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Mirla Alcibíades

María G. Carbonell en Puerto Cabello

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A Noelia Linares, amiga de siempre.


En 1856 se inaugura la telegrafía en Venezuela. Fue posible al lanzar un cable entre La Guaira y Caracas. Así, y de forma inmediata, cada una de estas ciudades estaba al tanto de lo que acontecía en la otra. Claro, cuando se caía (o algún ocioso destruía) el hilo conductor del mensaje la comunicación quedaba interrumpida pero, hay que decir, muy pronto, era restablecida.

Para que esa comunicación se mantuviera hacía falta, desde luego, los telegrafistas; vale decir las personas que enviaban y recibían los mensajes. Como cabe suponer, eran operarios. Es decir, durante varias décadas los hombres asumieron esta responsabilidad: las mujeres tuvimos vedado el campo.

Finalmente llegó el momento y el veto se levantó. De manera que, cuando la prestigiada revista El Cojo Ilustrado publicó una fotografía en su edición del 1º de mayo de 1897, se supo que las mujeres habían ingresado en número significativo al universo de la telegrafía. En la imagen correspondiente se aprecia un grupo de damas y caballeros –decía la leyenda al pie– que pertenecían al primer curso de telegrafía. Llega a seis el número de las estudiantes.

Como era habitual en esa revista, al final de la edición abundaban en noticias referidas a las fotografías que mostraban. En esta oportunidad hicieron honor a esta práctica y abundaron en otros detalles. Decían que en mayo de 1896 se había restablecido la Escuela de Telegrafía y que, en esa ocasión, se había aprobado la enseñanza de mujeres.

Cada uno de los estudiantes que se apreciaba en el grupo había obtenido el título que lo acreditaba. El acto de graduación (como los estudios) se habían hecho en aulas separadas; por ello, los caballeros recibieron el diploma el día 3 y las damas el 4 de febrero de 1897. De acuerdo con las fechas que proporciona la nota periodística, el adiestramiento había durado menos de un año.

Las damas que constituían esa primera promoción eran: la señora Concepción de Taylhardat y las señoritas María Irazábal, Micaela y Peregrina Carvallo, Susana Caldera e Isabel Castro. Seis en total, como habíamos visto. Sobre la primera de ellas, he publicado un libro que titulé Periodismo y literatura en Concepción Acevedo de Taylhardat. En otra oportunidad les confiaré por qué pienso que su nombre es imprescindible para la historia de la literatura venezolana. Pero, por lo pronto, sigamos con nuestro asunto.

En lo personal, estaba convencida de que los hechos se habían dado de esa manera: que las primeras telegrafistas del país habían recibido el grado en 1897. Me habría mantenido en esa creencia cuando, de manera inesperada, me topo con otra noticia. En esta ocasión se trató de una declaración que envió en 1905 a un periódico de Coro una dama venezolana residente en Estados Unidos. Seguramente la información referida a la primera promoción de telegrafistas venezolanas corría de boca en boca y ella, alejada de Venezuela, se había enterado años más tarde de lo que se daba por verdad.

El hecho cierto es que esta dama era María G. Carbonell. En las precisiones que envió a la redacción, hizo una serie de puntualizaciones que vale la pena tomar en cuenta en los actuales momentos. La primera de ellas tiene que ver con el título que elegí para la crónica de hoy. En esos renglones decía que ella había sido la primera telegrafista graduada en el país y que había comenzado su aprendizaje en Puerto Cabello. Una vez adquirida la práctica indispensable fue operaria de la oficina telegráfica de Macuto.

Una vez que hubo alcanzado la destreza necesaria, pidió al ministerio correspondiente (que lo era el de Fomento) el examen en el área de Correos y Telégrafos. Según sus palabras: “Por lo excepcional del caso o por hacerme mayor honor la Junta examinadora fue compuesta del Ministro de Instrucción Pública, del Director y del Subdirector de la Escuela Politécnica, del Inspector de Telégrafos Nacionales y de los Doctores Guánchez y Delgado Palacios. Fui aprobada, y, ya armada con mi título, por especial favor de la suerte conseguí ser admitida como telegrafista particular del General Joaquín Crespo, Presidente de Venezuela”.

La comunicación de María G. Carbonell abunda en otras informaciones que se relacionan con la continuación de sus estudios y con la beca que le otorgó Joaquín Crespo para que continuara especialización en Estados Unidos. Sin embargo, por la abundancia de detalles y por exceder estos el propósito de la crónica de hoy, me comprometo con mis lector@s a seguir indagando en la vida de esta pionera para ofrecer una nota más completa sobre ella en una próxima oportunidad.

Por lo pronto, queda cumplido mi propósito del día, cual era mostrar que las telegrafistas venezolanas iniciaron su recorrido en Puerto Cabello y no en Caracas, como habíamos creído quienes nos interesamos en estos temas.