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Luis González del Castillo

¡Miranda! (II)

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“De nada vale saber que es una línea recta si no se sabe lo que es rectitud”.

Séneca.

 

 

Miranda fue un estudioso de enseñanzas de Atenas y de Roma: “Sobre la clemencia”, uno de los nueve diálogos escritos por Séneca a propósito del asesinato por parte de Nerón de Claudio Tiberio, hacia el año 55 d.C., seguramente ocupó espacio en su biblioteca. Ella sería lectura recomendada a este régimen que se ha convertido en tortura permanente al pueblo venezolano. “Miranda va temprano más allá del mundo criollo y del hispánico. E igualmente, en una hora que asombra por lo adelantada, nace en él la idea de América como entidad, el concepto de Continente Colombiano como unidad; y nace asociado a la idea de la libertad” (M. Castillo Didier, “Miranda y Grecia”, Cuadernos Lagoven, Caracas, 1986, pág.44)

 Apenas ayer, en 1704, podríamos decir históricamente hablando, abandonaron las Islas Canarias miles de familias a consecuencia de la erupción del volcán El Teide. Pasados pocos años de éste, hacia 1718, se evidenciaron los destrozos a la economía y vida en general de aquellos territorios, específicamente en la ciudad de Orotava. Estos hechos de la naturaleza trajeron al padre de Miranda a probar suerte en tierras venezolanas (Polanco Alcántara T., Francisco de Miranda ¿Don Juan o Don Quijote?, colección Apuntes culturales. Fundación Fondo Editorial Simón Rodríguez, Caracas, pág. 11). Hoy, nuevamente otro huracán, pero esta vez caracterizado por una naturaleza diferente, de perversión criminal, de irresponsabilidad y traición, erupciona en Venezuela, causando también destrozos en su economía y en su vida toda. Un “Huracán del Caribe” (parafraseando el libro de Américo Martín) que expulsa a miles de familias venezolanas hacia otras tierras, como otrora lo hiciera con miles de familias, y aún lo hace, la dictadura castrista desde comienzos de los años sesenta y hasta nuestros días, en otra bella isla: la de Cuba.

Del matrimonio de Don Sebastián y Doña Francisca nacieron vivos 10 hijos en total: “Sebastián Francisco nacido en 1750, Ana Antonia en 1751, Rosa Agustina en 1752, Micaela Antonia en 1753, Miguel Francisco, nacido y muerto en 1754; Javier en 1755, Francisco Antonio en 1756 y posiblemente muerto en 1758, Ignacio José nacido muerto en 1757, Josefa María nacida en 1760 y muerta en edad infantil no precisada y Josefa Antonia nacida y muerta en 1764.” (Op., cit. Pág. 14).

“En 1750, la Capitanía General de Venezuela se extendía a lo largo de la costa septentrional de la América del Sur, desde el río Esequibo hasta el Golfo de Maracaibo. Esta región lindaba por el oeste y por el sur con el Virreinato de la Nueva Granada, y con la Guayanas holandesa y portuguesa”. (Spence Robertson W. 1982, La vida de Miranda. Publicaciones del Banco Industrial de Venezuela. Caracas. Pág. 7).

La época colonial que vivió la familia Miranda en la Capitanía General de Venezuela establecía una diferenciación social muy arraigada. Eran las clases sociales de los llamados blancos criollos, de linaje español pero nacidos en América, y los peninsulares nacidos en España. Solo los españoles peninsulares gozaban del monopolio de los cargos públicos importantes. Hoy curiosamente una clase de autodenominados “bolivarianos” se erigen en poseedores del derecho a decidir quién y hasta cuándo nos gobierna un “escogido” por un “supuesto comandante eterno”. Tal contradicción es la prueba de fuego a este pueblo bravío frente al régimen dictatorial que está usurpando nuestra soberanía libertaria.

Ya en tiempos de la revolución libertadora, e investido de plenos poderes por los patriotas para manejar la situación calamitosa en que había entrado la Primera República, Miranda hubo de capitular, contando con la honorabilidad del general español Monteverde para cumplir los términos de San Mateo, y para evitar así una guerra civil en Venezuela. Sus subalternos, blancos criollos en su mayoría, no entendieron tal determinación mirandina, incluido Bolívar, sino años más tarde cuando en 1826 le llamó “el más ilustre Colombiano”.

La deshonra, aún irreparada por el reino de España, debida a la cobarde y traicionera actuación de su General Monteverde, al no respetar los términos de la capitulación, llevaron a Miranda, al que siempre podremos con justicia histórica llamar comandante eterno de la libertad, a morir encarcelado cuatro años más tarde, el 14 de julio de 1816, a la una y cinco minutos de la madrugada.

Desde Pensacola, en Estados Unidos, hasta el arco de triunfo de Paris, a este hombre universal sometido al encierro ignominioso, al que hicieron morir llenándolo de maltratos y vejaciones, solo le lograron dar más inmortalidad y más gloria. Su alma libre renace cada día en el recuerdo de todos los venezolanos dignos. También en el de los historiadores universales, fieles a la escritura histórica hacia los hombres de cualquier nacionalidad o condición, pero que defensores de los derechos democráticos, de la justicia y de la libertad, se hacen acreedores a tal tratamiento de la posteridad. Esta época, que nos ha tocado vivir juntos, siendo todos descendientes herederos de la gloria de las luchas por la libertad y por la justicia, de aquellos aborígenes, negros, blancos criollos, españoles o canarios, pardos, mestizos, mujeres y hombres del nuevo mundo, como lo decía la bisabuela de mi padre Panchita Miranda, sobrina del prócer: “Somos mirandinos. Honor y consecuencia con los valores de la igualdad de derechos y con los deberes hacia nuestra patria sagrada”. ¡Por ello, defendamos la libertad y la justicia para honrar nuestro gentilicio! ¡Por ello, exijamos la inmediata realización de la consulta refrendaria al pueblo! De lo contrario, es necesaria entonces la renuncia del presidente actual para estructurar un gobierno de unidad y salvación nacional. Así debe ser en consecuencia con nuestra historia y nuestro presente, y con el derecho que todos tenemos de vivir en nuestro territorio, en paz, sanamente, hasta llegado el momento de morir con dignidad. ¡Hoy en todos nosotros corre sangre de libertadores, y por tanto hoy todos somos Miranda!