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Ignacio Ávalos

Mirar atrás, para moverse hacia delante

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I. Se afirma, casi en plan de perogrullada, que la ciencia y la tecnología son fuerzas determinantes en el perfil que caracteriza al mundo contemporáneo. Son éstos, así pues, los tiempos de la sociedad del conocimiento y de su contracara, la sociedad del riesgo.

La semana pasada tuve el privilegio de participar en una reunión en la que se tanteó el significado de estos nuevos tiempos. Fue un encuentro promovido por el International Development Research Centre, organización canadiense y el Foro Nacional, organización de Perú, país anfitrión. Lejos del ruido venezolano, el del eterno y casi siempre estéril forcejeo político, hice parte de una reflexión colectiva sobre las políticas científicas y tecnológicas adoptadas hace cuatro décadas, observadas a la luz de los grandes cambios que asoman hoy en día en el escenario mundial. “Mirar atrás para moverse hacia adelante” fue el nombre del evento, en el cual se dieron cita representantes de Asia, África y América Latina.

II. Es ésta, sin duda, una época muy embrollada, trazada a partir de cambios rápidos, profundos y hasta dramáticos, que vienen afectando los esquemas básicos que rigieron la vida humana durante el último tramo de la historia. Cambios, en fin, cuyo sentido es urgente descifrar, tanto en sus razones, como en sus efectos, unas y otros estrechamente vinculados al desarrollo tecnocientífico y, por tanto, a las políticas que le dan su orientación. Desde el punto de vista de los países en desarrollo, la tarea de diseñarlas toma, pues, otro giro.

Otro giro, digo, porque la política científica y tecnológica es cada vez más política, se aleja del cómodo rincón de la neutralidad y se constituye en medio de conflictos de poder asociados a puntos de vista diversos sobre el desarrollo. Porque su ámbito de referencia se ha alterado con los procesos de globalización y el consiguiente replanteamiento de las funciones del Estado, redibujándose el espacio nacional, a la par que surgen otras zonas de actuación (mundial, regional, local). Porque el concepto de soberanía tecnológica asume, entonces, otro valor, al igual que las políticas nacionales. Porque cobra forma un paradigma tecnológico que en la práctica se expresa en la convergencia de muy disímiles y sofisticados conocimientos y tecnologías de consecuencias revolucionarias en todos los planos de la vida social e individual.

III. Toma otro giro porque, dentro del marco de un pluralismo institucional nacional e internacional, la interdisciplinariedad gobierna la creación de conocimientos. Porque han surgido más actores encargados de la tarea de crearlos y difundirlos, siendo la empresa transnacional el más importante de ellos, mientras que las universidades han perdido su “monopolio epistemológico” y en no pocos países han entrado en la órbita del “capitalismo académico”. Porque el desarrollo tecnocientífico tiene lugar, más que nunca antes, en clave privada, limitando ostensiblemente el alcance de objetivos públicos como la inclusión social o a la sustentabilidad ambiental y desdeñando, de paso, los nuevos imperativos éticos. Porque hay que abrirle caminos a la participación ciudadana, requisito sin el cual hoy es difícil hablar de democracia.

Toma otro giro, en fin, porque las grandes transformaciones encuentran a los países mal equipados desde el punto de vista institucional (valores, organizaciones, normas), esto es, en posición deficitaria para formular políticas de ciencia y tecnología a la altura de las demandas planteadas.

IV. Cierto que el futuro no es como antes, pero ello no equivale al fin de la historia, según lo predicaba Fukuyama. La tarea pendiente es, entonces, inventar otro futuro. Y tal como están esbozadas las cosas, ello depende, no sólo, pero si en buena medida, de cómo orientar y organizar la ciencia y la tecnología en torno a aspiraciones dirigidas a humanizar la vida, en un entorno cada vez más global.

Harina de otro costal

Se tiene noticia de que en algunas ciudades del país ciertas bandas asaltan, tijera en mano, a mujeres jóvenes para robarles el cabello y venderlo luego a negocios encargados de manufacturar pelucas. Estas cosas que ocurren, me parece, cuando un gobierno se ocupa demasiado de hacer la revolución. Queda sin tiempo para ocuparse de pendejadas.