• Caracas (Venezuela)

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Raúl Fuentes

Milagros

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“La primera noticia que tuvimos de Simón el Mago la debemos a una película de 1954, dirigida por Victor Saville y protagonizada por Virginia Mayo, Pier Angeli, Jack Palance y Paul Newman”. Así comenzaba un artículo (no publicado) en el que incurrí hace un par de años y en días santos como estos que se nos vienen encima para referirme a la posibilidad de incluir en la programación del Festival Internacional de Teatro de Caracas, evento que solía coincidir con la Semana Mayor, un monólogo a cargo de quien entonces era el histrión más influyente del país, el paracaidista cardiopatriotero. El Cáliz de Plata es el nombre de esa deplorable cinta, un péplum con decorados propios de una aventura de ciencia ficción y no de un culebrón bíblico. Y, a pesar de que se trataba de su debut en la gran pantalla, el futuro Butch Cassidy se sintió tan avergonzado de participar en semejante bodrio que, con motivo de su emisión por televisión, y sin importarle que esa actuación le hubiese valido ser calificado por la crítica de “auténtica revelación”, renegó públicamente de ella.

En el film, que nos cuenta de un padre que vende a su hijo (Paul Newman) a fin de que desarrolle sus dotes artísticas, lo cual  le permitirá esculpir la sagrada copa utilizada por el Mesías para santificar la que sería su Última Cena, aparece  un personaje, escasamente mostrado por Hollywood, interpretado por Jack Palance, e identificado en los Hechos de los Apóstoles como Simón de Gitta, Simón el Hechicero o Simón el Mago que fue, sin duda, el más serio de los rivales contemporáneos del unigénito de Dios. Sus habilidades, y el dominio de artes no tan arcanas como postula alguna leyenda (trucos, máquinas y prestidigitación, tal vez, pero también verbo, presencia, carisma), le permitieron maravillar a las almas simples, al igual que lo hacía el del Nazaret. Si este resucitaba un muerto, aquel hacía caminar las estatuas. En Samaria intentó sobornar a los apóstoles Pedro y Juan para que estos le concedieran la facultad de transmitir la gracia del Espíritu Santo (de allí la palabra simonía). En Roma, se propuso volar, o hacer creer que volaba, para lo cual diseñó un artilugio que hizo instalar en lo alto de una torre erigida a tal efecto. Cuando llegó el momento de elevarse por los aires, dejó de lado las argucias y creyéndose Dios, pero sin las alas de la santa paloma, cayó al vacío para estrellarse a los pies del emperador Claudio y decepcionar a la multitud convocada a presenciar el portento que lo habría inmortalizado.

La performance de Simón fue un fiasco, no porque careciera de sentido del espectáculo, sino porque su competidor se levantó de entre los muertos para ascender al cielo, mientras él no pasó del suelo. Esta historia y sus circunstancias merecen que saquemos de su justo olvido a esa película –en otros tiempos religiosamente incluida en el menú televisual de Semana Santa– porque, como antesala de esta suprema celebración del cristianismo que hoy comienza, hemos sido testigos de un acto bastante litúrgico y teatral en demasía, mediante el cual se ha procurado manipular la realidad para que, por arte de magia, se produjesen inesperados prodigios políticos.

Dos años atrás, el comandante al que le vienen pequeños todos los superlativos fue transformado, con auxilio de sortilegios mediáticos, en émulo de Cristo, haciendo de su enfermedad un martirologio que todavía sigue funcionando para el sucesor como tabla de salvación que le ha permitido, por ahora, mantenerse trabajosamente a flote en medio de un vendaval de manifestaciones y protestas cuya intensidad crece con la irresistible fuerza de un torbellino y amenaza con teñir aún más de rojo las tormentosas aguas del mar de la felicidad.

Como el ectoplasma no se le manifiesta, han acudido a socorrer a Maduro los circunstanciales aliados que el petróleo ha podido comprar, prestos a ensayar un simulacro de concordia y ver si la ansiada y agónica conversación con sectores mediáticamente significativos de la oposición –con la también anhelada participación eclesiástica– lo cura de las congénitas enfermedades que lo aquejan, como la intolerancia, la ineficiencia y el endémico mal de la ingobernabilidad; sin embargo, no bastan la taumaturgia de Unasur ni el exorcismo vaticano para hacer entrar en razón a un régimen incapaz de emprender vuelo. Y mejor así, porque si llega a despegar, lo más probable es que, como Simón el Mago, se precipite a tierra, arrastrando consigo el pesado fardo de una administración que ha hecho de la censura y la represión los motores de su gestión y, presumiendo que los venezolanos somos ingenuos, desea y espera aviesamente que fotos en grupo y cotorreos en cadena hagan milagros.