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Sergio Dahbar

Milagros latinoamericanos

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En febrero del año 2010 el mundo del cine tuvo serias razones para reconciliarse con la humanidad. Un hallazgo arqueológico, la aparición del metraje original de la película muda Metrópolis (1927), derivó en su restauración, que luego fue exhibida en la Puerta de Brandenburgo de Berlín, en la Opera de Frankfurt y en el canal Arte.

Detrás de esa felicidad se escondía una epopeya latinoamericana, plagada de trabas burocráticas, malentendidos, pero también de la mejor perseverancia y tenacidad. Toda una aventura intelectual que fue registrada en el documental Metrópolis recuperada, y en algunos reportajes en periódicos y revistas especializadas.

En estos materiales se le reconoce al periodista y crítico argentino Fernando Martín el valor excepcional de su corazonada, que lo lleva tiempo después a desarrollar una labor detectivesca y así descubrir la copia -enterrada entre cientos de películas en la Filmoteca Nacional de Buenos Aires (Museo Duclós)- que sirvió para la restauración.

Entre los hallazgos que se desprenden de la pesquiza de Fernando Martín, no he dejado de pensar ni un minuto en dos personajes de carne y hueso fundamentales para que esta historia llegue a buen puerto: el inmigrante rumano Adolfo Zicovich Wilson y el coleccionista y productor de cine Manuel Peña Rodríguez.

En segundos conoceremos donde radica la grandeza del duo Wilson/Peña Rodríguez. Pero antes vamos a detenernos en Metrópolis. Hacia 1925 la productora alemana UFA acogió un proyecto que era desproporcionado frente a las producciones de la época. Participaron 15 mil extras y filmaron durante 310 días. Del medio millón de negativos, sobrevivieron 153 minutos de película muda. El rodaje costó cinco millones de marcos alemanes.

La trama se desarrolla en 2026 y recrea una megalópolis del siglo XXI, gobernada por una clase intelectual que mantiene esclavizados a los obreros en subterráneos. Los trabajadores se rebelan y amenazan con destruir la ciudad de la superficie. Dos enamorados reivindican con el amor las posibilidades de la armonía entre sectores enfrentados. Metrópolis es puro expresionismo alemán en el arte del gran Fritz Lang.

La película permaneció cuatro meses en cartelera y apenas la vieron 15 mil espectadores. Aterrorizados por el costo descomunal de una obra de ciencia ficción que nadie comprendía, directivos de UFA (en aprietos económicos) recogieron las copias que se habían realizado y vendieron los derechos de exhibición mundial al consorcio Parufamet (Paramount, UFA y MGM). Y autorizaron su mutilación.

El guionista Ch. Pollock redujo la película a 92 minutos, con lo cual volvió incomprensible la historia. Esa fue la copia que se estrenó en Nueva York (1927) y en Madrid (1928). Las versiones originales se perdieron y los nazis más tarde la satanizaron como una obra comunista y decadente.

Es hora de regresar a los soldados desconocidos: Wilson y Peña Rodríguez. El primero es el copropietario de una distribuidora de cine en Argentina, Terra. Y viaja en 1927 a Alemania, donde compra una copia original de Metrópolis para ser exhibida en el sur.

Por esta razón un hito del cine mudo, que en 2001 la Unesco protege como Patrimonio Cultural de la Humanidad, sobrevive en Buenos Aires con su duración original.

Wilson teme que la cinta se incendie, porque hasta 1940 las películas eran altamente inflamables. Por eso antes que destruirla, lo que era común en esos años después de su regular exhibición, se la vende a un coleccionista, Manuel Peña Rodríguez, quien conoce el valor de la película. En los años sesenta este hombre de cine enferma de cáncer y necesita dinero para su tratamiento. Vende la copia entre otras a la Cinemateca de Buenos Aires.

Así entra Metrópolis en el túnel de la burocracia argentina, del que parecía que no iba a salvarse. Hasta que aparece una suerte de Indiana Jones contemporáneo, Fernando Martín, el autor de un milagro que no es alemán, sino absolutamente latinoamericano.

Una epifanía que cuenta con la complicidad de un rumano extraviado en los albores del siglo veinte y la solidaridad de un coleccionista que -aunque no se salvó del cáncer- rescató Metrópolis del exterminio al que parecía irremediablemente condenada.