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Orlando Luis Pardo Lazo

El Minint cubano: mentira, muerte, maldad

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Miles y miles de cubanos trabajan hoy, día y noche, a tope de sus capacidades profesionales para que la dictadura venezolana no caiga. Ese es ahora el Plan Patria de prioridad “A-1”, dentro y fuera de nuestra islita dictatorial. Sin Venezuela, no hay futuro para el fidelismo (como aún lo llaman sus fieles) ni para el castrismo (como ya apenas le dicen sus detractores).

Se calcula que el Ministerio del Interior cubano cuenta con un número aterrador de agentes, colaboradores, informantes y cargos militares. Hay analistas –y también desertores– que le han colocado hasta seis ceros a la cifra final de asalariados o voluntarios del omnipotente Minint. Los “millones y millonas” de Nicolás Maduro cobran aquí un cariz criminal.

En efecto, desde hace décadas Cuba dejó de ser un país para comportarse estadísticamente como un campamento militar, como un bastión totalitario y unipersonal. Esa es la esencia del socialismo real, más allá de teorías equitativas y programas sociales obligatoriamente gratuitos. Esa es la esencia de la que no saben o les conviene desmarcarse a los partidos comunistas latinoamericanos.

En principio, por supuesto, todo el pueblo está invitado al alud revolucionario que enseguida desquicia la lógica civil de nuestras sociedades. Pero, ay de aquellos que no se entusiasmen o no finjan entusiasmarse con el “proceso”: más temprano que tarde tendrán que elegir democratiquísimamente entre callarse o irse o terminar presos o muertos. La Habana o Managua o Santiago de Chile o Caracas: se repiten los escenarios y la obscenidad.

El Minint es la revolución en sí. Cuba bien podría llamarse República Minintariana de Cuba. Para no extinguirse con el fallecimiento de los octogenarios hermanos Castro, la ola expansiva de los mil y un minints necesita imponerse cuanto antes sobre las repúblicas hermanas del continente, siendo Venezuela la víctima que más dramáticamente se ha resistido a nuestra injerencia: una invasión que pasó de ser silenciosa para ser asesina, pero que, asesina y todo, todavía sigue siendo condonada cómplicemente por la indolencia internacional.

Para los intereses geopolíticos –geófagos– de Cuba, se impone fraguar un bloque supranacional que sea tan monolítico como cada uno de los partidos comunistas. Les urge una alianza cuyo eje táctico y hasta sintáctico salga precisamente del obelisco de mármol de la Plaza de la Revolución. De ahí que el carisma megalomaníaco de Hugo Chávez molestara tanto a los jerarcas cubanos; de ahí la pertinencia de un petimetre proletario con banda presidencial. Es cuestión de vida o muerte, infame instinto de conservación (porque no debiera tener derecho a la vida quien hace invivible la vida de los demás).

Por eso el Ministerio del Interior cubano mata y manda a matar impunemente en Venezuela, como mató y mandó a matar impunemente en Cuba y en Chile y en Nicaragua, por poner solo de ejemplo los regímenes títeres de la región que llegaron al poder desde la guerrilla o las urnas.

Sin embargo, todo esto viaja empaquetado en una retórica que brilla en la imaginación ingenua y los T-shirts tontos de las nuevas generaciones. Todos odiamos al capitalismo desde el capitalismo. Todos queremos ser justicieramente subversivos y rebeldes con causa. Como reza el eslogan que repetimos en todas las escuelas de la isla desde que tenemos 5 años de edad: “Pioneros por el comunismo: ¡seremos como el Che!”. (Castro Hood en el bosque bárbaro de sus hombres felices).

Lo peor es que esta violencia es irreversible. No se sale del castrismo por la vía pacífica. El castrismo se encarga de que en la práctica no haya salida pacífica posible. O potable. Tienen las armas cargadas de muerte y tienen la narrativa con que ellos se disfrazan de ser las víctimas de una agresión imperial. No hay oposición legítima al castrismo continental. No hay diálogo decente con el castrismo continental. Llegaron al poder mediante una violencia de boletas o balas. Y del poder se irán únicamente por una violencia mayor.

En este sentido, han sido la única dictadura sincera de la historia: “¡Socialismo o muerte!”, como en la despedida morbosa de los discursos oficiales cubanos. Al decir del líder fundador del Movimiento Cristiano Liberación, el mártir Oswaldo Payá Sardiñas: ese eslogan deja claro que quien busque en Cuba la liberación, encontrará la muerte (tal como se la impusieron a él en una carretera cubana el 22 de julio de 2012, en una ejecución extrajudicial que cuenta con un testigo sobreviviente en España, el joven político Ángel Carromero).

Venezolanos: un ejército de cubanos trabajan hoy día y noche, probablemente amenazados de muerte por la contrainteligencia del propio régimen –como amenazada de muerte puede estar la élite bolivariana– para que la dictadura venezolana no caiga. Es Minint contra Minint. Es una guerra de muerte por la vida. Venezuela debe saberlo en su heroica lucha a ras de calle, si es que no desea que aborte esta nueva independencia como país, para por fin dejar de ser un campamento militar (y lo digo avergonzado de ser cubano).

Venezolanos: el Minint no está autorizado a acatar la derrota; hay que imponérsela incluso al precio de la inmolación (y lo digo avergonzado de ser cubano).