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Luis González del Castillo

¡Miranda! (I)

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Fallece encarcelado por la incomprensión de sus propios compatriotas, un 14 de julio de 1816 en el fortín de La Carraca, puerto de Cádiz. Región de Andalucía, España, hace solo dos siglos. Con su pensamiento y acción, ideó, promovió, y encauzó definitivamente, el inicio cierto de la emancipación hispanoamericana: Sebastián Francisco de Miranda y Rodríguez.

Después de haber conquistado, ya en su tiempo, elevado sitial como actor relevante en procesos de luchas y de cambios, y habiendo batallado tanto en América del Norte como en Europa, Miranda nunca abandonaría su principal sueño: el de una Hispanoamérica libre. Colombeia, una nueva nación dentro del concierto de grandes naciones del mundo. Miranda, naturalmente, se inició como oficial en las filas de los ejércitos del Reino de España, al que pertenecía como colonia su amada Venezuela. Desde entonces asimila progresivamente la conciencia independentista, de la libertad, y de la defensa de los derechos del hombre, al confrontar por vía directa, bajo el fuego de su propia experiencia, la injusticia, la discriminación y la dominación, que se ejercían desde el poder despótico imperial de entonces. Su insaciable sed de conocimiento lo llevó a leer y atesorar centenares de libros en su biblioteca privada. Pero su estudio permanente, como hemos dicho, hace parte de una vida agitada por la vorágine de su constante accionar libertario.

 Con grados militares bien ganados, y otorgados por verdaderos méritos internacionales, tales como el de Comandante, en Pensacola, de los ejércitos del reino de España; Coronel de los ejércitos de Rusia, General de los ejércitos de Francia; y con atenciones directas de jefes de Estado, monarcas y revolucionarios, Miranda bebió de las aguas del triunfo, de la persecución, y del fracaso. A pesar de haber encontrado la tranquilidad en el remanso de su hogar en Inglaterra, al lado de su compañera Sara Andrews e hijos, el hombre maduro que era Francisco de Miranda a sus sesenta años (nacido el 28 marzo de 1750), y a propósito de los acontecimientos del 19 de abril de 1810 en Caracas; bajo expresa solicitud, viva presencia de sus peticionarios, Bolívar quizás el más entusiasta entre ellos, decide su regreso y participación en la nueva oportunidad de liberación hispanoamericana. Sacrificando así muy merecidos años de vida hogareña, pudiendo terminar sus años en paz y en reflexión, regresa sin embargo a Caracas, entregándose por entero nuevamente a la lucha por la libertad. Toda su experiencia y valor la aporta incondicionalmente a la causa. Su exigencia única es la militar: disciplina, obediencia y responsabilidad, ante su comando. Su prestigio, conocimiento sobre la situación de Europa, España, y Francia en particular, hace preocupar al enemigo. Sabe de Napoleón y su temporal control de España mediante el envío de su hermano José Bonaparte como regente, conocido despreciativamente como Pepe botella. Sabe muy bien además de las potencias dominantes, de sus pugnas internas y externas, y de sus apetencias hacia las tierras hispanoamericanas. Entabla relación con, y sabe diferenciar desde hace rato, distintos tipos de personas, y sus motivaciones. Por ejemplo: “a los jesuitas primero en Bologna y luego en Roma, en 1786. En esta última ciudad obtiene una lista, que obra en su archivo, de los expulsados de origen mexicano.” (Miranda, más liberal que libertador. Reyes Matheus, Xabier. Libros El Nacional. Colección Huellas, Caracas, 2014, pág. 57). Entre estos estaba un peruano que apoyó la rebelión de Túpac Amaru II, en 1780. Dicha rebelión, como se sabe, fracasó en tal momento, pero fue poderosa fuente de inspiración mirandina, gracias a la célebre “Carta a los españoles americanos” de ese jesuita peruano: Juan Pablo Viscardo y Guzmán, cuyo seudónimo era “Rossi”. Miranda recuperó su contenido a la muerte de Viscardo, y la hizo publicar y traducir (desde su primera vez en Londres en 1799), haciéndola circular como suerte de propaganda subversiva a favor de la liberación de las colonias de Hispanoamérica (Op., cit.).

La próxima semana, jueves 14 de julio de 2016, se cumplirán doscientos años cuando cesó el latir del corazón físico de este hombre universal. “Su padre, que pertenecía a una familia de origen vasco, establecida en las islas Canarias, emigró a Venezuela, donde se enriqueció en el comercio y donde se casó en el año 1749” con Francisca Rodríguez de Espinosa (Parra Pérez, C. Miranda y la revolución francesa, Ediciones culturales del Banco del Caribe, 2da.1988. Caracas. Pág.27). Como familia sufrieron desprecio de ciertos “nobles criollos” que censuraban la prerrogativa obtenida por el padre de Sebastián Francisco de Miranda de vestir el uniforme del batallón de milicias de Caracas. Incidente éste que, sin dudas, influiría en su concepción futura de la sociedad caraqueña.

Espero poder contarles, en el próximo artículo, a decir de mi difunto tío Alfonso, al igual que de mi padre Néstor González del Castillo Heinemann, que su bisabuela Francisca Miranda Santaella, quien contrajo matrimonio con el ciudadano alemán Guillermo Heinemann, de profesión litógrafo, se reconocía a sí misma como descendiente directa del gran prócer venezolano.