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Mirla Alcibíades

Manuel E. Urosa

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Manuel E. Urosa era doctor en ciencias eclesiásticas. En 1888 ejercía magisterio sacerdotal en Puerto Cabello. Desde esa población envió un escrito para ser publicado en el diario más importante de Carabobo. Me refiero a La Voz Pública, de Valencia. No solo en su estado de origen sino en todo el país este periódico había alcanzado alta cumbre.

No cabe duda de que la preocupación instigaba las ganas de generar opinión en el autor de aquel escrito. Tenía razón. La situación política era inquietante. Las constantes amenazas que sembraban intranquilidad en el país no sabían de sosiego. Joaquín Crespo era reconocido como jerarca del movimiento desestabilizador. Todos los días se hablaba de invasiones, de golpe de Estado, de revolución.

Por otro lado, Antonio Guzmán Blanco no quería darse cuenta de que sus años como gobernante habían terminado. Desde París, continuaba girando órdenes y tomando decisiones fundamentales para la vida de Venezuela.

Imagino que en esa atmósfera de incertidumbre M. E. Urosa (como firmó su escrito) decidió exponer lo que pensaba: plantear lo que necesitaba el país. Para ello, no tomó el camino de la filípica. Tampoco escogió el de las lamentaciones. Eligió la alternativa más difícil: decir lo que cada ciudadano debe hacer en tiempos de crisis.

En realidad, quería expresar tanto que la formalidad del lenguaje escrito le trababa la fluidez del pensamiento. En esa disyuntiva, optó por forzar la convención lingüística. Para ello, renunció al uso convencional de los signos de puntuación al favorecer una manera de puntear que, hasta donde conozco, solo Simón Rodríguez había privilegiado (claro que con mayor osadía) varias décadas atrás.

La densidad de aquel pensamiento y la (poco frecuente) resolución formal, es lo que se verá de seguidas. La reflexión la tituló “Trabajemos”:

“La Patria lo demanda.

La época no es de cosechar, principalmente.

Sino de sembrar buena simiente, para la prosperidad del porvenir.

El presente convida a la labor común:

No haya brazos ociosos,

Ni espíritus pusilánimes,

Ni corazones insensibles,

Ni almas indiferentes a la felicidad de la República.

Es llegada la época de enmendar nuestros pasados extravíos.

De corregir nuestras intemperancias,

Para que no haya más venganzas, ni odios, ni recrudecimientos.

Son, los presentes, días de conservación, de reintegración y de concordia:

Cuando el talento, la ilustración, la virtud, el heroísmo y el genio, deben dar sus sazonados frutos;

Cuando el trabajo y la perseverancia no deben desmayar.

Para que el presente engrandezca la obra de nuestros padres.

Y para que nuestros hijos puedan enorgullecerse de nosotros, bendecir nuestra labor y glorificar nuestros esfuerzos.

Tuvo errores el pasado;

Pero, ¿quién de nosotros podrá arrojar la primera piedra?

Tendrá sus errores el presente;

Mas, debemos proceder, de tal manera, que la suma de nuestras buenas obras puedan descontar nuestra imperfecciones, con un exceso favorable en honor de nuestro patriotismo.

Sacar partido, ¡no!

Trabajar para nosotros, ¡sí!

Que la virtud privada salga a la luz:

Que la nobleza de alma brille como un sol:

Que la Patria sea como un hogar querido, santificado por el amor y por la justicia.

No haya impaciencias,

Ni pasiones mezquinas,

Ni desmedidas ambiciones.

Estimulemos al talento:

Rindamos culto a la virtud preclara;

Y busquemos la libertad, en la obediencia a las autoridades legítimas y en el respeto a las leyes.

¡Lo grande, arriba!

¡Lo mediano, en medio!

¡Lo bajo, al fin!

De otro modo, no hay equidad, falta justicia;

Y la falta de justicia produce el desorden,

Como la falta de autoridad alimenta el despotismo.

Comprendamos bien esta ley moral: Ser santo es la excepción; ser justo es la regla.

Justicia, sí, mucha justicia;

Porque la justicia inspira el respeto de abajo para arriba, tanto como mueve la clemencia de arriba para abajo;

Porque la justicia fortalece el corazón de los que mandan, y a los gobernados los inclina a plácida obediencia.

Familia, tribu, pueblo, estado, nación, nada puede subsistir con firmeza, ni vivir sin desasosiegos y trastornos, faltando la justicia;

Porque la justicia es el equilibrio de la vida en sociedad.

Seamos indulgentes, sin indolencia,

Pacientes, sin cobardía,

Pacíficos, sin menoscabo de la propia dignidad:

Amémonos como hermanos,

Como legítimos herederos de unas mismas glorias.

Y como preparadores obligados de un porvenir común;

Que el amor engendra la concordia y santifica la vida humana, como sostiene y alimenta la naturaleza entera.

Trabajemos;

Que es el trabajo fuente infinita de salud

¡Y la ley de Dios!”.

alcibiadesmirla@hotmail.com