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Simón Alberto Consalvi

México, la democracia y el consenso

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Con la promesa de que cada ciudadano escriba su propia historia de éxito, tomó posesión de la Presidencia de México Enrique Peña Nieto. Tiene 46 años, gobernará por un periodo de seis, no habrá extemporáneas tentaciones de reelección y le abrirá el camino a una nueva generación. Es lo que ha ocurrido en México a lo largo del siglo XX y en lo que va del XXI desde los tiempos de la revolución. Con Peña Nieto regresa al poder el PRI, luego de un paréntesis de doce años en que gobernó el PAN.

Sobre el PRI se tejieron las más diversas hipótesis, y se ensayaron las más imaginativas teorías, como aquella de “México, la dictadura perfecta” de Mario Vargas Llosa, que consumió mucha tinta y dio pie para que grandes mexicanos como Octavio Paz y Carlos Fuentes entraran en el cónclave. Críticas mucho más severas se hicieron contra el sistema político mexicano. No obstante, cuando se analiza su historia y se valora, por ejemplo, su papel en la escena internacional, México se destaca como uno de los países de avanzada en Naciones Unidas y de los más abiertos hacia la democracia y los derechos humanos. Basta con recordar su conducta frente al generalísimo Franco y la República española. O frente a los desterrados venezolanos de Gómez y Pérez Jiménez. Fue siempre y es un país de asilo. No puede afirmarse lo mismo de otras “democracias perfectas”.

El secreto del prolongado dominio del PRI no fue entendido. Si bien durante décadas el presidente escogía al sucesor, a partir de ese momento la alternabilidad era absoluta. El antiguo presidente pasaba al retiro, con voto de silencio. No repetían los ministros en sus carteras, y no había reelección de senadores o diputados. Con buen fundamento se puede decir que el PRI se renovaba radicalmente en cada sexenio. Y en esto estuvo la fuerza de antes, y la que ahora le ha permitido volver con Enrique Peña Nieto. Algunos inexpertos consideraron que el PRI no volvería más porque había gobernado durante 70 años consecutivos. Pertenecen a la divertida especie de los que piensan que los partidos deben inventarse cada 10 años y desaparecer.

El discurso de toma de posesión pronunciado por el Presidente demostró que tiene una comprensión cabal del papel de México en el mundo y, sobre todo, de las complejidades del siglo, pero más allá de esto comprende con agudeza las prioridades de desarrollo social y de equidad que demanda la sociedad contemporánea. Peña Nieto no comulga con dogmas ni les rinde pleitesía a los anacronismos. De ahí que se proyecte como el estadista capaz de conducir a México en una compleja etapa de transición y de afirmación.

Entre los grandes dogmas mexicanos estuvo el petróleo. Por su historia de país que lo nacionalizó en un tiempo en que desafiar a los grandes trusts equivalía a jugarse el todo por el todo, y resultó victorioso, el petróleo pasó a formar parte del orgullo mexicano. Y, por tanto, hablar de apertura al capital privado fue una herejía que se prolongó por décadas. Pero en el siglo XXI no cuentan los viejos dogmas y los pueblos entienden que conspiran contra sus propios intereses.

Una decisión de esta naturaleza no podía (o no debía) ser tomada de manera unilateral por un partido porque habría sido tierra fértil para una guerra sin fin, para disputas de todo género y para el fracaso de México, en última instancia. Tenía que ser producto de una toma de decisión más trascendental y más colectiva. Y esto es lo que está ocurriendo. Y es lo que debe celebrarse en América Latina, el consenso democrático.

Por primera vez en su historia, los partidos mexicanos se ponen de acuerdo para suscribir un pacto que pone por encima de los intereses parciales los de la nación. Este “Pacto por México” fue suscrito 24 horas después de la toma de posesión de Peña Nieto. En España dicen que se trata de un pacto como los Pactos de la Moncloa; en Colombia dirán que asemeja al Pacto de Benidorm, y aquí, con el perdón de los necios, diremos que es una versión mexicana del Pacto de Puntofijo y de los acuerdos complementarios suscritos en 1958.

El “Pacto por México” es el pacto por la gran modernización del país. Fue suscrito en el Castillo de Chapultepec por los tres grandes partidos, el PRI, el PAN y el PRD. Vale la pena resaltar la presencia del PRD en el pacto. Su presidente dijo: “El PRD está decidido a ser un partido responsable, no apostamos por el desastre de este país”. Liberado del peso muerto de López Obrador, el PRD se proyecta como una referencia del futuro. El texto es ejemplar y puede servir de referencia para otros países donde las discordias frustran o postergan las reformas y las políticas de alto vuelo. Este es un pacto para el crecimiento económico, la inclusión social, el empleo, la competitividad. La reforma de la educación será una de las prioridades, el acuerdo sobre la apertura de Pemex despeja el futuro del petróleo, la competencia en el sector de las telecomunicaciones, el control fiscal de los estados y sus deudas, un sistema de seguridad social universal.

En suma, México está a las puertas de una nueva época. Enrique Peña Nieto inicia su sexenio bajo los mejores auspicios, y los partidos le rinden al país la mejor contribución posible.