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Rodolfo Izaguirre

Manifestar con elegancia

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Fueron muchas las veces que viajé a Mérida con el propósito de animar y convencer a sus autoridades para que la considerasen como la Ciudad del Cine. Me apoyaba en el hecho de que durante años se realizaba en ella el Festival del Cine Nacional y funcionaba con mucho éxito y prestigio continental el Departamento de Cine, adscrito a la Universidad de los Andes, ambas actividades dirigidas por Edmundo Aray y Tarik Souki. En su despacho, el gobernador me escuchaba asegurándome la factibilidad del proyecto, pero nunca hizo esfuerzo alguno para concretarlo.

Anunció que abrigaba el proyecto de mudar el palacio de gobierno para un lugar menos expuesto. “¿Expuesto a qué?” pregunté. “A las protestas de los estudiantes”, respondió. Y confesó que cuando estudiaba Derecho en esa misma Universidad de los Andes fueron muchas las piedras que tiró desde la plaza Bolívar contra las ventanas de la gobernación. “¡No quiero que me las tiren a mí!”, concluyó enarbolando una abierta sonrisa de complicidad.

Me toca el turno de confesar que también yo arrojé piedras a la policía y devolví algunas de sus bombas lacrimógenas mientras fui liceísta y estudiante luego en la Universidad Central. Nos perseguía la policía, pero no existían entonces grupos violentos enmascarados ni tenebrosos guardias nacionales y del pueblo disparando a la cabeza de los manifestantes. ¡La alevosía es un privilegio exclusivamente bolivariano!

En todo caso, cuando arreciaba la violencia y se endurecían los enfrentamientos algún estudiante salía herido gravemente y se producía al día siguiente otra manifestación de mayor encono y envergadura porque se trataba entonces de acompañar a pie, al cementerio, al compañero caído; lo que provocaba nuevos choques y nuevos heridos.

La Guardia Nacional y la policía actúan con ensañamiento ciego y desmadrada brutalidad porque la guardia es un cuerpo militar entrenado para matar y los policías en su mayoría han hecho el servicio militar. Para ellos, los civiles somos sus enemigos naturales. Lo que les molesta es que manifestamos desarmados, pero con elegancia. En mis días liceístas, L. L. detuvo el autobús en las inmediaciones de la universidad; se dirigió al chofer portugués y explicó: “¡Querido amigo, tenga la bondad de descender que vamos a quemar el autobús!”. El portugués se negaba y gritaba que no; que aquel era ¡su autobús! L. L. insistió, sin inmutarse: “¡Señor lusitano, por favor, no interfiera la acción popular!”. El chofer tomó las llaves y el dinero recaudado, bajó del autobús y de inmediato L. L. le pegó fuego a la unidad.

Adulto, L. L. me dijo que no volvería a hacerlo, pero tampoco lo ordenaría a ningún encapuchado ni dejaría correr impune la repugnante aberración de la Guardia Nacional. En cambio, mucho antes de que el país se enfrentara al comandante convertido en pajarito pío, pío y al estupor provocado por la prodigiosa multiplicación de los penes, Elías Jaua y otros de su estirpe se encapuchaban durante sus asedios a la universidad. (¡Rogaría, si se repite el portento de los penes, que en lugar de multiplicar el mío me lo pongan un poquito más grande!).

Lo que hicimos como estudiantes es lo que, adultos, seguimos haciendo hoy: ¡manifestar desarmados y con la cara descubierta! La guardia nos reprime con furor asesino porque siempre ha sido sanguinaria, pero nunca con la desmesura criminal que la caracteriza en este despiadado tiempo bolivariano al que se le han sumado colectivos armados, pranes políticos, protegidos por el propio gobierno. Se murmura que la guardia ha “madurado” y se dice también, pero no me consta, que mientras nos mata mantiene un silencio devastador para no revelar el Oká cubano que podría delatarla como ejército invasor.