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Antonio Sánchez García

Marxismo, nazismo, comunismo y teoría crítica

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Traigo al recuerdo estos tiempos de rebelión, de furia y esperanzas conmovido por la rebelión de nuestros hijos. Y abrumado por la maldad nazifascista de quienes se creen herederos de Marx, y no son más que esbirros del Hitler habanero.

 

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Quiso el azar que llegara a Berlín Occidental en plena Guerra Fría, todavía fresca la argamasa con la que se levantaba el muro y recién amontonados los rollos de alambre de púas con los que la dictadura estalinista de Walter Ulbricht y el Partido Comunista montara un brutal cinturón de seguridad que rodeaba Berlín con campos minados, casamatas trufadas de ametralladoras punto 50 y torres de vigilancia, reflectores y toda la parafernalia de los campos de concentración que habían dominado en los territorios conquistados por el Tercer Reich hacía apenas un suspiro, con el fin de que no se les vaciara ahora su propio territorio. Una tierra de nadie que obstaculizaba la tentación libertaria que empujaba a los alemanes del este a querer huir hacia el oeste en el que veían refulgir la prosperidad de un milagro económico basado, en gran medida, en los principios del capitalismo: respeto a la propiedad privada, emprendimiento, investigación científica, tecnología y mercado de libre competencia. El mago: Ludwig Erhardt.

Berlín Oriental, siendo la capital más próspera y deslumbrante del bloque soviético –había que competir con la vitrina de Occidente con su despliegue de neón, rascacielos, lustrosos automóviles y una febril actividad comercial, industrial, artística– era, en comparación con Berlín Occidental, una aldea que se había estancado en los años cuarenta. Una capital añejada por el estalinismo, de edificios pesados, grises, aburridos y monumentales, al macroestilo soviético. Que hacía patéticos esfuerzos por llevarle el ritmo a Occidente con una versión de la Coca-Cola tan apestosa como los jarabes contra la tos de nuestra subdesarrollada infancia y unos programas de entretenimiento televisivo que daban verdadera pena ajena. Los Travant, pequeños automóviles de cartón piedra con los que la nomenklatura pretendía agasajar a su funcionariado, parecían más aptos para ser montados en tiovivos que para circular, incluso, por las desérticas autopistas orientales, heredadas de Hitler y su Tercer Reich. Mientras, los Mercedes, los BMW, los DKW, los Taunus, los Borgward, los Opel y los Volkswagen arrasaban en las pasarelas de las ferias del automóvil en el mundo y se paseaban por entre las lujosas vitrinas de la Kurfürstendamm, la Vía Veneto de la ex capital del reich.

En ese ambiente confrontacional, recién salidos del puente aéreo con el que los norteamericanos habían auxiliado desde Frankfurt a la asediada población berlinesa por voluntad de John Kennedy, quien en franco desafío a Kruschev había exclamado en la plaza más popular de Berlín Occidental, Schöneberg,  junto a Willy Brandt: Ich bin auch ein Berliner –Yo también soy berlinés–,  nos hicimos los jóvenes rebeldes del movimiento universitario a rescatar el pensamiento originario de la izquierda marxista alemana de entre guerras. Jamás olvidaré haber mimeografiado Historia y conciencia de clases de Georg Lukács, La función del orgasmo de Wilhelm Reich, Marxismo y filosofía de Karl Korsch, Reforma y revolución y otras obras de Rosa Luxemburg, Trotsky, Kautsky y grandes pensadores marxistas y freudianos. A pesar de tener la Humboldt Universität a tiro de piedra y la realidad del comunismo fotografiable desde las tarimas de cualquiera de los pasos limítrofes, el limes de la Cortina de Hierro –You are leaving the American Sektor!– que atravesábamos para pasearnos por la Karl Marx Allée o ir al Theater am Schiffbauerdamm a ver el Berliner Ensemble y los montajes de Bertolt Brecht, teníamos perfectamente clara la profunda, insuperable diferencia que había entre lo que era el socialismo soviético con sus dictaduras burocráticas del este y la teoría revolucionaria marxista aplastada de manera inmisericorde por el llamado Diamat, el materialismo dialéctico con el que Stalin había desfigurado a Marx hasta convertirlo en religión de Estado.

 

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El líder del movimiento estudiantil alemán que desembocó en la revolución de Berlín y el Mayo del 68 para extenderse luego por toda Europa y Estados Unidos era un Flüchtlinge, un fugitivo de la Alemania comunista hijo de un pastor protestante, llamado Rudi Dutschke, para tener claro que entre el estalinismo del apparatschik soviético y el marxismo fundacional a cuyas playas del utopismo más delirante nos acabábamos de echar no había ni un adarme de interconexión vital. Muy por el contrario. Éramos marxistas furibundos, pero visceralmente antiestalinistas, antidictatoriales, antisoviéticos, antimilitaristas, anticomunistas practicantes y ganados para resucitar una práctica revolucionaria total como la que Marcuse ya predicaba en los años veinte, Horkheimer veía como única salida al atolladero de la crisis terminal del capitalismo y Lukács refulgir la revolución total como único antídoto a la alienación de la mercancía. Habíamos hecho de los Grundrisse der Kritik der politischen Ökonomie, –Fundamentos de la crítica de la economía política– publicados por David Riazanov, director del Instituto Marx-Engels y editor de toda su obra en los años treinta, apenas hacía unos meses reeditados por el Instituto de Ciencias de la URSS, la obra capital para penetrar en el pensamiento profundamente antiestatista, ácrata, verdaderamente anarco-revolucionario de Karl Marx.

