• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Eduardo Mayobre

Misa en Copacabana

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Desde que perdió su unidad, en el siglo XVI, el cristianismo ha ido en retirada, por no decir que entró en decadencia. La división entre católicos y protestantes, que es casi como decir entre anglosajones y latinos, fue en parte provocada por el exceso de poder de la Iglesia católica (Ver La
Marcha de la Tontería de Barbara Tuchman); en parte por la necesidad de repensar el mundo que provocó el todavía reciente descubrimiento
de América; y en parte por los aires de renovación intelectual y científica que tuvieron su germen en el Renacimiento.

Los enfrentamientos entre ambas parcialidades fueron encarnizados y, como acostumbra a pasar, cada una de ellas defendió o desarrolló sus doctrinas, dogmas y cultos, a pesar de que creían en un mismo Dios y un mismo redentor. Como resultado de la polémica la fe fue perdiendo su contenido y desembocó en el culto a la razón, a la Diosa Razón, que no abjuraba de la existencia del Ser Supremo pero lo declaraba incognoscible.

Esta manera de ver la relación entre el mundo, la verdad y la divinidad se articuló con diversas y brillantes formulaciones en los siglos XVII y XVIII bajo el
nombre de La Ilustración y tuvo su apogeo en la Revolución Francesa y en el siglo XIX con el advenimiento del liberalismo, por una parte, y de las monarquías constitucionales, por la otra.

Con el tiempo, la separación de la Iglesia y el Estado llegó a ser en Occidente un hecho y un principio que sólo dictadores lunáticos como Francisco Franco, en España, se atrevieron a desafiar. Dios estaba ahí, existía, pero como se había dicho siglos antes había dejado de ser importante para la vida pública.

En palabras de uno de los discípulos romanos del filósofo griego: “restituidos a la libertad por Epicuro no tememos a los dioses porque sabemos que están exentos de toda molestia y no se la procuran a nadie; ni dejamos de venerar su naturaleza noble y excelentísima”.

De manera que Dios y la religión se volvieron un asunto exclusivamente privado, que en el mejor de los casos se adora en el día de recreo, los domingos, en la misa o en lo que los estadounidenses, más organizados, llaman sunday school.

La misa de Copacabana de Francisco, el primer papa latinoamericano, a la cual asistieron más de 3 millones de personas provenientes de las más diversas latitudes, es una muestra de que las religiones están volviendo por sus fueros.

La persistencia de la iglesia católica en defender los valores morales empieza a darle resultados frente a la pobreza ética de los campeones de la modernidad y la comodidad de los agnósticos. El primer papa jesuita le ha sacado provecho a las tribulaciones de la globalización y el capitalismo.

Ha entendido las limitaciones implícitas en el avance de la tecnología y ha reivindicado la necesidad de espiritualidad que tales limitaciones
han despertado en las grandes masas populares. Necesidad que no se remedia con subsidios.

Yo no soy religioso. Quizás sea lo que uno de mis maestros llamaba “católicos de agua dulce”, para referirse a la mayoría de los venezolanos que han sido bautizados y por comodidad dicen creer para no ofender a sus ancestros.

Pero para quienes la religión en el mejor de los casos es un adorno. Sin embargo me doy cuenta de que las iglesias están llenando un vacío que ha creado el fetichismo de la mercancía y el mercado. Vacío que también intentan llenar los adalides del militarismo mediante la promoción de una sumisión que no es a la divinidad sino a ellos mismos: los caudillos por la gracia de Dios.

Los Francisco Franco que el destino nos ha deparado en frascos más voluminosos. Por otra parte, las tradiciones y los dogmatismos de la iglesia católica
le han dificultado llenar ese vacío, con lo cual le ha facilitado la tarea de hacerlo a los evangelismos anglosajones y los exotismos orientales. Los últimos papas han estado conscientes del problema y han tratado de renovar la iglesia fundada por san Pedro, cada uno de acuerdo con su estilo personal.

El énfasis del papa Francisco durante su visita a Brasil sobre la solidaridad y la lucha contra la pobreza muestra que tal renovación comienza a fructificar. Llama especialmente la atención su interés por el diálogo y la acción conjunta entre las iglesias (tanto las cristianas como las que no lo son) y la exhortación a los jóvenes a perder el miedo (como decía Juan Pablo II) y defender y difundir los valores del evangelio.

Tenemos mucho que aprender deese mensaje.