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Rodolfo Izaguirre

¡Mesoneros!

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Siendo niño, en Macuto, vi al mesonero del hotel Alemania traer los platos desde la cocina alineados en milagroso equilibrio a lo largo del brazo y colocarlos en las mesas ante las miradas atónitas de los comensales. Aquel hombre era un espectáculo y su virtuosismo animaba por momentos las conversaciones que las señoras vestidas de blanco mantenían al atardecer, frente al mar, mientras se balanceaban en las mecedoras de mimbre. Merecía figurar en la literatura universal junto al camarero del novelista ruso Iván Shmeliov, 1911 o junto al mesonero de “El pensador” uno de los fascinantes “Cuentos romanos” de Alberto Moravia, 1954. Mediante el empleo del monólogo interior, Shmeliov muestra a un camarero que revela las infelicidades de su oficio y Moravia relata el caso de Alfredo el mesonero que repite mecánicamente las órdenes de los comensales, pero un día murmura algo ofensivo y se percata que puede pensar y decir lo que piensa y termina insultando abiertamente a los clientes por lo que es echado del trabajo y va a la cárcel. Un día en la calle alguien grita algo que Alfredo repite mecánicamente: había dejado de pensar; volvía a ser un hombre feliz: ¡el perfecto mesonero! Los camareros del Café de Rosa, en “La Colmena”, 1978, de Camilo José Cela, también conocieron sus quince minutos de gloria.

Pero algo me dice que lo más prudente es no criticar o polemizar con los cocineros, mesoneros y camareros de un hotel o de un restaurante porque ignoramos lo que puede ocurrir a nuestras espaldas y en la trastienda. Conocemos la historia del chinito que cocinaba en un barco mercante y era vejado constantemente por la tripulación. A escondidas, se vengaba de ella orinando en la sopa o escupiendo en el arroz. Recuerdo, de niño, a María Mariño, una humilde mujer protegida de mi mamá y entrada en años, que vivió en mi casa en los cuartos del fondo y elaboraba coquitos y conservitas de leche que luego lograba vender. Contaba que había sido cocinera en el Manzanares, un barco de cabotaje en el que fue intensamente feliz porque conoció allí el amor marinero. La llamábamos el Vapor Manzanares y confesaba que a los tripulantes que la maltrataban les hacía lo mismo que el chinito en el barco mercante.

He participado un par de veces en el Festival de Cine de la Gran Canaria y en una de ellas fui testigo de una situación que terminó por confirmar definitivamente las malignidades asiáticas y las arrebatadas venganzas del Vapor Manzanares. Almorzaba frente al mar con uno de los organizadores del Festival, crítico de cine y viejo amigo mío y el mesonero (que también era amigo suyo) se acercó a saludar. Luego vimos que servía la mesa en la que acompañada de su representante estaba la famosa actriz invitada especial del Festival. ¡El mesonero le pidió un autógrafo! Quizás, el momento no era el más oportuno porque interrumpía su almuerzo. El caso es que desde nuestra mesa observamos la actitud del representante que, sin ver al mesonero, agitaba la mano autoritariamente como echándolo fuera. El hombre vino hacia nosotros enfurecido: “¡Nadie me puede humillar de esa manera!”, dijo aquel irascible oleaje atlántico al pasar. Pero siguió atendiendo a la actriz y a su representante como si no hubiese ocurrido nada. Nosotros continuamos nuestro apacible almuerzo pero de pronto vimos que el representante se levantaba y corría precipitadamente hacia el baño y mi amigo, como si se hubiese puesto la toga y el birrete del catedrático de Lógica en la Universidad de Las Palmas, me miró con cierto brillo de satisfecha complicidad en sus ojos y dijo: ¡Nunca te metas con un mesonero!