• Caracas (Venezuela)

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Diego Arroyo Gil

Por y para Milagros Socorro

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Esta semana no sé qué decir, o quizá sí lo sé y lo que ignoro es la manera de decirlo. Aunque en privado hablo con amigos –a veces, acaloradamente– sobre lo que está sucediendo: en la calle, en el gobierno, en la oposición, las conclusiones a las que llego, si de veras llego a alguna, me resultan insuficientes, frágiles y estúpidas. En su columna del domingo pasado, nuestra amiga y colega Milagros Socorro logró resumir, con aleccionadora franqueza, el desconcierto que a tantos embarga y señaló la oscuridad en que muchos nos encontramos.

La contingencia del país arremete contra el juicio con tal virulencia, que uno mira para todos lados como cuando en las películas una manada de hienas sitia en círculo a un visitante desafortunado. ¿Qué es esto?, nos preguntamos, teniendo delante los cadáveres de los conciudadanos que han sido asesinados por protestar contra el régimen que se ha enseñoreado de Venezuela. Es un crimen de tal atrocidad, que embriaga, incluso puede anularnos capacidades. ¿Recordamos, por ejemplo, cada uno de los nombres de las víctimas? ¿Podemos repetirlos, de memoria, sin equivocarnos, como un salmo que nos ayude a exorcizar el horror?

¡Es la maldita perversidad del mal, que tantas veces vence al hombre! Uno puede imaginarse un muerto, dos, quizá tres, pero de pronto ocurre que cruzas una línea y cada nuevo cadáver es un número, y el disparo en la cabeza se disfraza de guarismo, y cae una moneda helada en la abundante alcancía de la fatalidad. “El ser humano no puede soportar demasiada realidad”, escribió T. S. Eliot, y no precisamente en un acto de profesión de cobardía, sino de reconocimiento de nuestro límite, que resguarda la última vergüenza que se pliega en nuestra alma.

Con todo, advierto ahora que este expresar nuestra confusión es ya una manera de conjurarla, pues nos franquea con nosotros mismos, nos permite vernos en la extensión de nuestras dificultades, contribuye a que nos desengañemos. Reflexionar, hablar desde la ruina tal vez sea el primer paso para edificar algo que alguna vez habrá valido la pena. No se trata de conformismo, sino de sacar de nuestro enajenamiento un kilo de conciencia y de determinación.

Se me excusará la infidencia de contar que hace unos años, Milagros me dijo un día que quería darme un consejo. “Pase lo que pase –me recomendó–, no te envilezcas”. Entonces no le pregunté –aún no lo he hecho– a qué se debía su gesto, si había notado, acaso, que yo marchaba hacia esa terrible solución del ánimo, pero hoy que tengo fresca su columna del domingo y valoro lo que ha confiado en ella, limpiamente, a sus lectores, entiendo que aquel consejo también lo ha seguido Milagros, y tengo la seguridad de que a pesar de todo lo que ha pasado, en el país y en su vida, ella no se ha envilecido y además ha contribuido a que tampoco lo hagamos nosotros. Milagros Socorro nos ha hecho y nos seguirá haciendo un inmenso bien.