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Héctor Silva Michelena

De Marx a los bolcheviques: un Reader’sDigest (I)

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El target de este trabajo es mostrar, brevemente, la larga cola de paga que tiene el PSUV, al momento de realizar su III Congreso.

En artículo pasado señalé que la palabra socialismo era, en palabras de Engels (1845) “vaga, indefinida e indefinible”.  Esta situación arropó a la propia Unión Soviética, a los países del Este europeo y a China, sin olvidar a Vietnam y Cuba.  En una clara nota  en su libro The Socialist System. The Political Economy of Communism, Princeton (1992, p.10), János Kornai escribe: “Mi elección entre los términos ‘sistema socialista’ y ‘comunismo’ se basa en la siguiente consideración. El marxismo-leninismo, la ideología oficial del  Partido Comunista, usa la expresión ‘comunista’ en un sentido muy distinto. El Partido llama comunista a la nunca lograda sociedad  utópica del futuro, en la cual todos participarán de la producción social según sus necesidades. Los militantes del Partido Comunista  en el poder nunca se refirieron a su propio sistema como comunista”.

En la historia intelectual del socialismo previo a Marx, se produjeron ideas de un alto valor intrínseco. Decenas de miles de personas en el mundo todavía se aferran –y siempre habrá quiénes lo sigan haciendo, los hombres y sistemas perecen: las ideas no– ¿Cómo estar en desacuerdo con la visión de una sociedad fraternal, equitativa y democrática que, mediante una planificación indicativa, asuma un Estado en sinergia con el mercado, a fin de controlar las fallas de este último, y las desigualdades intolerables que genera, si se lo deja al arbitrio de un arcaico  laissez faire, laissez passer?

El espíritu socialista fue herido de gravedad cuando la Revolución Rusa generó de sus entrañas una dictadura totalitaria, y se debilitó aun más cuando espurios movimientos autoritarios expropiaron la palabra socialista. Esta gente pensante se pregunta, con razón ante la presente crisis mundial, en particular la europea: “después del Estado de Bienestar, ¿qué?” Hay respuestas, pero no por el camino de una ilusión, de una entelequia cuya praxis dejó millones de cadáveres sembrados por el mundo. Son cadáveres, pero sus gritos de dolor y sangre aun se escuchan. No olvidemos que Sócrates, el Tábano de Atenas, dijo: “...Porque, si me matáis, difícilmente encontraréis otro hombre como yo, a quien el dios ha puesto sobre la ciudad, aunque el símil parezca ridículo, como el tábano que se posa sobre el caballo, remolón, pero noble y fuerte, que necesita un aguijón para arrearle. Así, creo que he sido colocado sobre esta ciudad por orden del dios para teneros alerta y corregiros, sin dejar de estimular a nadie, deambulando todo el día por calles y plazas...”.

Las corrientes socialistas mencionadas fueron ríos tributarios de una poderosa corriente que dominó la tradición socialista en el último tercio del siglo XI: el marxismo. Karl Marx (1818-1883), poseía una poderosa mente sintetizadora: fusionó la filosofía idealista alemana, con la economía política británica y con el socialismo francés. Su pensamiento maduro se inicia con El Manifiesto Comunista (1848), publicado junto con Friedrich Engels, su compañero intelectual de toda la vida.

El Manifiesto Comunista es bien conocido, sin embargo, presentamos aquí un digesto: para Marx la sociedad es una balanza móvil de fuerzas antitéticas, la discrepancia es la madre de todas las cosas, y el conflicto social es el núcleo del proceso histórico. Los hombres luchan contra la naturaleza para arrancarle sus medios de vida. En este proceso, los hombres se relacionan entre sí, y estas relaciones difieren según la etapa de desarrollo que han alcanzado en sus actividades productivas. Emerge en la sociedad la división del trabajo, la cual conlleva a la formación de clases antagónicas que son los primeros actores del drama histórico. En contraste con sus predecesores, Marx no vio la historia como una simple lucha entre ricos y pobres o entre poderosos y desposeídos; mostró que tales luchas difieren cualitativamente dependiendo de cual clase histórica particular emerge en una etapa dada de la historia. Marx define a una clase como un conjunto de hombres que comparten una posición común en el proceso productivo y desarrollan una visión común y la realización de sus intereses mutuos. Introduce el concepto de modo de producción el cual, en último análisis es el factor decisivo de un movimiento de la historia. Sostuvo que las relaciones de producción constituyen la estructura económica de la sociedad sobre la cual se erige toda una súper estructura política, cultural, religiosa, etc.

