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Antonio Sánchez García

¿Por qué María Corina?

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No se requiere mayor perspicacia y sabiduría políticas para comprender el por qué del apuro de Diosdado Cabello en sacarse de encima a la diputada María Corina Machado. Si alguien aún no lo entiende ni vio la transmisión televisiva del Congreso de la República en su sesión de este lunes 22 de diciembre, que revise las grabaciones. Constatará un hecho verdaderamente insólito: en ese congreso existe una unanimidad absoluta, soterrada, aunque desde hace años enmascarada en palabras y gestos, declaraciones y manifiestos, pero que fuera violentamente puesta de relieve con la provocativa y perfectamente proyectada insistencia con que los dos diputados a cargo de presentar los listados de candidatos seleccionados – los electos lo estaban desde mucho antes de que se reuniesen los miembros encargados de seleccionar “justa, objetiva y democráticamente” a los postulantes, mero relleno para enmascarar una decisión tomada en las alturas de Miraflores y el PSUV hace meses – subrayaban tonal y gestualmente que los a continuación presentados “lo fueron con plena, absoluta y total unanimidad de los diputados de la revolución y los diputados de la oposición”, en un concierto de voluntades parlamentarias ejemplarmente democráticas, saludado con sincera admiración nada más y nada menos que por Darío Vivas, que hubiera podido ser admirado por el mismo Alexis de Tocqueville. Como no hubo una mínima señal de reprobación, ni siquiera cuando con la misma delectación los diputados Pedro Carreño y Earle Herrera subrayaron sarcásticos lo de la unanimidad, refiriendo a las firmas de los allí presentes diputados de la MUD en los documentos probatorios, debemos darle crédito absoluto a lo afirmado por la bancada dominante.

Nada de qué asombrarse. Ese congreso es una farsa en el que unos juegan a revolucionarios y otros a opositores, si bien ni los revolucionarios son revolucionarios ni los opositores son opositores. Conviven como miembros de una misma gran familia política, con sus clásicas desavenencias, sus preferidos y sus despreciados, sus consentidos y sus mangoneados, sus privilegiados y sus recogiditos. Un elemental examen de ingeniería genética demostraría que comparten el mismo ADN, cuyo gen dominante se llama “populismo”, acompañado por los otros clásicos genes de la política venezolana y latinoamericana desde tiempos ancestrales: el estatismo, el clientelismo, el socialismo. Un secreto hilo conductor comunica a quien ejerce de presidente con quienes presiden las bancadas del bando de la otra acera: un Julio Borges, un Edgar Zambrano y todos quienes pretenden la representación de ese hoy por hoy mayoritario pueblo venezolano que exige a gritos un cambio real y verdadero, profundo y radical del régimen de oprobios que lo atribula.

 

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La única figura que no cuadraba genéticamente con esa comunidad celular, sanguínea, espiritual de revolucionarios y opositores de la gran familia tribal de la política venezolana representada en esos espacios del crapuloso entendimiento nacional era, precisamente, María Corina Machado. ¿Quién sino ella tuvo la hidalguía y el coraje de llamar ladrón al ladrón, asesino al asesino, corrupto al corrupto? Una impertinencia en una asamblea de ladrones, corruptos y asesinos, donde bajo ningún motivo debe mencionarse la cuerda, pues se está entre verdugos y potenciales candidatos a la horca.

De modo que es perfectamente imaginable que la diputada María Corina Machado, de cuya verticalidad y honestidad nadie tiene la menor duda, no se hubiera prestado al juego de hacer como que seleccionaba a quienes no tenían otra función que darle un barniz de legitimidad a los que el régimen ya había designado meses antes del primer seudo encuentro de una seudo comisión de unos seudo representantes del pueblo. Como a juzgar por la patética actuación de la parte abominada de la tribu quedara de manifiesto. ¿Iba a aceptar la diputada Machado seleccionar a la responsable del encarcelamiento del único líder opositor reconocido por el pueblo para que repitiera su período de infamias al frente de una sedicente Fiscalía General de la República, una funcionaria que en sus años al frente de dicha institución no le ha dado curso a una sola averiguación incómoda al régimen que representa?

Pues con esos diputados, dispuestos a jugar a la falsa, mendaz y artificiosa unanimidad, para hundir la cabeza en sus entrepiernas cuando el señor Darío Vivas o la diputada Eckhout revoloteaban en las cavidades de sus bocas la u, la ene, la a, la ene, la i, la eme, la i, la de, la a y la d de U N A N I M I D A D, no se saldrá jamás de esta ignominia. A no ser, como ellos esperan y es el único albur que se atreven a jugar, que a la dictadura se le venga la estantería al suelo, los cubanos escapen de un eventual deslave, sus gobernadores recuerden la única verdad que les aflige – “el pescuezo no retoña” – pongan pie en polvorosa y un Miraflores desierto, los pasillos abandonados, los cortinajes de terciopelo arrancados, junto con cuadros, tapices, alfombras y muebles de menor cuantía amontonados en los rincones tras el arrase de los fugitivos, les autorice a entrar, juramentarse, rebobinen la cuerda del reloj republicano y echen a andar entre gaitas y merengues caraqueños la sexta república. Una proeza digna de Giuseppe Tomasi di Lampedusa.

