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Elsa Cardozo

Memoria

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Ya la Biblioteca Biográfica Venezolana rondaba el centenar de libros cuando Simón Alberto Consalvi, inspirador y director del ambicioso proyecto, comentó que imaginaba todas aquellas biografías sobre una mesa: cartas que, ordenadas de diferentes maneras, ofrecían comprensiones diversas de Venezuela.

150 volúmenes completaron la colección que nos invita a recorrer la historia política, de las ideas, la sociedad y la cultura, los proyectos y avatares de la economía, la organización política y las relaciones con el mundo. Y en cada trecho, con sus pausas y encrucijadas, nos acompañan personajes significativos para nuestra formación como país.

Más de 100 plumas fueron convocadas para completar un proyecto editorial que sobrepasó las 20.000 páginas. La invitación fue amplia y diversa, como la concepción misma de la historia venezolana que correspondía al afán de Consalvi, historiador, periodista y, él mismo, actor de nuestra trama.

Tal vez este proyecto de sus últimos años sea una de las más visibles manifestaciones de un persistente y contagioso empeño en cultivar la memoria y conjurar “los asedios venezolanos del olvido”. Eso sí, memoria viva, ajena al desgaste de la repetición de lugares comunes y a la reescritura oportunista.

Valga colocar sobre la mesa los cinco personajes que Consalvi trabajó para la Biblioteca Biográfica Venezolana, apenas un fragmento de su obra escrita, como un intento de escapar de los asedios del olvido.

Podríamos comenzar con Santos Michelena (1797-1848), organizador de la hacienda y las relaciones exteriores en años decisivos para la construcción del Estado venezolano y su esencia republicana. Eran los tiempos del accidentado mandato del presidente José María Vargas, cuyo gobierno sería recordatorio del papel de los civiles “desde el 19 de Abril y el 5 de Julio, en los congresos de Angostura, Cúcuta y Valencia, sin olvidar la Cosiata y el proceso de desmembración de la Gran Colombia”.

La compleja relación entre civilidad y fuerza nos acerca a la biografía de Juan Vicente Gómez (1857-1935), su traición a Cipriano Castro y la consolidación de sus redes de poder apoyándose en ilustrados civiles para justificarse como el gendarme necesario. En las conspiraciones y cárceles de entonces se encuentra la recia personalidad de José Rafael Pocaterra (1899-1955), el valioso testimonio de sus memorias, sus novelas y su participación en la invasión del Falke, que marca el final de una etapa y el accidentado tránsito generacional a aspiraciones democráticas modernas.

En esos mismos años vive Armando Reverón (1889-1954) en su mundo, el de la cultura, hasta 1912 “un universo aparentemente ajeno al poder”… mientras no osara cuestionarlo”. Allí está la rebeldía del Círculo de Bellas Artes, la presencia e influencia de los pintores Mützner y Fernandinov, la valoración de la obra del atormentado venezolano y su vida en El Castillete. Y también entonces, entre la cultura y la política, se mueve la figura de Rómulo Gallegos (1884-1969), y con él sus cuentos y novelas, la candidatura simbólica y la primera y breve presidencia de un civil en más de medio siglo. Al final, la pregunta con la que Simón Alberto Consalvi nos devuelve a los años de Santos Michelena y la Revolución de las Reformas: “¿Desdice de Gallegos o desdice de la política, si así puede llamarse aquella insurgencia, la reaparición cíclica de Pedro Carujo?”.