Denominó a su doctrina “socialismo científico”, para diferenciarlo del de sus predecesores que proponían un “socialismo utópico”. La lucha de clases conforma la historia; la lucha de los proletarios contemporáneos contra sus amos capitalistas conducirá inevitablemente a una sociedad comunista, después de un período de transición liderada por la dictadura del proletariado, para despojar despóticamente a la burguesía de sus medios de producción; logrado este objetivo los trabajadores se asociarán para diseñar su destino colectivo cooperativamente, libres de toda restricción económica y social. La lucha de clases llegaría así a su fin.

Como profesor, pregunté a muchos aspirantes a hacer equivalencias con el currículo de la Universidad Central, de sus materias aprobadas en la Universidad Rusa de la Amistad de los Pueblos Patricio Lumumba, donde les inculcaron que la lucha de clases es el motor de la historia: si el motor de la historia es la lucha de clases, entonces, una vez apagado el motor ¿qué mueve a la sociedad comunista? La respuesta se reflejaba en el desconcierto de sus ojos.

El Manifiesto no tuvo impacto en las revoluciones europeas de 1848, y Marx y Engels se dedicaron al estudio aislado en Inglaterra y en el Continente. El socialismo era, en esa época el credo de sectas aisladas, a menudo exiladas. Pero en 1864 volvieron al trabajo con orientación internacionalista sobrepasando a los estados nacionales. Fundaron así Asociación Internacional de Trabajadores o Primera Internacional. En Inglaterra la clase obrera fue impermeable a la ideología marxista. En el Continente, especialmente en Alemania, el marxismo se difundió rápidamente y pronto se convirtió en la principal doctrina de los movimientos laborales. La social democracia alemana jugó un papel muy importante en la difusión y polémica del socialismo. Sus principales representantes fueron: Ferdinand Lassalle (1825-1864) quien fue el arquitecto del movimiento laboral alemán, Karl Kautsky (1854-1938) y Eduard Bernstein (1850-1932). Entre estos dos últimos autores hubo grandes polémicas relacionadas con la conciliación de la teoría marxista con la participación de los socialistas en las actividades nacionales de los países burgueses.  Estas discrepancias dieron lugar a los que se conoce con el nombre de revisionismo. Entre estos dos importantes pensadores se desarrolló una agria polémica, el revisionismo conmovió  las bases del Partido alemán. Las tesis de Bernstein fueron derrotadas en 1903, pero el revisionismo impregnó al Partido, en especial a sus líderes sindicales y parlamentarios. Cuando estalló la Gran Guerra casi la totalidad de los líderes socialistas apoyaron a sus respectivos gobiernos, poniendo así fin a sus pretensiones internacionalistas.

La Primera Internacional generó una variedad de movimientos socialistas en toda Europa, y pronto se hizo evidente que el movimiento internacional ya no podría ser controlado por un solo centro directivo. Después de eso la disolución de la Primera Internacional en 1876, Marx y Engels permanecieron como figuras paternales cuyo consejo era solicitado; pero ellos ya no podían dirigir el movimiento. La historia del socialismo se convirtió entonces en movimientos nacionales separados, que solo con un reconocimiento ceremonial de la ortodoxa marxista tendieron cada vez más hacia una línea revisionista y no revolucionaria. Tal vez por eso, a inicios del siglo XX el socialismo ya era una fuerza parlamentaria poderosa en la mayoría de los países europeos. La excepción fue Rusia donde la autocracia zarista aún se mantenía. Pero permanecían minorías de izquierda, revolucionarias ortodoxas.

La Segunda Internacional estaba dominada por el partido alemán que mantenían la retórica marxista tradicional y eran inflexibles contra la propuesta de apoyar la participación socialista en los gobiernos burgueses. Para el momento esta posición no era realista, claramente intransigente. Cuando el asunto se sometió a voto en el congreso de Ámsterdam de 1904, se produjo un enfrentamiento entre los alemanes u otros socialistas liderados por Jean Jaurès, quien dijo: “Detrás de la inflexibilidad de las formulas teóricas de su excelente camarada Kautsky le proveerá hasta el fin de sus días, ustedes esconden… su incapacidad para actuar”. Sin embargo, cuando estalló la guerra la mayoría de los componentes nacionales del partido abandonaron la idea de la solidaridad internacional de la clase obrero: los obreros, después de todo, tenían una patria.

