Monólogo de los degenerados
29 de julio 2012 - 13:14
Sinceramente, esto de que cada vez que haya un acto militar aparezca de pronto un alto oficial con una cuña escondidita bajo el brazo está resultando ya un poco triste. Pongámoslo así: cualquiera se sienta en el sofá, frente al televisor, con su bolsita de tostones en la mano, dispuesto a disfrutar un rato de sano entretenimiento, esperando pues que comience esa emoción del desfile, ese suspenso de uniformes, esa intriga de redoblantes, cuando de pronto...¡zuaz! El anticlímax: una propaganda. Peor: ese invento perverso de la sociedad de consumo que algunos llaman "publicidad redaccional".
Aparece entonces un general o un almirante tratando de decir que ese desfile transcurre gracias al gentil patrocinio del Gobierno nacional, que sin el apoyo indispensable de la iniciativa privada de Hugo Chávez Frías esta celebración patria no sería posible. Ya que el CNE no lo hace, tal vez Conatel podría asumir que esto sí es de su competencia. No se puede estar disfrazando la mercancía de esa forma, oculta detrás de las charreteras, camuflada en una boina, agazapada debajo de las condecoraciones. No queda bien.
No hay mucho honor en convertir el uniforme en un negocio. Aparte, además, está el evidente mensaje agresivo que esta actividad comercial conlleva. La Defensoría del Pueblo podría hacer una lectura crítica interesante. No tienen que buscar a un semiólogo que hable francés y decodifique conspiraciones en los crucigramas. No es necesario. El mensaje parece ser más básico y directo: cuidado, cuidadito con una vaina. No vayan a votar por el candidato equivocado. Así se distribuye el miedo. Así funciona la represión en el siglo XXI.
Esta semana, durante los actos de celebración del Día de la Armada, el comandante general Diego Molero, después de reiterar su fidelidad personal al Presidente, después de promocionar la lealtad absoluta de las tropas al proceso que lidera el excelentísimo comandante presidente, cuestionó a algunos grupos de oposición que emplean los medios de comunicación para "engañar al pueblo".
Luego, usando el mismo lenguaje que suele usar el partido oficial, propuso lo siguiente: "A esos apátridas los invito a regenerarse con la nación, a desistir de esas prácticas de valores". Perdóneme: es sensacional. Para no escribir la cita de nuevo, suba usted dos espacios más las pupilas y lea esas frases otra vez. Aquí lo espero. ¿No es realmente extraordinario? Re-ge-ne-rar. Sí. Usó ese verbo. Lo escribo en sílabas y todavía me cuesta creerlo. Es un clásico.
Casi todos los proyectos violentos y autoritarios de la historia han pensado y verbalizado, también, que el otro es una desviación, que aquel que piensa distinto está corrompido y necesita rehabilitarse. Con esta premisa se han creado guerras y cárceles, invasiones y manicomios. De esta manera, los ejércitos se han convertido en órdenes religiosas, en cuerpos confesionales, que deben someter, castigar o suprimir, a los perdidos, a los decadentes.
Es admonición peligrosa: o eres chavista o eres un depravado. Se trata de hacernos sentir como los raros, como si fuéramos la excepción, los enfermitos del mapa. Y esto también tiene que ver con el uso del Estado y de las instituciones como agencias de publicidad. En el contexto de una campaña electoral, todo esto produce aturdimiento, confusión. Parece diseñado para que el votante ni siquiera pueda pensar, para que no tenga la capacidad de elegir, para que el voto responda a un simple ejercicio de supervivencia frente al poder.
El Gobierno se presenta como un monstruo divino, armado y blindado, omnipresente, invencible. Por eso, tal vez, es saludable recordar siempre que, en las últimas elecciones que hubo en el país, la oposición sacó más votos que el oficialismo. También en ese momento, Hugo Chávez se echó encima toda la campaña. Y perdió.
Si nos atenemos estrictamente a las últimas estadísticas, los raros, los diferentes, los apátridas fuimos hace dos años mayoría en Venezuela. Es inevitable: la idea de la regeneración está asociada a la idea de la normalidad. Quizás esa definición sea lo más crucial y definitivo. Si lo normal es vivir en un país donde hay más gente armada que maestros; si lo normal es que el Gobierno trate de tapar un escándalo de toneladas de alimentos podridos; si lo normal es que el culto a la personalidad tenga más peso en la sociedad que el Poder Moral; si la normalidad consiste en construir un fastuoso y millonario mausoleo mientras los presos se cosen los labios para que los escuchen... entonces, ciertamente, almirante, no hay problema, cuente con eso: nosotros seguiremos siendo los degenerados.

