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Elías Pino Iturrieta

Michaelle

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En 1988, como decano debutante de la Facultad de Humanidades de la UCV, tenía la obligación de designar a los directores de las dependencias. Me pidió cita entonces María Fernanda Palacios como vocero de un grupo de profesores, para hablarme del comando de la Escuela de Letras. Propuso el nombre de Michaelle Ascensio, que acogí con entusiasmo. Michaelle no formaba parte del personal de la facultad porque dependía en términos administrativos de la Escuela de Antropología de la Facultad de Economía, pero se superaron los escollos burocráticos y se estableció en nuestros predios. Espero que nos haga lo de la Negra Grande, dije en esos días sin que nadie me entendiera.

Recomendada por el maestro Ángel Rosenblat, Michaelle había terminado hacía poco con provecho unos cursos de posgrado en el Instituto Caro y Cuervo de Bogotá. Pese a las exigencias y a las tiesuras de sus catedráticos cachacos, se las arregló para formar parte del grupo de baile de la Negra Grande de Colombia, célebre en la época y con quien se lució en numerosos escenarios. Fue una de las caderas más cadenciosas de la cumbia de entonces, aparte de una calificada estudiosa de las disciplinas de don Miguel Antonio y don Rufino José. Esa fue la profesora que ganamos para la Facultad de Humanidades.

Por desdicha, la mayoría de los lectores no disfrutó las coreografías de Michaelle, ni la recuerda la sociedad por sus farándulas. Tampoco por ser una gran dama portadora de alegría, o una actriz de cuño popular capaz de representar inolvidables papeles. Sin embargo, para fortuna de los allegados, desde 1988 la casa de los humanistas fue habitada por la gracia y el calor de la flamante directora. La Facultad de Humanidades colocó a Michaelle en el centro de las tablas para que brillara con luz propia y se proyectara en otros espacios académicos, no como consecuencia de un nombramiento como los que habitualmente se hacen por exigencias de la burocracia, sino por los deseos que tenía de reconocer, con los servicios de administradora y catedrática, lo que le debía a sus aulas cuando se formó bajo la batuta del mencionado maestro Rosenblat. Formación rigurosa, a partir de la cual llegó a convertirse en una investigadora imprescindible; y experiencia esencial de cohabitación con un mundillo de poetas, novelistas, ensayistas, historiadores, cuenteros y conversadores de admirables minucias en el que vivió desde cuando terminó su reinado de tres años en la Escuela de Letras y hasta cuando tuvo que alejarse para siempre.

La mayoría de los lectores no compartió tales experiencias, pero tuvo ocasión de acompañar la sabiduría de las páginas Del nombre de los esclavos, en las cuales Michaelle se aproximó a las razones por las cuales fueron los siervos bautizados por sus amos en la colonia venezolana. Gracias a su análisis ahora sabemos que esos sacramentos no respondían a una obligación religiosa, sino a motivos relacionados con el oficio de los dependientes y con las necesidades de unos propietarios a quienes importaba poco que un negrito se estacionara en el limbo por falta de agua bendita. También pudieron los lectores mirar con ojos sorprendidos hacia el vecindario caribeño a través de Lecturas antillanas, breviario de las características de los pueblos hechos en el mar de la depredación, pero, a la vez, en una fecunda reunión de culturas habitualmente subestimada. O aprender tema inesperado en la recopilación de la obra del haitiano Jacques Roumain en Gobernadores del rocío. Son los trabajos de investigación realizados por Michaelle en su pródigo rincón de la Facultad de Humanidades, desde el cual no solo se ocupó de trabajar los textos, sino también de seminarios sin cesar en la Escuela de Historia, partiendo de los cuales tendremos más tarde la luz de dos ensayos de importancia: Diosas del Caribe y De que vuelan, debate entre un cielo y un infierno incitantes, el primero, y obligación de barrer el piso en los espacios de la brujería, el otro.

No queda ahora lugar para escribir sobre Mundo, demonio y carne, su novela hermosa y cristalina. Preferí hablar de las andanzas y los requiebros de la Negra Grande para hacer memoria del regocijo de su compañía, pero también para compartir la tristeza de su viaje postrero.

epinoiturrieta@el-nacional.com