• Caracas (Venezuela)

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Diego Arroyo Gil

Misifú

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Todavía no me lo explico y yo sé que él tampoco. ¿Cómo llegó ese hombre ahí? ¿Esto es en serio o se trata de una broma de mal gusto? Hay que ver que en el trópico se producen fenómenos bastantes raros. Mide casi dos metros y uno diría, con verlo apenas, aun sin oírlo, que es un pequeño ser, una criatura en quien se nota que la naturaleza se equivocó. Ensayo y error, y la cigüeña tuvo la deferencia de venir a dejarnos en la puerta a la personita impresentable, con lazo y todo.

El otro día estaba viendo en la tele un programa sobre Berlusconi. “Es un bicho –se me salió–, pero al menos el tipo se viste”. A este, ni que lo pongan en manos de una junta estética. Va de Zegna o de Cavalli y se sigue pareciendo a Bob el Constructor. ¿Cómo lo logra? Por eso digo que a lo mejor es un chiste, que un día, sin que nos diéramos mucha cuenta, en medio de una rasca nos metimos en un teatro de mala muerte y un payaso atroz comenzó a representar para nosotros un monólogo de lo peor. Ahora que nos despertamos, dada la resaca y la oscuridad que nos rodea, hemos venido a creer que el espectáculo es la realidad. ¿Será?

De cualquier modo, verdad o mentira, lo cierto es que el susodicho siempre está actuando y se le da fatal, como dicen en España. Hasta cuando grita, hasta cuando según se pone bravo es demasiado evidente que lo que quiere es darse ánimos. Pobre. Es de esos de los que de pronto uno dice, como significando que es un caso perdido: “Qué lástima, es que él no se halla”.

Una tarde una amiga mía vino a visitarme y lo conoció. Lo conoció, estoy exagerando: se lo cruzó nomás. Nosotros bajábamos las escaleras y él venía subiendo. Ella volteó a verme, como asombrada, con los ojos aterrados como los de algunos niños que aparecen en ciertos cuadros de Goya.

—¿Qué pasó? –le pregunté, mientras hacíamos un alto en el rellano.

—Ay, Diego –se lamentó en voz bajita, para evitar que el vecino nos escuchara–, el hombre que acaba de pasarnos por al lado es como un escaparate con una cabecita encima.

Yo me reí.

—Tal cual, Michaelle. Que te lo digo yo que asisto a todas las reuniones del edificio y he visto los trapitos sucios que cuelgan dentro de ese fulano. Es el presidente de la junta de condominio, ¿te acuerdas? Aquel sujeto del que te hablé.

Ella hizo un asco y se sacudió el cuerpo, como para espantarse la impresión.

Salimos a la calle en busca de un poco de aire.