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Claudio Nazoa

Masada y Venezuela

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Vuelvo con Israel. Les hablaré de un lugar absolutamente extraordinario, de un sitio enigmático llamado Masada.

Intentaré transmitir las emociones que Laureano Márquez y yo vivimos en nuestro viaje. En la travesía nos acompañó una especie de sabio, ingeniero e historiador de nombre Enrique Khon. Por esas cosas que nadie entiende, mientras Enrique contaba la historia de Masada, no pude dejar de hacer una analogía insólita con Venezuela. Pero… ¿qué tiene que ver Masada con Venezuela?

Masada es como un tepuy que se encuentra en el desierto de Judea frente al mar Muerto. Es una meseta de 600 por 300 metros de ancho, con una altitud de 440 metros. En este inhóspito e irreal lugar, el malvado rey Herodes, el Grande, líder despiadado y paranoico que asesinó hasta a sus hijos, construyó, entre los años 37 y 31 a. C. un palacio inexpugnable que lo protegería en caso de alguna rebelión. Sabemos muchísimo de la historia de Masada gracias al historiador, judeo-fariseo, Tito Flavio Josefo. En el año 66 d. C. los romanos destruyeron Jerusalén, y un grupo de rebeldes judíos se dirigió a Masada y tomó la guarnición romana que estaba medio abandonada: el solo hecho de llegar a la cima de esta agreste montaña, ya de por sí, fue un acto épico. En la actualidad se llega por un moderno teleférico o a pie, a través un escabroso sendero como lo hacen deportistas dementes.

En la cima, la vista es impresionante: el mar Muerto de punta a punta. Parece una vista aérea. Por allí transitaban caravanas con todo tipo de riquezas y pertrechos. Esos judíos rebeldes vivían, justamente, de cobrarles peaje a esas caravanas.

Para los romanos, esa meseta era estratégica; pero Masada era, sobre todo, una afrenta. Novecientas personas entre hombres, mujeres y niños, retaron al mayor imperio que ha existido.

En el año 72 d. C. los romanos, bajo las órdenes del general Flavio Silva, comandante de las tropas romanas en Palestina, sitiaron la fortaleza y construyeron ocho campamentos fortificados alrededor de la montaña.

Arriba, los rebeldes estaban abarrotados de víveres que habían almacenado. ¿Y el agua?, nos preguntábamos Laureano y yo. Enrique dejó la incógnita hasta el final. El agua de lluvia era recogida a través de un ingenioso sistema de canales, y con la escasa lluvia que cae en el desierto llenaban cisternas enormes. Verlo es increíble. Las proteínas no eran problema porque tenían enormes palomares que aún existen, cavados en la montaña, o sea, a los romanos les iba a costar una bola tomar la fortaleza. Se supone que Flavio trató de hacer un pacto con los judíos para retirar los 30.000 soldados.

Nos imaginamos a Eleazar, el líder judío, gritando a Flavio:

—¿Ustedes no son arrechos, pues…? ¡Suban!

Imagino al enardecido romano halándose los pelos hasta que se le ocurrió una macabra idea: obligar a más de 9.000 esclavos judíos apresados en Jerusalén a construir hasta la cima una enorme rampa que aún existe. Flavio sabía que los asediados no matarían a sus hermanos. He ahí la lección de Masada. Prefirieron suicidarse; decidieron morir antes que aceptar la esclavitud y la prostitución de sus mujeres. Eso, muy mal contado por mí, fue más o menos lo que ocurrió.

En Venezuela vivimos una especie de Masada, pero el asedio es hecho por venezolanos que parecieran odiar a sus hermanos. Venezolanos que utilizan el poder para insultar, vejar, arruinar y mentir.

La única diferencia entre Masada y Venezuela es que en Masada había agua y víveres, y el enemigo era el imperio romano, no el imperiecito cubano.

@claudionazoa