• Caracas (Venezuela)

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Ramón Hernández

Mentiras sin alma

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Sin importar cuál sea el modo que utilizó para llegar a la Presidencia, mediante elecciones o la vía rápida del cuartelazo, la tendencia generalizada de la ciudadanía, también del “pueblo”, es creerle, y no desconfiar de las palabras, no ponerlas en duda, de quien aparece rodeado de toda la parafernalia que implica el ejercicio del poder, la majestad de la jefatura del Estado.

No importa si viste guayabera, chamarra norcoreana, chomba boliviana o si se anuda al cuello el pañuelo de los palestinos, la kufiyya, está investido de los poderes que le otorga la Constitución, y lo lógico es creer que procederá con el mayor rigor y honestidad que les permitan sus aptitudes y capacidades. El beneficio de la duda.

Obviamente, el principal capital de un mandatario no es tanto su popularidad sino su credibilidad, que propios y extraños confíen en su palabra, porque ahí se fundamenta su verdadero poder, que no solo consiste en ordenar y ser obedecido, sino fundamentalmente en convencer a través de argumentos e ideas. Acostumbrados a los modos cuarteleros de la obediencia no deliberante, al insulto procaz y a la degradación de todo el que ponga en duda la bondad de sus acciones, descuidan que por su alta exposición pública, hasta 81 minutos diarios por la red de radio y televisión, están bajo el escrutinio de amigos y enemigos.

Aunque limiten el flujo de la crítica, hasta los aliados se dan cuenta de que ayer dijo una cosa y que hoy repitió todo lo contrario, que se le salen las mentiras y se le descubren las intenciones ocultas, no necesariamente malas ni todo lo contrario. Preocupa sí el descaro, el embuste descarado y abierto. Todo el sistema de información y propaganda del ministerio ídem echó a los cuatro vientos que el Plan de la Patria fue aprobado por la mayoría “revolucionaria” como ley de la República, que el “jefe del Poder Legislativo, se lo había entregado al mandatario para que le pusiera el ejecútese y todos los venezolanos estuvieran obligados a su cumplimiento como cualquier otra ley”. Mentira.

No es ley ni es decreto. En la Gaceta Oficial fue publicado como un acuerdo, el cual solo están obligados a cumplir sus proponentes, no la ciudadanía. No fue una mentirijilla blanca ni algo tan relevante para la seguridad de la República que puede ser considerado una razón de Estado. Fueron razones pragmáticas, y de baja ralea. Se antepuso el proyecto político de una parcialidad ideológica a los intereses de la nación, sin importar perder la credibilidad con la jugada, que no fue maestra sino bastante pobretona, rústica y contraproducente. Perdió más de lo que ganó, lo que se dice una victoria pírrica. Vendo cesta de huevos para la torta de Navidad.