En otras palabras: ser marxista, estudiarlo a fondo, conocerlo hasta en sus más íntimos vericuetos no solo no entrababa nuestra cultura profundamente contestataria, rupturista, anárquica, radical. Muy por el contrario: la cimentaba. Como lo hacía Reich con sus insólitas reflexiones sobre la función liberadora del orgasmo, los estudios sobre el matriarcado en las culturas primitivas localizadas al este de Guinea, en las llamadas islas Tobriandos, Freud y el psicoanálisis. Era una extraña concepción de revolución total combinada con maoísmo, la cultura psicodélica, la experimentación con sustancias psicotrópicas, los Beatles, los Rolling Stones, el nuevo cine francés y le nouveau roman. Todo lo cual, además, acompañado por la devoción al tío Ho y la atención a la guerra de liberación vietnamita y la aventura guevarista en Bolivia. Entre quemarse las pestañas estudiando a Hegel y gozar del último éxito de los Beatles –“Penny Lane”, por ejemplo, o “Strawberry fields forever”– no había contradicción alguna. Era, digámoslo sin ambages, la revolución total. Del enfrentamiento entre Eros y Tánatos, Eros. Viva Marx liberado de la Unión Soviética. Y también de Cuba, que a nueve años de nacer ya comenzaba a mostrar su hilacha tiránica y totalitaria.

 

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Era, a su modo, una manera de reengancharse con la Alemania perdida a fines de los treinta, precisamente: a treinta años de distancia, en las brumas de la República de Weimar, perseguida, reprimida, encarcelada y asesinada por el nazismo. Gaseada por el nazismo. Aplastada por el nazismo. Pues, ese marxismo revolucionario, contestatario, profundamente liberador y antidictatorial del Marx de juventud había sido desarrollado por una élite de intelectuales judíos que vivían la encrucijada que separó a Gershom Scholem, el gran especialista en la Cábala y la mística judía, que se iría a Palestina y se engancharía en la construcción del Estado de Israel, de su entrañable amigo Walter Benjamin, quien, a pesar de ser un místico, como lo definiría Scholem, prefirió sumarse a la Escuela de Fráncfort y desarrollar, o intentar desarrollar, una teoría literaria marxista con una obra deslumbrante, llamada El origen del drama barroco alemán, y una interpretación de las formas del amanecer del capitalismo industrial en Los pasajes, uno de los más deslumbrantes ensayos escritos en la Europa de los años treinta.

El marxismo que resucitamos tenía dolientes, la máxima expresión del pensamiento crítico alemán del siglo XX, al que nos adhiriéramos como a una secta iniciática libre de ocultismos: Erich Fromm, Theodor Adorno, Max Horkheimer, Herbert Marcuse, Ernst Bloch, Leo Löwenthal, Jürgen Habermas, Georg Lukács. Vivir la emoción de una conferencia de Marcuse, con su perfil hebreo y su melena blanca flotando al viento del inmenso espacio del Aula Magna de la Freie Universität Berlin es uno de los acontecimientos más emocionantes de mi vida universitaria berlinesa. Ver a un profeta en pleno siglo XX proclamando el derecho a la revolución total como única forma de liberación de la esclavitud de la mercancía y el amor libre de sexos emancipados de la mojigatería burguesa. Oír a Ernst Bloch, otro profeta judío, el autor del Espíritu de la utopía, una obra que conmovió a la Alemania de la primera posguerra, comprender a Hegel desde su personal visión –Objekt-Subjekt– cuya primera edición en español encontré para mi asombro en la Biblioteca de la UCV recién desembarcado en Maiquetía, fue otra impresión indeleble. En ellos revivía el pensamiento como creación pura e infinita: la invención de lo humano. Precisamente allí, en donde se había inventado lo monstruoso inhumano: Auschwitz-Birkenau, Treblinka, Belzec y Dachau, con su cosecha de miles de asesinatos por día.

Traigo al recuerdo estos tiempos de rebelión, de furia y esperanzas conmovido por la rebelión de nuestros hijos. Y abrumado por la maldad nazifascista de quienes se creen herederos de Marx, y no son más que esbirros del Hitler habanero. Rebelión infinitamente mayor que nuestras protestas de esos tiempos. Juego, devaneos y escaramuzas comparadas con las vidas asesinadas y la sangre derramada en el asfalto de nuestras sucias ciudades, en las aceras de nuestras tristes avenidas. Me atrevo a afirmar que esos crímenes fueron cometidos por salvajes incultos y despreciables, militares analfabetos, abyectos y repulsivos. Animales sin una sola gota de cultura. Ante su barbarie, reivindico el reino de las ideas. Y bendigo nuestras universidades. Pagarán en su momento. Ojo por ojo.