¿Se entiende el apuro en defenestrar a la diputada María Corina Machado y encarcelar al indiscutible líder de la única oposición existente, Leopoldo López? Para la genética del populismo nacional, todos los demás son digeribles. Pertenecen y son fieles a la cofradía de los que comulgarán por siempre con las ruedas de carreta del gangsterismo político nacional. Allí la prueba: de un lado, Stalin González; del otro, Ricardo Sánchez. Caimanes de un mismo pozo.

 

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Hace ya más de un siglo, en la revista La Alborada, Rómulo Gallegos, refiriéndose al congreso de comienzos del siglo XX, que sesionaba en el mismo escenario en que se escenificara el bochornoso acto de insolencia golpista y dictatorial del pasado lunes 22 de diciembre, expresó textualmente lo siguiente: “Harto es sabido que este Alto Cuerpo en quien reside, según el espíritu de la Ley, el Supremo Poder, ha sido de muchos años a esta parte un personaje de farsa, un instrumento dócil a los desmanes del gobernante que por sí solo, convoca o nombra los que han de formarlo, como si se tratara de una oficina pública dependiente del Ejecutivo y cuyas atribuciones están de un todo subordinadas a la iniciativa particular del Presidente. Naturalmente éste escoge  aquellos delegados  entre los más fervorosos de sus sectarios, seleccionando, para la menor complicación, aquellos partidarios incondicionales cuyo más alto orgullo cifran en posponer todo deber ante las más arbitrarias ocurrencias del Jefe. Estos son los hombres propios para el caso y como además, en la mayoría de las veces, adunan a esta meritoria depravación moral, una casi absoluta incapacidad mental, la iniciativa del Presidente, después de ser posible llega a convertirse en necesaria”. Perfectamente aplicable a nuestra situación, si bien con una diferencia abisal: el presidente que los nombró por serviles, fanáticos y obsecuentes, está muerto. Son los sobrevivientes de una farsa que vive sus últimos minutos.

Puedo adelantar con suficiente elementos de juicio que entre esos hombres que personificaban “esta meritoria depravación moral y una casi absoluta incapacidad mental” no se encontraban espalderos, asesinos, ladrones ni capitanes de industria enriquecidos brutalmente a la sombra del arbitrio absoluto del Poder. Y la farsa a la que se refiere Rómulo Gallegos no implica la existencia de fracciones dizque opositoras dispuestas a cohonestar las arbitrariedades que a bien tuviera la bancada de depravados morales e incapaces mentales al servicio del dictador de turno. En ese caso, del compadre de Cipriano Castro, tan locuaz, tan delirante, tan irresponsable y abusivo como quien designara a los sobredichos, pero con suficiente patriotismo como para enfrentar a quienes osaran “hollar el suelo de la Patria”.

Este “instrumento dócil a los desmanes del gobernante” ha cumplido a cabalidad las funciones que Gallegos le asignara a la farsa parlamentaria del castrogomecismo: actuar como si formara parte “de una oficina pública dependiente del ejecutivo y cuyas atribuciones están de un todo subordinadas a la iniciativa particular del presidente.”  Lamentable reiteración de taras tan antiguas, que ya parecen ancestrales. Pero aunadas al patético papel interpretado en la farsa por quienes, con su presencia, legitiman el siglo transcurrido. Le dan a esa oficina pública, tan aleve, tan espuria y tan bárbara como la que enfrentaba nuestro gran novelista, un barniz de moderna representación ciudadana y cohonestan, con sus supuestas “unanimidades”, la flagrante, insólita y escandalosa violación a los derechos consagrados en la Constitución, incluso de ésta, cortada a la medida por el reciclado Cipriano Castro de nuestra tragedia. Muy posiblemente ya a la espera, luego de este fantasmón transitorio, de su correspondiente Juan Vicente Gómez.

Uno de los más viles argumentos de esa seudo oposición, obsecuente y maniatada por sus propios prejuicios e incapacidades, cayó por los suelos: los individuos nombrados por ese parlamento de pacotilla lo hicieron en vista y presencia plena de los diputados electos en 2010. Con plena participación opositora. No se deben a abstención alguna, como han insistido en sostener, sin excepción ninguna, todos los miembros de los partidos de la Mesa de Unidad Democrática, sus portavoces y personeros. Allí estaban presentes, si bien con el rostro entre las piernas.

Quien se deja humillar, merece que lo humillen. Una triste, lamentable y patética jornada de uno de los días más aciagos para los demócratas venezolanos. Precisamente, cuando quienes detentan el poder y proceden como hoy lo hacen penden de un hilo. Una brutal contradicción que es muy importante tener presente, cuando la historia, más temprano que tarde,  termine de dictar su sentencia.

@sangarccs