• Caracas (Venezuela)

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Marianella Salazar

Miedo

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Se ha analizado mucho la violencia en el país, y, según el Observatorio Venezolano de Violencia, solo el año pasado hubo más de 24.000 muertes a causa de la delincuencia. Esa cifra, con ser sobrecogedora, no es definitiva. El gobierno bolivariano siempre ha sido reacio a ofrecer estadísticas, cuando no a manipularlas descaradamente, y voltea la cara ante el gran problema de la violencia como si no fuera con él. Las cifras son espeluznantes, tanto así que es el origen de la diáspora venezolana que huye del terror desatado desde hace quince años por el hampa asesina.

Aquí, cualquier ciudadano que no goce del privilegio de tener guardaespaldas y carros blindados se muere del miedo; todos tenemos miedo a perder la vida, los creyentes andamos rezando a cualquier hora del día para sentirnos protegidos cuando andamos en la calle, le pedimos a Dios que nos dé valor para vivir cada día sorteando los riesgos que nos esperan en la calle o en la puerta de nuestra casa.

Los que hemos tenido una o varias experiencias de robo podemos contar que en muchos casos estos han sucedido con policías a escasos metros del acto delictivo, y que se hacen los locos por miedo o porque son parte de las bandas hamponiles. La impunidad del crimen se ha institucionalizado porque la estrategia y táctica de la revolución, diseñada en Cuba y ejecutada al pie de la letra por Hugo Chávez Frías y ahora por Maduro, ha sido, y es, la de estimular el odio de clase y creó una mentalidad de insolencia y subversión hacia la llamada burguesía –que encierra a las clases medias trabajadoras– y ha promovido el saqueo contra sus propiedades o el asalto y el crimen cuando es posible.

La revolución bolivariana existe gracias al miedo; han sabido cultivarlo con esmero, han creado el desasosiego con el fin de disminuir o neutralizar acciones de protestas, inmovilizar a los ciudadanos, empezando por la dirigencia opositora que, salvo honrosas y muy pocas excepciones, se muestra siempre debilitada. Hay que recordar cómo la oposición fue víctima de una guerra psicológica (enero 2013), cuando el gobierno, antes del “Firmazo” contra Chávez, difundió una serie de rumores que atemorizaban con los cerros que iban a bajar para atacar a los ricos, y que se habían distribuido más de 500.000 bolsas plásticas para cadáveres en los hospitales, porque se iba a producir una masacre si la oposición se movilizaba hacia Miraflores. Eso creó mucho miedo y ese día, el 24 de enero, la Coordinadora Democrática mandó a todo el mundo a quedarse en sus casas, y después quedó en ridículo universal cuando Chávez, en un Aló, Presidente, se burló de esos rumores y se jactó de haberlos difundido él mismo.

Igual modus operandi aplicó el gobierno el pasado 14 de abril, cuando Capriles Radonski denunció el fraude electoral y no fue capaz de movilizar a la población, seguramente por miedo a una masacre ejecutada por las hordas y colectivos armados por la revolución psicótica.

En los consejos de ministros se ríen y burlan de la oposición por creer en todas las patrañas que terminan fortaleciendo al gobierno. Además, como promotora de la violencia, esta revolución demuestra tanta falta de piedad que ha terminado por moldear la conducta de los delincuentes, como lo hace Eliécer Otaiza, presidente del Concejo Municipal de Libertador, cuando espeta una condena contra un preso político cuya salud está muy deteriorada: “Por mí que Simonovis se pudra, que se muera en esa cárcel”. ¿Cómo pedir compasión a los asesinos de Mónica Spear y de su esposo, o a los miles que salen a matar diariamente en Venezuela, con el odio y la crueldad que caracteriza a los líderes revolucionarios?