• Caracas (Venezuela)

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Cuando mi hijo Alessandro leyó mi columna, me dijo: “Viejo, te van a dar palo. Este país está asustado hasta los tuétanos”. Entonces comencé a preguntarme de qué realmente tienen miedo los colombianos o, mejor, de qué quieren los señores de la guerra que tengamos miedo los colombianos.

Estando en Cuba, en el 36 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, asistí al estreno de la última película de Sergio Cabrera, una bella historia sobre el maltrato infantil y la burocracia,

A la salida, nos encontramos con un señor bien trajeado, con el cual hablamos de los méritos de la película. Yo asumí que era un director de algún festival y le pregunté a mi amigo Ramón el nombre del señor. “Catatumbo”, me pareció oír, y torcí los ojos incrédulo, pero Jimeno deletreó, sotto voce: “Pablo Catatumbo”.

Confieso que me impactó la noticia. Ya el día antes, en el vestíbulo del histórico Hotel Nacional, me había encontrado con un amigo periodista acompañado por un señor pasado de peso, de camiseta estampada, que resultó ser “Romaña”. Me convencí de que, sin el camuflado, estos personajes podían encajar en la sociedad civil.

El presidente de la república italiana, Giorgio Napolitano, excombatiente comunista, ha regido la institucionalidad italiana por nueve años. Seis guerrilleros latinoamericanos son presidentes de los países más importantes de la región. El último, Salvador Sánchez Cerén, de El Salvador.

Dilma, en Brasil, fue militante encarcelada y torturada por la dictadura militar; Mujica, de Uruguay, tupamaro; Daniel Ortega, Nicaragua; Ollanta Humala, Perú; Raúl Castro, Cuba. Y el vicepresidente de Irlanda del Norte, que fue miembro de la sanguinaria organización IRA.

Por eso pienso que si en 50 años de guerra fratricida no hemos podido terminar a la guerrilla con las armas de fuego, es muy probable que lo podamos hacer con un arma que pueden usar todos los colombianos: el voto.