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Antonio López Ortega

Memorias de guerra

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El 27 de febrero de 1989 mi hijo Bernardo tenía seis días de haber nacido. Mi primera visión del Caracazo fue desde el último piso de la torre Phelps, desde donde divisé enjambres de motorizados avanzado por la avenida Libertador. Nadie entendía nada, pero tuve la precaución de atravesar la ciudad hasta mi apartamento de La Urbina. Una pulsión me devolvía a mi esposa convaleciente y a mi hijo dormilón. A los pocos días, tuve que hacerme de un salvoconducto en el periódico en el que colaboraba para buscar alimento especial para lactantes: el farmaceuta ojeroso no me quería abrir de noche. Recuerdo que nunca más pude llevar a mi esposa a la consulta del hospital: los puntos de su cesárea los extraje yo, con pinzas que temblaban en mis manos.

El 4 de febrero de 1992, a las 12:30 de la noche, me despertó una llamada de una compañera de trabajo. Sólo me dijo esto: “Prende el televisor”. Cuando lo hice, vi que una tanqueta trepaba por unas escalinatas y embestía contra las puertas del Palacio Blanco, una y otra vez. Las otras tomas eran de soldados que les disparaban a otros soldados, todo entre una confusión de siluetas y luces. También pedí un salvoconducto al periódico, para buscar gasolina de madrugada. En una de esas ocasiones, sospechando de mi identidad, un soldado me detuvo en la vía. Avanzó unos veinte metros, apuntándome todo el tiempo con un FAL. Al llegar a la ventanilla del vehículo, tampoco dejaba de apuntarme. Mi rostro fue en todo momento el blanco de esas balas contenidas.

El 27 de noviembre de 1992, por razones de trabajo, yo estaba en Turén, estado Portuguesa. A las 6:00 de la mañana, otro compañero de trabajo me tocaba a la puerta de una habitación de hotel. Sus palabras fueron casi las mismas: “Prende el televisor”. Así lo hice, para ver al hombre de la franela rosada, inmortalizado por la crónica de Cabrujas. Me preocupé en llamar a casa, y cuando al fin pude hablar con mi esposa, ella alzaba el auricular hacia los cielos para que yo pudiera escuchar el zumbido de los aviones que rompían la barrera del sonido sobre Caracas. El acceso a la capital se hizo imposible, y yo tardé tres días en regresar al hogar.

El 11 de abril de 2002, mi esposa logró llegar hasta la plaza O’Leary. Escuchó disparos, y también vio a gente caer. Un cadáver ensangrentado fue su señuelo para entrar y salir de la plaza. Yo perdí la comunicación por varias horas, y al frente del televisor sólo se adivinaba la muerte de los más cercanos. Yo lloré una pérdida que, a Dios gracias, nunca llegó.

Hace apenas unos días de este febrero de 2013, el Foro Penal Venezolano anuncia que 2012 cierra con 20.000 muertes violentas. Es la otra guerra, pienso, la no televisada, nuestra particular guerra civil no declarada, que en víctimas supera a otras que sí lo son.

Creo que desde 1992, por no hablar de fechas previas, perdimos la civilidad. Estos tiempos de poder militar, aunque se revista de muchos disfraces, los reviven las fotos que en estos días de falsas conmemoraciones circulan: conspiradores que preparaban los golpes y superiores que se hacían los indiferentes. Mala hora para el poder civil, para el poder ciudadano, recluido en una tribuna desde la cual sólo pueden presenciar los desmanes entre bandos. Si la hora de la fractura histórica fue militar, también lo será la hora del desenlace. Triste espectáculo la de los payasos que vociferan creyendo que el habla les pertenece. Los hilos de estos gestos son de otros, de los que siempre han estado tras bambalinas, haciendo creer que los sectores civiles de cualquier color tienen peso. Ya lo dijo Ramón J. Velásquez mejor que muchos otros: Venezuela despertó un demonio del siglo XIX, y ese demonio se llama militarismo.

En el fondo, estos tiempos no dejarán de ser memorias de guerra.