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Rafael Ramis

Mentiras y verdades sobre Galileo

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A partir de la Ilustración, el caso Galileo es una especie de mito cuya imagen es bien distinta de la realidad. Como simple muestra: en una encuesta que se hizo hace años a los estudiantes de bachillerato en Europa, la mayoría pensaba que Galileo murió en la hoguera, fruto de una condena de la Inquisición. La realidad fue que nunca fue torturado, después de su condena, fue a vivir al Palacio de Mérici, como prisión, pero a la semana fue trasladado a Siena y se alojó en la cárcel del arzobispo que, según el mismo Galileo, le recibió como un padre, y allí recibió a sus invitados distinguidos de Siena. Después fue a vivir, como prisión, a su casa de Arcetri, y allí vivía en un convento una de sus dos hijas monjas. Se le indicó que no publicara más trabajos científicos, cosa que no cumplió.

Periódicamente se saca a colación el caso famoso del proceso a Galileo. Con esto, de modo más o menos velado, se defiende una idea: la Iglesia Católica es enemiga de la ciencia (a pesar de ser la creadora de las universidades). Fue algo lamentable en que latía (y se resolvió mal) un problema básico: la relación ciencia y fe o, lo que es lo mismo, la razón y la fe. Hubo un error real de un tribunal eclesiástico. No debería haber ocurrido. Por esto Juan Pablo II, hombre de fe y de apego firme a las conquistas de la razón, expresó su deseo de estudiar el asunto “reconociendo lealmente los desaciertos, vengan de la parte que vinieren”. Se constituyó una comisión de estudios en 1981 y fueron presentados sus trabajos conclusivos. Fue una buena medida y dio sus buenos resultados. En el discurso de Juan Pablo II a la Academia de Ciencias el 31 de octubre de 1992 se refiere al tema de Galileo y, de pasada, señala que la teoría de la relatividad ha superado el heliocentrismo. El discurso puede obtenerse fácilmente en Internet y su lectura resulta muy provechosa para el que esté interesado en este tema.

Para entender el problema debe reconocerse sin reticencias la personalidad genial de Galileo en su modo de investigar la naturaleza con el método experimental y, en concreto, el espacio sideral. Pero Galileo se atribuía a sí mismo invenciones ajenas, por ejemplo: el telescopio, el descubrimiento de las manchas del Sol, el compás proporcional, citaba también descubrimientos sin citar el verdadero descubridor, como Kepler, etc. A sus enemigos los trataba con desprecio y sus insultos eran notables: a un jesuita, cuyas ideas no coincidían con las suyas, le llamaba: jaez de burro, búfalo, holgazán maligno, estúpido, miserable falsificador, sujeto vil, mentiroso, animal imbécil, etc. A un alumno que después de haberle ofendido le dio pública satisfacción, le llamó: enemigo envidioso, consejero diabólico, odiador del género humano, etc. En el libro Diálogo, que publicó Galileo, uno de los tres hombres que dialogan se llama Simplicio y lleva siempre las de perder, y en el libro Simplicio defiende un argumento preferido por el papa, pero se podía interpretar como una burla al mismo papa, que siempre había sido antes un admirador de Galileo.

Las obras de Galileo, más que ideas científicas, son mensajes apologéticos sobre los nuevos avances de la ciencia, para el gran público. No se parecía en esto a otros notables astrónomos de la época, como Kepler o Copérnico. Este en el prólogo de su libro De revolutionibus, en que señalaba su teoría heliocéntrica y que se lo dedicó al papa Pablo III, dice que su teoría iba a “levantar gran polvareda” y por esto no hizo nada para levantarla él mismo. Y de esta polvareda se encargó Galileo.

En el proceso de Galileo en el fondo este señalaba (sin poder probarlo) que la Tierra giraba alrededor del Sol y que giraba sobre sí misma. De lo cual deducía, que la Biblia debía interpretarse de otra manera (y en esto acertaba). Los miembros del tribunal no podían aceptar sus demostraciones falsas sobre el giro de la Tierra sobre sí misma (la probó Foucault en 1851), ni de su giro alrededor del Sol (la probó Bradley en 1727), por esto le pedían que se limitara a señalar que era una hipótesis matemática. Al no hacerlo así, apoyándose en el sentido obvio de las cosas (nosotros seguimos diciendo que el Sol sale y que se pone), cometió el error de señalar que esto se oponía a la Sagrada Escritura y que, por tanto, era falso. Por esto también protestantes como Lutero y Melachton atacaron a Galileo. Curiosamente, Galileo sabía interpretar mejor la Biblia que los miembros eclesiásticos del tribunal y estos tenían, en la materia científica concreta que se discutía, mayor claridad que Galileo. Curiosa paradoja que hizo daño a la Iglesia y a Galileo. Lo lamentable fue que su obra pasó al Índice de libros prohibidos hasta 1758.

Las materias científicas se defienden o se atacan con razones científicas, las razones de fe con razones de fe. No se pueden separar ambas campos, pero sí que hay que distinguirlos. Cuando un sacerdote católico belga (Lemaîtri) introdujo la teoría científica del Big-Bang, señaló también, para no caer en errores de mezclas indebidas entre fe y razón, que el Big-Bang no se podía decir que era la creación. El Big-Bang es el Big-Bang y la creación es la creación.