• Caracas (Venezuela)

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Gustavo Briceño

Sobre Margarita y el derecho al desarrollo

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Constaté en estos días un reflejo de cómo se encuentra Venezuela actualmente. Cuando era joven o adolescente, viajaba con frecuencia a la isla de Margarita, concretamente a Porlamar donde había una situación de bonanza económica y en general alegría mundana que se hacía sentir a lo largo de no solo la ciudad llena de centros comerciales y luces vibrantes, sino de playas establecidas a lo largo de sus bellas costas para el bien mirar de los turistas, en fin, referencia era la isla en el mundo, por lo agradable de su gente y por la maravilla de sus playas y sitios recreacionales.

Con motivo del bautizo del libro de mi amigo Álvaro Briceño Braun –fui el prologuista– tuve la desagradable experiencia de transitar un poco por la ciudad, y solo hago referencia el camino de la autopista del aeropuerto al lugar donde nos reunimos los amigos del homenajeado. Ya la isla no es como era antes. Uno denota un mal humor del chofer, que nos trasladó al lugar del encuentro y nos contó el incomprensible y alocado costo de la vida, para lo cual a este pueblo le exige la realidad cotidiana que sufre para poder alimentarse y subsistir. Todo por las nubes, y más aún cuando la queja principal es la inseguridad personal y la desolación que tienen cuando no encuentran los bienes necesarios para consumir con el costo de las colas y las humillaciones que reciben de los guardias nacionales como agresores, generando saqueos y desesperanza alrededor de comercios dedicados a vender comida y productos de primera necesidad.

No existe obligación alguna para permitir lo que el pueblo venezolano está sufriendo por la culpa incluida de un gobierno que ha despilfarrado millones y millones de dólares que los venezolanos hoy día no sabemos dónde se encuentran ni en manos de quién están. Diría entonces que la violación de los derechos humanos se instala en Venezuela alterando un sentimiento de reacomodo diario que frustra a las grandes mayorías. Hoy en día se exige con mayores razones un castigo para los liquidadores de la democracia como sistema político y como derecho, y el daño que estos actores le han causado a nuestro pueblo. Ya la guerra no es vista de manera convencional como antaño, donde un pueblo se maltrataba generalmente con armas y municiones al desamparo de la muerte y de la tragedia de ver un gobierno burlándose de las esperanzas de los ciudadanos. Hoy el daño es políticamente intencional y premeditado.

En efecto, el maltrato a los ciudadanos es peor hoy día, cuanto es más perverso al no responder con políticas económicas o sociales adecuadas a los nuevos tiempos. Es entonces una violación de los derechos humanos la utilización consistente de proyectos económicos desvinculados del presente y del futuro, pero sí apegados al pasado insistiendo en que los mismos son solucionadores de las carencias del pueblo. Todo pueblo tiene derecho al desarrollo (Asamblea General de la ONU Resolución No-41/128. 4-12-86), es desde luego un derecho humano ya suficientemente consustanciado con el mundo y sus gentes y sus implicaciones de su expresión en el contexto nacional e internacional.

Visitando la isla de Margarita constaté entonces la gran violación del derecho al desarrollo de un pueblo que sufre diariamente sus carencias. El derecho al desarrollo no solo es el derecho de la gente a crecer y vivir dignamente en el contexto social, sino poder disfrutar de momentos personales y vivir los altibajos de la vida con armonía y dedicación. Es el derecho de todo ser humano de desarrollarse como persona y como colectivo. La imposición de un modelo ideológico incongruente y alejado de la realidad atenta contra este especial derecho humano. Así lo creo.