El Mocochinche
10 de agosto 2012 - 20:07
Con base en una noticia que se publicó el 2 de agosto, el Gobierno de Bolivia por medio de su ministro de Exteriores, David Choquehuanca, ha anunciado que a la Coca-Cola la expulsan del Altiplano y que la decisión "estará en sintonía con el fin del calendario maya, y será parte de los festejos para celebrar el final del capitalismo y el comienzo de la cultura de la vida".
La fecha esotérica que el Estado Pluricultural ha escogido es el 21 de diciembre, en que muchos intérpretes del porvenir temen que se producirá el fin del mundo. A mayor abundamiento, el de las relaciones foráneas ha puntualizado que se trata del "fin del egoísmo, de la división (...) El fin de la Coca-Cola, y el comienzo del Mocochinche (refresco de durazno). Los planetas se alinean después de 26.000 años (...) Es el fin del capitalismo y el comienzo del comunitarismo".
Más allá de su exégesis finisecular, no sé si el ministro habría recibido instrucciones directas de la Pachamama o consumido unas chichas adulteradas que lo hicieron dar unas de las declaraciones más risibles y tercermundistas en los anales de la raza cósmica.
Lo cierto es que el burócrata a los pocos días abjuró de ellas y señaló, como cabe esperar de la deshonestidad de los políticos irresponsables, que sus palabras las habían sacado de contexto. Un funcionario cuando está frente a la prensa o las multitudes no lo hace en primera persona sino representando al gobierno que le ha otorgado legitimidad.
Una de las primeras veces que escuché a Evo Morales, pedía con sinceridad que lo ayudaran, reconocía su inexperiencia y hasta una insobornable candidez se amonedaba entre sus frases. Pero el poder mal entendido acaba con todo.
Muy pronto este señor, cuya vida personal era un inventario de austeridad, se rindió ante las patrañas de la tiranía fidelista y sus insolentes imitadores, comenzó a confiscar compañías, a retar al capitalismo, a atacar al sector privado y a finalmente a convertir a su históricamente sufrido país en esa caricatura que muestra a un canciller ordenándoles a sus súbditos, lo que deben ingerir como si la bebida y la comida perteneciesen a la agenda ideológica.
En nuestro país también los gritones han pedido acabar con la Coca-Cola y la hamburguesa, recomendación que ni sus acólitos escuchan porque les encanta un Big Mac y si es en combo mejor.
Nunca habría aquí una medida tan alucinada, teniendo en cuenta que a nuestro señor ministro de Relaciones Exteriores lo señalan como un fanático del Dr Pepper, lo cual representa un esperanzador consuelo para los defensores de las gaseosas.
Las naciones que persiguen al sector privado fracasan. Los gobiernos que imponen el dogma del estatismo izquierdista se estrellan sin remedio. La América Latina está enferma de populismo.
Morales y sus secuaces se roban empresas y tocan la quena demagógica gracias a los financistas del ALBA. No hay progreso sin la empresa privada. En la medida en que haya más mercado y menos Estado, seremos mejores. No tenga la menor duda, señor Choquehuanca. En cuanto a la bebida de duraznos, lo que deseamos es que sepa competir como marca.
Un amigo español comentando la novedad me escribía: "Ten por seguro que mi católico gaznate no lo catará".
Me pregunto cómo será una Cuba Libre con Mocochinche. La reina Victoria de Inglaterra ante una ofensa a su ministro plenipotenciario exigió desaparecer de los mapas británicos a Bolivia.
El presidente Mariano Melgarejo hizo pasear en asno por las calles de La Paz al flemático diplomático y luego lo expulsó. Estas vías urbanas, por cierto, serían modernizadas gracias al presidente Pérez en su primer gobierno.
Afortunadamente la arrogancia imperial no consiguió sus retrecherías. Pero quienes están borrando a Bolivia del mapa de la modernidad no son el Mocochinche ni la Coca-Cola sino los rebuznos de su prehistórico desgobierno.

