• Caracas (Venezuela)

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Vladimir Villegas

Mandelizar a Venezuela

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El mundo  acaba de despedir a Nelson Mandela, el  célebre líder africano que fue capaz de empinarse por  encima de cualquier tentación cercana al odio, al resentimiento y al revanchismo, y quien luego de pasar 27 años en las cárceles del régimen de apartheid que humilló a la mayoría negra,  logró el milagro de hacer que toda una sociedad marcada por esa vergüenza derivada del colonialismo encontrara una ruta segura , aunque no exenta de peligros y obstáculos , hacia la convivencia entre  los sudafricanos.

Mandela ha pasado a ser hoy un símbolo , porque en lugar de imprimir facturas construyó puentes, en lugar de perseguir a sus perseguidores y carceleros  les dio el trato digno que nunca recibió.   Madiba, como lo llamaban y lo llaman sus hermanos africanos, fue el primer presidente  negro de Sudáfri ca, pero su  autoridad  y liderazgo ante blancos y negros no vino dada por  un cargo sino por su capacidad de interpretar a cabalidad el rol que le correspondería jugar para contribuir a que su país pasara la asquerosa página de la segregación racial.   

Ahora que ha alcanzado  la inmortalidad, el apellido Mandela puede dar pie para construir un nuevo verbo, que a su vez encierre una clara  acción política y social: “mandelizar” no es otra cosa que  derrotar la injusticia sin parecerse a ella, incluir sin excluir, pasar de la tolerancia hipócrita y limitada al reconocimiento pleno del otro y de sus derechos. También puede entenderse como capacidad de unir a una nación dividida o fracturada.

Venezuela necesita “mandelizarse” para salir adelante, para resolver los graves problemas que padecemos, para que el proyecto de país plasmado en la Constitución que acaba de cumplir catorce años sea realmente compartido por todos quienes nacimos en esta tierra o la tenemos como patria. Y no hay que ser Mandela  para trabajar en el logro de este objetivo. Simplemente hay que tener conciencia de que las dificultades requieren  de áreas de inevitable consenso, aunque en otras no sea necesario y ni siquiera conveniente.

Pero más allá de los consensos que puedan alcanzarse o no para atacar la inflación, reducir drásticamente la inseguridad, aumentar la productividad y poner en marcha un plan para ir saliendo paulatinamente del rentismo, hay que comenzar por  lo primero: el reconocimiento mutuo. No se puede pedir diálogo si no se reconoce al otro.

La oposición no puede pretender abrir camino  al diálogo con el gobierno sin reconocer al presidente Nicolás Maduro. Esa, como se dice ahora, no existe. La estrategia deslegitimadora que puso en práctica la Mesa de la Unidad Democrática fue sencillamente derrotada y tiene que ser oficialmente dejada de lado .  Lo mismo vale para Nicolás. Si pretende tener el reconocimiento del país opositor  está obligado abrir juego y brindar el mismo reconocimiento que legítimamente reclama, y no limitarse al verbo sino a la acción concreta. No basta reunirse con alcaldes de otras corrientes, hay que respetarle sus espacios y sus liderazgos.

Los resultados electorales hablan por sí solos. La oposición no alcanzó  su objetivo de probar   la supuesta ilegitimidad del presidente Maduro, pero los logros electorales del Psuv y sus aliados también obligan a revisiones urgentes porque ponen en evidencia serias debilidades que en el futuro pudieran hacer la diferencia entre mantener o perder el poder.  El chavismo es hoy mayoría electoral. Pero no es una  mayoría absoluta. Y la oposición enfrenta ahora el reto de procesar su traspié electoral en medio del peligro de  sucumbir a una inocultable   lucha interna por la hegemonía y el liderazgo.

Mientras tanto los problemas siguen allí, a la espera de que el liderazgo político tanto de gobierno como de oposición den una señal positiva, que invite al optimismo sobre este nuevo año 2014 que ya se acerca.