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Lorena González

Metáforas de la emergencia

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El pasado domingo clausuró en el Centro de Arte Los Galpones la muestra Metáforas de la emergencia o las balsas de la Medusa, XVIII edición del Salón Banesco Jóvenes con FIA. La estrategia curatorial estuvo a cargo de Gerardo Zavarce, investigador que conduce esta experiencia por segunda vez, luego de haber puesto en escena a mediados de 2009 la muestra que convulsionó al Centro Cultural BOD. En aquella oportunidad la exhibición se titulaba En la vía, un levantamiento que en palabras del curador funcionó como una apuesta de interrogantes abiertas sobre las posibilidades de las artes visuales como herramientas contemporáneas de interpretación de la realidad y, en paralelo, como dispositivos para la dinamización de significados que permitan aprehender cognitivamente el afuera mediante la experiencia sensible.

Recordar aquel salón junto al de ahora es trazar un pequeño y abismante compás entre las confusas encrucijadas que separan los períodos de dos destinos no tan lejanos. En aquel momento Zavarce completó un llamado de atención mediante obras que establecían una confrontación directa con lo que comenzaba a ser una alarma vibrante en nuestra inestable vida política, social y económica. Aunque lo recuerdo como un salón estridente en su carácter agudo y disonante, lo evoco como el sonido penetrante de un silbato, una sirena que anunció en la lejanía el desafinado tono de la catástrofe: allí, en las piezas de aquellos artistas, estaban las marcas y antecedentes del caos, de la violencia, de la sin razón…de todo lo que hemos perdido y de lo que vivimos en este desolado tiempo dorsal.

Metáforas de la emergencia es una suerte de segunda parte de aquel esbozo, donde la guía curatorial encontró en el cuadro La balsa de la Medusa, obra de Theodore Géricault realizada entre 1918 y 1919, el punto idóneo para todo lo que está pasando en nuestro país. Como si desde aquella especie de anuncio de la fatalidad de 2009, el estruendo de la ruina resquebrajada ya hubiera llegado a su destino: una balsa construida por fragmentos, plagada de exilios, de contingencias, de desapariciones voraces, de figuras sutiles que comienzan a moverse en otros linderos, de obras que traducen y potencian una nueva mirada. De alguna manera esta edición del Salón Jóvenes con FIA encontró un hilo conductor muy bien tejido en el que se anclaron las aristas infinitas de un arte a contrapunto con su contexto, navegando sobre la ardua tarea –que con seguridad también movilizó en su momento la sensibilidad del joven Géricault– de dejar un testimonio para el futuro de esa catástrofe de lo humano que nunca más debía repetirse.

Frente a lo terrible, Zavarce contrapuso la esperanza. Así, no solo un conjunto de piezas sino también la cartografía entre los diversos espacios que recibieron los rumbos de este navío, permitió la visualización de una ruta alineada, dinámica y flexible, acompañada por el esfuerzo de muchos en un itinerario a contracorriente. De las muchas frases del texto curatorial recuerdo en especial la que afirma: “Asumir la tragedia es también una forma de cultivar la esperanza”. Un salón, una propuesta que invitó a una revisión frontal de nuestras fisuras como individuos y como colectivo. El reflejo, la pregunta, ya no están en sala; ahora quedan en cada uno de nosotros, en esa generosidad de la mirada que quizás fortalezca los pasos de otro porvenir.