiós entonces / y salir por la puerta de atrás con chaqueta, bufanda y lentes / a mirar frente a frente al camino / ¿de ida? / ¿de vuelta? / que suena  latidos que exaltan nuestros pasos / que mueven las montañas que hablan, Dios mío, que / [nombran”.