Como vimos los bolcheviques habían tomado el poder en octubre  de 1917 y sostenían la creencia de que la revolución se difundiría por el resto de Europa. Con el tiempo las tesis de Bernstein se han ido imponiendo; sostenía en su obra Socialismo Evolucionario (1899) que el partido debería abandonar el bagaje revolucionario y reconocer teóricamente lo que ya había aceptado en la práctica, es decir, que Alemania no tenía por qué atravesar convulsiones revolucionarias con el fin de alcanzar los objetivos socialistas. Estas tesis fueron gravemente discutidas y dieron lugar a severas acusaciones y condenas. Finalmente, la socialdemocracia alemana, desde 1951 dejó de mencionar la lucha de clases y otros elementos marxistas tradicionales. En 1959, en Bad Godesberg, el partido eliminó los últimos remanentes del marxismo, el nombre de Marx y las palabras “clases” y “lucha de clases” no aparecen en el programa que se hizo. El partido apoyaba la tesis de: tanta competencia como sea posible y tanta planificación como sea necesaria. La “economía mixta” fue vista como un ideal. Y ya para 1969, bajo el liderazgo de Willy Brandt, el partido se volvió reformista, pluralista y democrático, y hecho las bases del Estado del Bienestar.

Volvamos atrás y miremos brevemente los acontecimientos en Rusia. El padre del marxismo ruso fue Gregory Plejanov quien, conforme con Marx sostenía que la revolución burguesa era inevitable en Rusia en el curso del desarrollo industrial, lo que generaría una clase obrera importante, fundamental para lograr el comunismo. Pero, contra la etiqueta del marxismo alemán, Lenin (1970-1924) argumento en su panfleto qué hacer 1902 que el socialismo sólo se lograría cuando revolucionarios profesionales tuviesen éxito en movilizar a las masas obreras y campesinas, las cuales, dejadas a sí mismas no irían mas lejos de formarse una conciencia sindicalista. Se necesitaba una organización de revolucionarios militantes, disciplinada y sin compromisos para moer a las masas. Este es el origen de las tesis adoptadas por todos los comunistas según la cual el partido es la vanguardia de la revolución: nació así el vanguardismo, que no es más que un jacobinismo que hizo demasiado daño al movimiento.

Lenin y sus seguidores del Partido Social-Demócrata Ruso de Trabajadores se reunieron (ilegalmente) en Londres. Pronto se formaron dos corrientes: una, liderada por L. Martov  pseudónimo de Yuly Osipovich Tsederbaum (1873-1923), la más ortodoxa quien sostenía: “A nuestro modo de ver el partido no se limita a una organización de revolucionaros profesionales. Consiste de ellos, más toda la combinación de los elementos activos y líderes del proletariado” las dos fracciones se enfrentaron hasta su división final en 1912 en Mencheviques (minoría) y bolcheviques (mayoría) donde estaban Lenin y Trotsky.

La chispa que hizo estallar la revolución de fue un motín de  masas de campesinos descontentos por la recluta para la guerra, y se amotinaron al negase a dispararles a las multitudes civiles insurrectos. Los generales, temerosos de que el motín se propagara al frente, persuadieron alzar Nicolás de que abdicara con el fin de salvar a Rusia de la derrota. El zar abdicó el 15 de marzo y se retiró. Asumió el poder un comité de diputados de la Duma, que se autodenominó “gobierno provisional”. Su primer ministro fue Gueorgui Lvov, del  Partido Constitucional Democrático (KD o kadete, liberal). Renunció a su cargo el 20 de julio de 1917 tras recibir de sus ministros socialistas una lista de principios generales que debían dar pie a un programa de reformas políticas y que se basaba en las resoluciones del Primer Congreso Nacional de los Soviets (Consejos). Demasiado radical para Lvov, este rechazó la propuesta y dimitió. Lvov rechazaba subordinar el gobierno a las decisiones del Sóviet de Petrogrado, aplicar el programa de reforma agraria del ministro social revolucionario de Agricultura, Víctor Chernov, disolver la Duma Imperial de Rusia o proclamar la república.