• Caracas (Venezuela)

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Carlos Delgado Flores

Mayoría en red

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Cuando hay que pensar, es importante tener la mezcla química adecuada para poder hacerlo. Si se tienen las hormonas a flor de piel, o el torrente sanguíneo está repleto de adrenalina, es casi seguro que las ideas que surjan serán demenciales. No estoy hablando de objetividad, pero sí de mirar las cosas claramente y para ello es necesario cierto distanciamiento, cierta serenidad que, sé, es difícil tener en estos días; pero la peor diligencia es la que no se hace, además son necesarios buenos medios para garantizar buenos procesos que lleven a altos fines, lo contrario sería creer –como creen muchos de los que hoy nos gobiernan, incluso muchos opositores– que siempre el fin justifica los medios, o como me dijo alguien que no nombro, al exponerme la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente como salida: “Lo mejor es enemigo de lo bueno… algo hay que hacer”.

Por ello hay que pensar qué hacer, de la mejor manera, para afrontar lo que viene.

En esta fase del proceso, el ataque, ciertamente, es a las instituciones donde se practica la deliberación. Los mandones necesitan interferir las comunicaciones y desplegar el aparato de ideologización, para terminar de copar el espacio donde se mueve la racionalidad democrática, ello sin descuidar el ataque a la economía y el control social ejercido por el lumpen en forma de hampa. Ya han tomado control del aparato productivo, de las importaciones, de las divisas y obligan la colaboración de quienes no tienen suficiente músculo financiero para soportar los embates. Por otra parte, intentan eliminar las capacidades de gestión de las instancias del Estado elegidas por sufragio universal (gobernaciones y alcaldías, de tirios y troyanos, es igual), para sumir al Estado en tal caos que la corporativización resulte la única opción posible para que el Estado garantice los derechos de la parcialidad que apoya el proceso.

La respuesta democrática está desarticulada en los sectores afectados: protestas, principalmente, mientras, la facción seguirá procediendo a controlarlo todo por la vía administrativa, con una mezcla de sagacidades jurídicas, enfrentando a cada razón ideológica una razón de soberanía, ante la cual el derecho, cuando no denuncia, hace silencio, porque tal parece que en Venezuela lo administrativo dio siempre por sentado el derecho del Estado, que no equivale a decir “el Estado de derecho”. Nuestra dirigencia política no comprende muchas cosas, angustiada de ver cómo la mayoría sigue inmóvil, desafiliada del régimen pero también negada a aceptar su liderazgo. No ha logrado hacer contacto con ella y convencerla de que la elección racional está bien para juegos de suma cero, pero el más próximo es en 2016 y no hay garantía –de seguir las cosas como van– de capitalizar el descontento creciente en la población con las actuales políticas públicas. Las dirigencias de los sectores en conflicto tampoco entienden que son necesarios los consensos y las agendas, porque no hay líderes con suficiente liderazgo personal como para generar por sí mismos la convicción. No los hay, los partidos no los tienen, y los medios tampoco. No hay una figura única, y eso no necesariamente tiene que ser tan malo: hay una crisis, pero también la crisis entraña la oportunidad.

Hay que conformar la mayoría este año, en lo coyuntural y en lo estructural. Para ello hay que pensar en programas y agendas políticas basadas en la solidaridad. Hay que aprovechar el inmenso poder de las redes sociales, la capacidad que estas tienen de poner de acuerdo a la gente desde sus dimensiones más cotidianas, de superar la indefensión aprendida por la vía de la socialización. Los partidos –y sus liderazgos– tienen que comprender que no habrá futuro para ninguna opción, si no se apuesta hoy por la concordia de las posiciones encontradas en la búsqueda de denominadores comunes, y ello es válido para todos los sectores. Reinventar los medios pasa por crear sistemas de información para comunidades, por agregar valor y ponerlo al servicio de iniciativas sectoriales que las retroalimenten, considerándolos como lo que son: medios y no fines en sí mismos. El contenido político de estas redes tiene que partir del reconocimiento de sus identidades particulares, de sus problemas, para apoyarlos en el aprendizaje de soluciones compartidas donde la clave es, justamente, el aprendizaje. Solo de redes empoderadas surgirán los apoyos políticos, de entre sus líderes más asertivos, y no desde las candidaturas impuestas por los cenáculos de siempre, y ello va igual para tirios y para troyanos, para partidos y gremios, para todo espacio que requiera representación democrática. Vale recordar que en la diferencia entre convicción y militancia se nos ha ido la vida política, mezquinando los avances de la libertad democrática durante décadas. Y dado que –y aquí parafraseamos a Albert Einstein– pretender obtener resultados distintos, haciendo lo mismo es locura, ¿no va siendo hora de intentar algo distinto?

Hablamos de redes solidarias en todos los ámbitos de la vida comunitaria: para compensar con información en tiempo real la indefensión frente a la acción de los delincuentes, para organizar a las comunidades en la defensa de sus derechos como consumidores, para presionar frente al poder las arbitrariedades cometidas en nombre del proceso, para optimizar el aprovechamiento de los recursos, para hacer cumplir las leyes de la República, para hacer República desde ese espacio intermedio entre el todos y cada uno del individuo indefenso frente a la masa que es la comunidad. Hablamos de redes que, una vez que se agreguen, podrán rebelarse contra la injusticia desde la legitimidad del poder popular, haciendo resistencia inteligente frente al apartheid político.

Solo con una agregación de las redes sociales, politizadas en función de objetivos de diferente escala, que correspondan a diversas realidades sociopolíticas y económicas y que puedan ser ubicables en un corto, mediano y largo plazo, vamos a poder hablar eficazmente de mayoría, más allá de la contingencia, superando el clientelismo. Solo con una agregación de las redes movida por la solidaridad, podremos estructurar el poder popular en función de darle proyectividad, esto es: cumpliendo objetivos. Solo cuando conformemos una mayoría en red, podremos paralizar la toma del Estado por la facción, recuperándolo para los propósitos de la democracia por la misma democracia. Y eso puede y debe hacerse aquí y ahora, considerando a un mismo tiempo la urgencia de defenderse del ataque y la capacidad de creación del después que todos –nosotros– aspiramos.

Y cuando ya seamos mayoría en red, cuando tengamos la capacidad de generar consensos sociales, entonces no hablaremos, mejor que eso, construiremos la salida.