• Caracas (Venezuela)

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Álvaro Requena

Manual para vivir aquí

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No espere el ilusionado lector encontrar en este artículo el resultado de su esperanza. Por el contrario, es una solicitud ansiosa y perentoria que hago a los habitantes de este casi desbaratado país para que asumamos esa tarea.

Si nos ponemos de acuerdo unos cuantos cientos de venezolanos, inmigrantes y visitantes, quizá podamos juntar reglas y buenos consejos que permitan a los futuros lectores de ese necesario manual afrontar la vida diaria y los acontecimientos legales, económicos y de salud, así como papeleos, entender las noticias políticas, económicas y sociales, y comprender las estadísticas y, por supuesto, aceptar con serenidad piadosa, bien aventurada y esperanzada, las decisiones judiciales o la falta de ellas.

Trataré hoy de transmitir a ustedes esa expectativa de cómo hacer para vivir mejor en Venezuela con sobresaltos, temores, carencias y desconfianza en las instituciones y el Gobierno.

Sugiero que el manual comience por explicar que aquí un asunto puede significar lo contrario de lo que significaría en otra parte del mundo, como por ejemplo: mayoría de votos significa minoría de candidatos investidos tanto en la Asamblea como en la Presidencia de la República; un cargo público ganado por votación electoral es inmediatamente desconocido y supeditado a otro cargo inmediatamente decretado, no electoral y de mayor poder; una persona es detenida para averiguación penal por más de 45 días y “no está presa”, pero tampoco tiene medidas que le permitan estar en otro régimen legal, y así puede durar años y sin saber porqué está allí; hay libertad de expresión, pero se graban las conversaciones personales con impunidad y complacencia “legal”.

Nadie puede tener paz en sus conversaciones y expresiones en intimidad. Pronto no habrá amistad que soporte la sospecha. Hemos visto casos insólitos con la más exagerada forma de pensamiento por reducción al absurdo: una subasta al revés. No ganan los que ofertan más ni los que ofertan menos –que ya sería cuestionable–, sino los que ofertaron de acuerdo a lo que el Gobierno deseaba. Aquí se llama protección de los derechos humanos a la desidia para con aquellos ahora desvalidos por razones viscerales de los gobernantes. Y en salud, la atención médica pública es deficitaria y es mejor a nivel privado, pero fijan precios a las clínicas y sus servicios. Precios que no han sido auditados ni discutidos y, por tanto, llevarán al cierre o a la quiebra a esos institutos, empeorando la asistencia a los ciudadanos. A esa imposición el Gobierno la llama “regulación”.

Gradúan “médicos” que creen que hicieron estudios suficientes, pero luego entran en frustración porque no tienen los conocimientos mínimos necesarios para su práctica profesional y sienten en carne propia su incompetencia.

Como ven, ese manual es necesario.