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Ramón Hernández

Sin Marx ni el Che

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Salvo para alguno que otro escritor desprevenido o para académicos sin conexión a Internet, los escritos de Karl Marx y Ernesto Guevara de la Serna no tienen valor alguno en los tiempos que corren. Lo único que todavía se pondera, y como valor de uso, son las fotos de ellos, que se multiplican en brazaletes, afiches, franelas y otros utensilios que compran y se ponen los que prefieren la forma más que el fondo, con la subsiguiente generación de ganancias a los capitalistas de siempre. ¿Pírricas o pingües?

Ambos barbudos, íconos del imaginario revolucionario, han perdido carisma y popularidad. Sus frases y sus heroicidades estremecen a muy pocos. No tienen aplicación práctica, tampoco teórica. Sus promotores, antiguos y recientes, han demostrado que se pueden utilizar para todo lo contrario de lo que pregonan: para esclavizar al hombre, no para liberarlo. Uno y otro confundieron su propia cotidianidad con la mecánica de la humanidad; el precio con el proceso de producción, y las balas con las luchas de independencia.

En países atrasados y de alto índice de analfabetismo estos dos anacronismos se mantienen en los altares privilegiados y se consultan sus escritos con tanta fe como poco raciocinio. La historia no le dio la razón a ninguno de los dos y fueron despojados de la lucidez que los intereses geopolíticos momentáneos les habían otorgado, que en el caso de China fue poner el retrato de Marx en los billetes, casi una burla, mientras que todavía ofrecen a coleccionistas billetes del Banco Central de Cuba con la firma del Che, otra barbaridad.

En La Habana y en Pionyang, el marxismo, en la versión de la extinta Academia de Ciencias de la URSS, sigue siendo objeto de estudio y alabanza en los centros académicos; su “compresión” y “conocimiento” son esenciales para mantenerse y ascender dentro del aparato que domina el Estado. Sin marxismo no hay medallas ni tarjeta de racionamiento.

La ideología marxista que siguen es una farsa. El mismo papel se le podría asignar a una canción de los Beatles o a los documentos que Julio Escalona enviaba a sus contados seguidores desde algún penthouse de Caracas cuando fingía estar combatiendo en un frente guerrillero. Nadie profundiza en su esencia, sino que se dejan llevar por la melodía y la imaginación. Cada quien piensa que está en el lado correcto de la historia, les basta repetir los enunciados y los insultos del pran mayor.

En Venezuela somos afortunados. Pese a la cruel represión, la tortura abierta, el fracaso del proyecto económico con el que Jorge Giordani estafó a Hugo Chávez y el aprovechamiento personal y desmesurado de la renta petrolera por la camarilla que maneja el poder, nadie, salvo el importado Juan Carlos Monedero, más gilipollas que marxista, se considera experto o intérprete del barbudo de Tréveris. Giordani no llega a tanto, Britto García prefiere el buceo, y todos saben en qué callejones se extravía Earle Herrera y su vieja comparsa de Los Claveles. Ives quedó para los muchachos y en el anonimato.

Lo único que perpetra la camarilla en el nombre de Marx es el falso traspaso de los medios de producción al proletariado, y que ha servido para que el gobierno se apropie de la plusvalía de los obreros de las empresas expropiadas. Hoy los empleados de la Cantv, de La Electricidad de Caracas, de Lácteos Los Andes, de Café Madrid y de Fama de América, por ejemplo, ganan mucho menos que cuando esas empresas eran de propiedad privada, pero están obligados a una fidelidad y a una militancia partidista que les estropea mucho más que los fines de semana: su equilibrio existencial.

Como la nomenklatura carece de fundamentos ideológicos, de base doctrinaria, sus integrantes y secuaces asumen el odio y la exclusión como los sustitutos; cambian los manualitos por el mazo, la dialéctica por el fusil y la solidaridad por la pistola automática; o por el trapito amarillo, como Samán, para limpiar el mostrador de la arepera. Lo suyo es un marxismo antediluviano, un imaginario revolucionario que cada quien se inventa de acuerdo con sus particulares apetencias.

Ya es tarde para leer El Capital, Nicolás; tendrás que abrevar en las canciones de Alí Primera y de Silvio Rodríguez, dos anacronismos del tarareo que alumbran a Tania Díaz y a Desirée Santos mientras esperan el quince y último y los otros olvidan que las vieron dándose golpes de pecho por la libertad de expresión que ahora atropellan. Vendo santoral de la iglesia marxista, incluye legión de vírgenes, sin uso, claro.