• Caracas (Venezuela)

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Las misiones son atroces porque se fundamentan en una hipótesis falaz: el individuo que de ellas se beneficia es un minusválido social, un ser improductivo e incapaz de valerse por sí mismo y, por ello, requiere de las muletas asistencialistas de un gobierno paternal, al cual habría que repudiar por el hecho de asumir que Estado, nación y gobierno son una trinidad que puede ser encarnada en un ser único que, para colmo, se proclama corazón de la patria y piensa que puede disponer de la hacienda pública como le venga en gana, a partir de su sui géneris interpretación del concepto de redistribución de la riqueza.

Las misiones tienen un antecedente en el llamado Plan de Emergencia que instrumentó, en 1958, la Junta de Gobierno presidida por Wolfgang Larrazábal para subsidiar el desempleo y atenuar las manifestaciones de violencia de la creciente marginalidad que se acumulaba principalmente en Caracas y sus cercanías. Un plan que pudo ponerse en práctica gracias al reajuste de la renta petrolera que se elevó a 60% de los beneficios de las compañías que operaban en el país. Hay un notable paralelismo entre esas dos expresiones del más puro populismo encachuchado. Sin embargo, el Plan de Emergencia tuvo que vérselas con Rómulo Betancourt, quien, al asumir la Presidencia en 1959 acabó con lo que consideraba, además de una onerosa carga para las arcas del incipiente Estado democrático, una inmensa sinvergüenzura.

Las misiones no dignifican a sus beneficiarios. Al contrario, los degradan y envilecen porque son esencialmente una vindicación de la mendicidad y un humillante mecanismo de extorsión a través del cual se garantiza un vasallaje que sólo puede mantenerse a punta de dinero y que está en contradicción con las ideas que se gestan en ese proceso que transcurre al margen de la ley y han dado en bautizar de constituyente, a partir de las cuales se ambiciona reemplazar el Estado federal descentralizado por un Estado comunal bajo la férula del aspirante a salvador del planeta.

Las comunas, la última Coca-Cola del desierto rojo e ideológico del socialismo del siglo XXI, también son abominables por sus funestos antecedentes, el más ominoso de los cuales es la experiencia camboyana. Y lo que nos parece irreal es la posibilidad de incorporar a misioneros acostumbrados a la manguangua del subsidio a una unidad productiva que les exigirá diligencia y esfuerzo y que, además, moldea el comportamiento del sujeto en función de una utopía que exige fe ciega en un porvenir de felicidad al que nunca se habrá de llegar, entre otras razones, porque lo que garantiza la permanencia en el poder a los promotores de ese edén comunal es precisamente el que los misioneros y comuneros mantengan su condición de sumisos y dependientes. Dicho de otra forma, a Chávez y sus apóstoles no les interesa acabar con la pobreza porque sus designios se alimentan de ella. Si no hay pobres no hay chavismo, así de simple, pues la superación de la pobreza postula también la ruptura con atavismos culturales y una elevación de los niveles de educación e información de las personas. Y, para la revolución, un ser pensante es demasiado peligroso.

Giordani ha sugerido que regalado se murió. No para impresentables amigos del exterior, sino para quienes hasta ahora han chupado de la revolución a cambio del voto que ha atornillado a Chávez en Miraflores hasta quién sabe cuándo, y habría que preguntarse hasta dónde podrá éste contar con un contingente humano que, una vez integrado en comunas, tendrá que ejercer algún oficio y renunciar a la beneficencia pública. Y es que no será fácil el tránsito de misionero a comunero, sobre todo en un país monoproductor, exportador de materia prima e importador de todo, hasta del modo de hablar de los cubanos quienes, de paso, nunca se organizaron en comunas.